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España se la juega en Andalucía o el problema de dos malos candidatos

Inexplicablemente, los dos únicos partidos que podrían lograr el cambio, PP y Ciudadanos, nos proponen dos malos candidatos que inhiben el voto del cambio.

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Muchos creen que el partido nacional se juega en Cataluña y así nos va, con los informativos de todas clases y tendencias pendientes de si el racista y agresivo Torra o el majareta cobarde de Puigdemont hacen o dicen algo nuevo. Pero ese partido ya está perdido para el separatismo, que ha logrado despertar, sean dadas las gracias a ambos por siempre jamás, a la Cataluña española, que es mayor y mucho mejor que la caricatura independentista. Donde de verdad se juega el futuro de España es en toda España, y especialmente en esa España del Sur, Extremadura, Castilla-La Mancha y, singularmente, Andalucía, cuyos Gobiernos autonómicos socialistas no tienen más remedio que tragarse a un Pedro Sánchez que coquetea, o algo más, con los separatismos.

Pero, claro, las próximas elecciones se celebran en Andalucía, donde ha gobernado el PSOE clásico, el de Alfonso Guerra y Felipe González, representado ahora, no sin diferencias y traiciones, por una Susana Díaz que no puede, tal vez ni quiere, elevar la voz ante espectáculos indignantes como el del vicepresidente Iglesias firmando presupuestos o negociando con Junqueras. Por si fuera poco, tiene tras de sí una gestión de la cosa pública que ha mantenido a Andalucía en los últimos lugares de España y Europa durante 36 años, tras haber administrado 36 presupuestos y algunos más, extraordinarios, procedentes de la Unión Europea. Esta Andalucía, que ha necesitado durante más de tres décadas el dinero solidario de las demás regiones de España debido a la situación heredada de la parcialidad de los Gobiernos hacia las regiones desarrolladas, no puede dejar que los Gobiernos separatistas de dos regiones, País Vasco y Cataluña, sigan saciadas de privilegios varios o acaban rompiendo la nación.

Pero para ser creíble, Andalucía debe cambiar y ejercer la solidaridad real, que es de ida y vuelta, in solidum, obligando a cada socio a cumplir su parte por entero. Tú me ayudas y yo correspondo con mi esfuerzo para devolverte la ayuda y no necesitarla más. Esto es lo que no se ha hecho durante 36 años por la interpretación de la mayoría realizada por un PSOE más parecido al PRI mexicano o a una derivación nacionalista que a un partido democrático al estilo europeo. Y, de paso, se ha contagiado a todos los andaluces de ese espíritu esencialmente insolidario que recibe sin verse obligado a devolver. Esa infección moral alimentada por la voluntad de poder infinito del régimen resultante es la que impide el cambio en Andalucía.

Por ello, estas elecciones son decisivas. Pero, inexplicablemente, los dos únicos partidos –Vox está muy lejos todavía y los podemo-comunistas andaluces están deseando potenciar el régimen, que no cambiarlo– que podrían lograr ese cambio, PP y Ciudadanos, nos proponen dos malos candidatos que inhiben el voto del cambio. Juan Manuel Moreno es el aliado de la Soraya que acaba de ser propuesta por el PSOE para el Consejo de Estado y está a la baja en todas las encuestas desde hace años. Juan Marín ha representado el papel de felpudo de Susana Díaz durante los últimos tres años y medio, callándolo todo y, demasiadas veces, siendo cómplice del PSOE, al que ahora, teatralmente, llama corrupto. Y encima se disputan la misma franja de votos en una estrategia estúpida.

Si de esta necedad sin parangón de ambos partidos emerge de nuevo un Gobierno socialista que impida la presencia de una Andalucía activa, crecientemente rica y claramente opuesta a todo privilegio regional, incluidos los propios, en la España del futuro, que Dios y los españoles se lo tengan en cuenta para siempre jamás.

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