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Sobre un largo caballero llamado Pedro Sánchez

España se topa hoy con un largo caballero llamado Pedro Sánchez. Que es largo, no hay duda. 190 centímetros. Que sea caballero, ya no está tan claro.

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Desde el 18 Brumario de Luis Bonaparte de Marx se cacarea cansinamente eso de que la historia se repite dos veces, una como tragedia y otra como farsa, una especie de resurrección cómica de los muertos. La afirmación, por cierto, es clamorosamente antimarxista porque, como el mismo autor subraya pocas líneas después, los hombres hacen su historia pero en circunstancias forzosas y no hay circunstancias históricas iguales. De hecho Marx apostilló un "como si dijéramos" advirtiendo que su aserto primero era más que nada un juego metafórico fecundo para un panfleto.

En ese mismo sentido retórico, España se topa hoy con un largo caballero llamado Pedro Sánchez. Que es largo, no hay duda. 190 centímetros. Que sea caballero, ya no está tan claro. Eduardo Madina, al que le intercaló dos intrusas en la lista de Madrid; Susana Díaz, a la que le coló su candidatura a la presidencia del gobierno a pesar de su pacto en contrario; Tomás Gómez, al que defenestró de malos modos tal vez con razón y algunos otros de su propio partido pueden dar fe de la idoneidad de sus modales. Que sea un largo caballero aunque sin mayúsculas y todo junto sería inquietante si no fuera porque la historia no se repite, ni siquiera como farsa.

En circunstancias bien diferentes, otro Largo Caballero, Francisco esta vez y con mayúsculas, si bien con hechuras maquiávelicas, como subrayó Indalecio Prieto, condujo a España y al PSOE a un precipicio entrevisto por Julián Besteiro y otros muchos socialistas. Su tesis era bien sencilla y la expuso en la plaza de toros de Madrid en 1931: las derechas deberían dejar de existir en España en lo que se refiere a gobernar. Luego, en lo de existir, se fue mucho más allá, como es sabido. Pero dejemos que lo diga Salvador de Madariaga:

Don Francisco Largo Caballero perdió la cabeza y evolucionó rápidamente hacia una actitud de extrema rebeldía en su deseo de anticiparse a los comunistas. Como mástil político para clavar la bandera roja (...) anunció que si el señor Gil Robles o cualquiera de sus secuaces entraba a formar parte del Gobierno, el pueblo, es decir, Largo Caballero y sus amigos, se alzaría en armas.

Besteiro, recogió Saborit, se opuso a la tragedia de la revolución de 1934 contra la democracia republicana, "origen de la hecatombre que hoy presenciamos" (1937, en plena guerra civil y con una República gobernada por Juan Negrín y los comunistas obedientes a la III Internacional). Manuel Azaña le advirtió ya en 1934 a Fernando de los Ríos algo obvio: "El país no secundará una insurrección porque sus cuatro quintas partes no es socialista (...) Es ilusorio creer que triunfante el movimiento gobernarán siquiera los socialistas moderados". Pero nadie supo oponerse con eficacia a Largo Caballero con la consecuencia de un sufrimiento nacional sin precedentes.

Ahora, con sólo 90 escaños, el 25 por ciento del Congreso y con el Senado gobernado por la mayoría absoluta del PP, el largo caballero llamado Pedro Sánchez parece haber decidido, como consintió su antecesor Zapatero, que el centroderecha español tiene que dejar de existir como opción de gobierno. Con una extraña Internacional neocomunista que va de Venezuela a Grecia con escala en Irán pisándole los talones, el largo caballero llamado Pedro Sánchez se plantea una suerte de insurrección parlamentaria tras haber perdido democráticamente las elecciones. Es más, para lograrlo, tendrá que depender precisamente de quienes quieren destruir su partido y de quienes quieren descoyuntar y poner fin a la nación española tal y como existe desde hace siglos. Por si fuera poco, tremolando la bandera de una decencia que muchos miembros de su partido, incluso dos expresidentes, llevan pisoteando décadas –especialmente desde el caso Juan Guerra hasta el fraude de los cursos de formación y el caso ERE–, parece pretender erigirse en presidente del gobierno de una España a la que no representa ni política ni éticamente. Esto es, parece dispuesto a imponerle su presidencia a toda la nación sobre los hombros de sus enemigos en vez de buscar una reforma compartida por quienes desean mejorar la España reconciliada por la Constitución democrática de 1978.

Afortunadamente, las circunstancias son otras y la historia no se repite. El largo caballero llamado Pedro Sánchez pertenece a un partido con experiencia de gobierno, ahora sí, en cuyo seno hay personas que saben que, cuando la historia parece repetirse, lo hace metafóricamente y no como tragedia ni como farsa, sino como locura. Pero, oigan, metamorfoseando una célebre frase, los locos llegan al gobierno cuando los cuerdos no hacen nada.

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