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Hollande, copia republicana del Príncipe Regente

Los republicanos no han inventado nada en asuntos galantes y del buen mundo.

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¿Tres mujeres a la vez? ¿Salir de palacio para engañar a la segunda pareja de hecho con una tercera amante, pasar la noche en el nido de amor de ésta y regresar al despacho por la mañana? ¿Emplear a los monteros de Espinosa o a los yeomen o a los cosacos para vigilar su sueño y el de su amada? ¿Hablamos de Felipe IV de España, Luis XIV de Francia, Alejandro II de Rusia o Eduardo VII de Inglaterra? No, hablamos del socialista François Hollande, presidente electo de la república francesa.

Los republicanos no han inventado nada en asuntos galantes y del buen mundo. Como dijo Talleyrand, quien no vivió antes de la Revolución no conoció la delicia de vivir. Y los burgueses revolucionarios, con el poder absoluto que les da el Estado, tratan de imitar a una realeza a la que en el fondo envidian. Si Velázquez retrató a la familia de Felipe IV, ¿qué pintor podría retratar a Alcalá-Zamora o a Hollande?

François Mitterrand, el más despótico de los presidentes republicanos, que gobernó el tiempo de un reinado (catorce años), que mintió a los franceses ocultando su cáncer, que organizó una red de espías para controlar a quienes se acercaban al secreto de su vida secreta, que se opuso a la reunificación de Alemania como Napoleón en su gloria, aposentó en 1981, después de ganar las elecciones, a su amante oficial, Anne Pingeot, y a su hija extramatrimonial, Mazarine, una residencia anexa a la oficial del jefe del Estado. La muchacha, nacida en 1974, contó que durante los años en que su padre fue jefe de Estado entraba y salía por la puerta trasera de la residencia oficial. La servidumbre del palacio conocía el secreto que se ocultaba a generales, embajadores y académicos. Como Carlos I de España y V de Alemania hizo con su bastardo Juan, al que llevó a su retiro del monasterio de Yuste y luego confió a su heredero Felipe.

Jorge IV de Inglaterra, bígamo

Sin embargo, la clase de los fornicadores reales deja en mantillas a estos burgueses con ínfulas. Uno de los casos más entretenidos y acabados es el correspondiente a Jorge IV de Inglaterra, hijo de Jorge III, príncipe regente del Reino Unido y rey entre 1820 y 1830: bígamo e infiel a ambas esposas.

Su padre, Jorge III, fue el primer monarca británico de la Casa de Hannover. Casó con una mujer poco agraciada, Carlota de Mecklemburgo-Strelitz, a la que conoció el mismo día de su boda, en 1761. El matrimonio concertado resultó perfecto para los cónyuges y el reino. Nacieron 15 hijos. Sin embargo, Jorge III, contra el que se sublevaron los colonos de América, padeció una enfermedad mental que se agravó desde 1788. En 1810 quedó permanentemente loco, por lo que se le recluyó en el castillo de Windsor, y el príncipe de Gales, Jorge Augusto, fue nombrado por el Parlamento regente, hasta la muerte de su padre, ocurrida en 1820. Jorge III, que vivió 82 años, tuvo uno de los reinados más largos de Europa, de 1760 a 1820.

Mientras agonizaba la esposa de Jorge II, abuelo del príncipe regente, ésta le pidió a su marido que se volviera a casar, pero el rey la amaba tanto que le respondió, en francés: "Non, j'aurai des maitresses!" ("No, tendré amantes").

Por tanto, el príncipe Jorge Augusto provenía de una familia donde las amantes y el capricho eran tan abundantes como las pelucas. Nació en 1762 y recibió los títulos de duque de Cornualles y duque de Rothesay y luego el de príncipe de Gales.

Matrimonio con una católica

Al cumplir los 21 años recibió dos enormes asignaciones de miles de libras, una de su padre y otra concedida por el Parlamento. En 1784 conoció y se enamoró de María Ana Fitzherbert, seis años mayor que él, viuda dos veces y con una desahogada renta. La quiso tanto que se casó con ella en secreto en diciembre de 1785, ante dos testigos y en una ceremonia oficiada por un sacerdote anglicano. El matrimonio era nulo según las leyes británicas (Ley de Instauración de 1701 y Ley de Matrimonios Reales de 1772), porque la contrayente era católica y el príncipe no había recibido el permiso de su padre. La tolerante Gran Bretaña excluía del trono a los católicos y a sus descendientes.

