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Bolivia, la primera ficha del dominó

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La situación en Bolivia es tan cambiante que en cuestión de horas puede producirse el derrocamiento o la huida del presidente, Gonzalo Sánchez de Lozada, con lo que el país añadiría un golpe de estado más a la lista que le ha convertido en el más inestable de América.

La revuelta, que ha causado 70 muertos, está dirigida por el sector de extrema izquierda derrotado en las elecciones presidenciales y legislativas, hace poco más de un año. La excusa para lanzarse a esta campaña ha sido el proyecto de venta de gas natural a Estados Unidos por un puerto chileno. El Movimiento al Socialismo, la Central Obrera Boliviana y otros grupos, encuadrados en un golpista Estado Mayor del Pueblo, pretenden conseguir por las bravas el poder.

La pobre Bolivia se ha convertido en el nuevo campo de batalla de la estrategia de la izquierda antiyanqui y revolucionaria. Con muy buena lógica, Castro y Chávez han preferido pasar al ataque a escala continental a esperar que sus regímenes se derrumben. En estas conspiraciones, han contado con la incompetencia de las clases dirigentes nacionales, desde Alejandro Toledo a Fernando de la Rúa. Pero la finalidad es clara: derrocar gobiernos elegidos que se someten a Constituciones y sustituirlos por nuevos comandantes.

El último país en que semejante estrategia triunfó fue Ecuador. El coronel Lucio Gutiérrez participó en 2000 en un golpe de estado contra un presidente civil, con el manifiesto político de costumbre: el indigenismo, el neoliberalismo, la globalización, la miseria, la CIA, etcétera. Desde enero de 2003 es presidente electo y su pequeña república sigue exportando ciudadanos desesperados a Estados Unidos y España. Las coincidencias con la admirada Venezuela bolivariana son totales: un país petrolero al que su tribuno hunde en la miseria. Hasta se repiten los ataques a esa España que acoge a miles de sudamericanos que escapan del desastre.

La nueva alianza incluye a dos presidentes electos, Lula en Brasil y Kirchner en Argentina. Éste, junto con su esposa, participó en los grupos guerrilleros (terroristas es el nombre que les cuadra) que a principios de los años 70 brotaron del peronismo.

De triunfar la revolución en Bolivia, las consecuencias serán muy negativas para España y Estados Unidos. Los social-indigenistas que capitanea Evo Morales han anunciado que renacionalizarán el gas, con lo que las empresas beneficiarias de la concesión, entre las que está Repsol-YPF, perderán las inversiones hechas. La revocación de los acuerdos firmados por los Gobiernos puede servir de modelo a otras operaciones similares en toda Sudamérica y que perjudicarán a numerosas empresas españolas. Por otro lado, es de esperar que la corriente migratoria se transforme en una avalancha. Y, por último, los recursos energéticos de Sudamérica quedarán bajo el dominio de los demagogos de la extrema izquierda. Chávez promueve desde 2002 la unión de todas las empresas públicas de petróleo y gas en Petroamérica, una organización similar a la OPEP, a la que se incorporó Ecuador en julio.

Probablemente, el siguiente blanco de estos admiradores de la tiranía cubana será Perú, puente entre el Cono Sur y el área de la Gran Colombia. Su presidente, Toledo, otro político que ha avivado el resentimiento indigenista (él y su mujer han retirado de la Plaza de Armas de Lima la estatua de Francisco Pizarro), ha fracasado, como cuenta en Libertad Digital Pedro Salinas, y un sector del pueblo seguiría a cualquier arribista.

Ahora la extrema izquierda iberoamericana ya no sueña con hacer la revolución en la selva. Prefiere el método que emplearon los árabes de la OPEP en 1973 de obligar a Occidente a financiar a sus enemigos.


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