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Hermenegildo, patrono de la Monarquía Española

Tanto el príncipe Hermenegildo como Fernando III pretenden ser modelos de vida y de fe para los miembros de la dinastía reinante española.

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El 13 de abril la Iglesia católica celebra la fiesta de San Hermenegildo Rey. En realidad, éste nunca llegó a ser rey. Era hijo del rey godo Leovigildo, que reinó entre 572 y 586. Entre los méritos de éste destaca el combate a los bizantinos, que ocupaban las Baleares, el Levante, la costa sur y Ceuta, y contra los vascones, los cántabros y los suevos; también fundó las dos únicas ciudades construidas por los visigodos en sus tres siglos de soberanía en España: Recópolis y Victoriacum (Vitoria).

Fue el último monarca que profesó el arrianismo, herejía que ataca el dogma trinitario y niega la divinidad de Jesucristo, adoptada por los visigodos durante su permanencia en el Imperio Romano de Oriente. Como los hispanorromanos eran católicos, la diferencia religiosa era uno más de los factores que separaba al pueblo visigodo con sus gobernados, junto con la lengua, las leyes y las costumbres.

Leovigildo tuvo dos hijos varones de Teodosia, su primera esposa, llamados Hermenegildo, que era el primogénito, y Recaredo. La segunda esposa de Leovigildo, Goswintha, era la viuda del rey Atanagildo, muerto en 567, y una fervorosa arriana y anticatólica.

Leovigildo trató de evitar las abundantes querellas internas de la aristocracia goda (los seis reyes anteriores a Atanagildo, desde Alarico II en 486, habían muerto de manera violenta, recuerda el historiador José Orlandis) mediante la asociación de sus hijos al trono para conseguir una sucesión hereditaria.

Una madrastra de armas tomar

Hermenegildo casó con la princesa Ingunda, hija del rey Sigiberto de Austrasia y nieta de Goswintha. Ésta quiso que su nuera se hiciese arriana como su hija se había hecho católica al casar con rey franco Chilperico (quien, encima, la había hecho asesinar), pero Ingunda se negó, lo que produjo peleas entre ambas. Para zanjar la disputa, Leovigildo envió en 579 a Hermenegildo lejos de Toledo, como gobernador de la Bética, la región de la Península más penetrada por el catolicismo.

En Sevilla, Hermenegildo se convirtió al catolicismo y se alzó contra su padre, apoyado por la Bética y Mérida, y se proclamó rey. Para Orlandis, la sublevación no fue un conflicto únicamente religioso, ya que el príncipe contó con el respaldo de familias arrianas visigodas, de la misma forma que muchos católicos respaldaron a Leovigildo.

Después de cinco años de guerra civil, Hermenegildo fue vencido por su padre, que contó con ayuda de los suevos, y capturado en Sevilla. Leovigildo le desterró primero a Valencia y luego a Tarragona, donde murió en la Pascua de 585 por obra de su carcelero Sisberto, porque no quiso recibir la comunión de manos de un obispo arriano. Ingunda murió cuando iba a Bizancio a pedir una alianza con el emperador.

Leovigildo falleció en la primavera del año siguiente, 586, y le sucedió Recaredo. Éste se convirtió al catolicismo en los primeros meses de 587. En el III Concilio de Toledo (589) los principales representantes del pueblo godo profesaron solemnemente la fe católica, fecha que marca la asociación de España y el catolicismo hasta nuestros días.

Felipe II, devoto del mártir Hermenegildo

Durante siglos su vida y martirio fueron una devoción local, de las muchas que hay en la Iglesia. Su recuperación sucede durante el reinado de Felipe II. Este rey visitó Sevilla en 1570 y comprobó la devoción popular al príncipe Hermenegildo. La ciudad presumía de haber sido, según algunas fuentes, lugar de su martirio.

Como recuerda Inmaculada Rodríguez (Visiones de la Monarquía Española), el cronista real Ambrosio de Morales alabó a Hermenegildo en su Crónica General de España, editada en Alcalá de Henares en 1577, aunque ignoraba los testimonios de católicos de la época contra el príncipe godo, que le reprochaban haber causado una guerra civil.

Felipe II adoptó e impulsó el culto a Hermenegildo: un príncipe que sacrifica su púrpura y su vida por fidelidad a Cristo y su Iglesia. Éste era el modelo que transmitía el monarca a su pueblo y a los demás reyes europeos: ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo si pierde su alma?

La devoción se centraba en Sevilla y Zaragoza. Las principales reliquias conservadas se encontraban en Aragón; en Zaragoza, un trozo de su mandíbula y en el Real Monasterio de Santa María de Sigena (Huesca), su cabeza. Felipe II compró a las monjas de Sigena la cabeza, que se depositó en el Altar de San Jerónimo en El Escorial en abril de 1586. Esta reliquia la robaron las tropas napoleónicas pero se recuperó en 1814 y se devolvió a su lugar, donde se halla.

En 1585 el rey pidió a través de su embajador Juan de Zúñiga al papa Sixto V que autorizase el culto al mártir Hermenegildo en todo el reino, lo que se hizo por bula de febrero de ese año. La fecha escogida para el culto oficial fue el 13 de abril. Como el último hijo varón de Felipe II, el único que le sobrevivió y reinó, había nacido ese día de 1578, se le añadió a su patronímico de Felipe el de Hermenegildo. El mismo Papa declaró en 1590 que el rey Fernando III de Castilla poseía halo de santidad y merecía culto como tal.

Canonizado antes que Fernando III el Santo

En las décadas siguientes, la Corona española promovió el culto a Hermenegildo, con actos como la construcción de un convento consagrado a él en Madrid. La Compañía de Jesús fue una de las órdenes que más difundió la historia del príncipe mártir. El pensador y diplomático Diego Saavedra Fajardo lo puso como ejemplo en sus Empresas políticas por "su sangre vertida por oponerse a su padre el rey Leovigildo, que seguía la secta arriana", y lo contrapuso al rey Pedro II de Aragón, que auxilió a los herejes albigenses.

El papa Urbano VIII lo canonizó en 1639 y le declaró patrono de los conversos, lo que dio un nuevo impulso a su culto, con pinturas como El Triunfo de San Hermenegildo, de Herrera el Mozo. Por lo que sabemos, Francisco de Goya fue el último pintor de corte que pintó a San Hermenegildo.

Su canonización fue anterior a la del otro patrón de la Monarquía Española, Fernando III el Santo, que se produjo en febrero de 1671 por Clemente X. Estos dos varones son los patrones de la Corona, pero no han sido las únicas personas de sangre real española canonizadas; antes que ellos, la Iglesia canonizó a Santa Isabel de Portugal, hecho que ocurrió en 1625 por Urbano VIII,

Tanto el príncipe Hermenegildo como Fernando III pretenden ser modelos de vida y de fe para los miembros de la dinastía reinante española. Otra cosa es que sus patrocinados más contemporáneos no hayan imitado sus virtudes.

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