Por ello, el Gobierno tuvo que mentir al Parlamento al negar que el príncipe se hubiera casado con una católica, pero se hizo de tal manera que al final la vida conyugal del heredero de la corona era un secreto a voces. El matrimonio no impidió que el príncipe coleccionase amantes. Se dice que tuvo hasta 7.000.

El príncipe gastaba a manos llenas y sus deudas, causadas por el juego y la moda (uno de sus íntimos amigos era Beau Brummell), superaron sus rentas. Esta fue la ocasión que aprovechó Jorge III para presionarle: si aceptaba casarse, se le aumentaría la renta. La elegida fue una prima suya, Carolina de Brunswick-Wolfenbüttel. El matrimonio se celebró en 1795, con lo que Jorge Augusto se convirtió en bígamo.

El príncipe Jorge odiaba a su esposa y, según los historiadores, sólo tuvieron contacto íntimo en tres ocasiones, aunque de una de ellas nació en 1796 la princesa Carlota Augusta. Una vez cumplida su obligación reproductora, Jorge abandonó a su segunda esposa y se dedicó a la primera y a sus amantes.

La relación entre el vástago real y la papista perduró hasta 1811, pero Jorge siguió amándola hasta el punto de que al amortajar su cuerpo se encontró colgado de su cuello un medallón con un retrato de María Ana Fitzherbert. Se le enterró con él.

Porrazos en la puerta de la abadía de Westminster

A la princesa despreciada se le retiró su hija y se le desterró a una residencia alejada de la corte. Acabó por marcharse al continente, dejando tras de sí un rastro de aventuras y deudas. Cuando falleció Jorge III, en enero de 1820, la princesa Carolina regresó a Londres para exigir participar en la coronación como reina consorte. Jorge IV no tuvo mejor idea que oponerse a ello y comenzar un proceso de divorcio en la Cámara de los Lores ¡por infidelidad de su esposa!

Los ministros y cortesanos trataron de conseguir pruebas de adulterio cometido por Carolina para anular el matrimonio, lo mismo que había tratado de hacer el maldito Enrique VIII con la reina Catalina de Aragón. En un momento inspirado, Carolina replicó que ella había sido adúltera, sí, con el marido de la señora Fitzherbert.

Se escucharon testimonios sobre las aventuras de la princesa, que fueron aireados por la prensa. Londres, como se puede suponer, disfrutó de estas supuestas revelaciones. La Cámara de los Lores aprobó el proyecto de Ley de Penas y Dolores para retirar a la Carolina el título y anular el matrimonio, pero la protesta popular evitó que llegase a la Cámara de los Comunes.

Al final, en julio de 1821 se celebró la coronación, la primera en la que hubo turistas y venta de recuerdos. El rey ordenó que se impidiese la entrada en la abadía de Westminster a su esposa si se presentaba, lo que Carolina hizo. La princesa aporreó las puertas cerradas para que le abriesen. Fuera sonaban los gritos de la multitud apoyando a Carolina y dentro los cánticos y los instrumentos honrando a Jorge.

El enfado y la decepción de Carolina fueron tan grandes que cayó enferma. Falleció dos semanas después y se rumoreó que había sido envenenada por su marido. Aunque era reina legalmente no quiso ser enterrada en la abadía de Westminster y prefirió que su cuerpo regresase a Burnswick.

Pese a que su vida privada fue un desastre y los ingleses no le respetaban, Jorge IV, como regente y rey fue un modelo de mecenas. Como escribió André Maurois,

No era malo ni tonto; protegía a los artistas, apreciaba a miss Austen, sostenía a Byron y a Scott, hacía de Sheridan su mejor amigo, posaba para Lawrence y enviaba doscientas libras a Beethoven. Fue él quien construyó Regent Street, trazó Regent Park, reedificó Buckingham Palace y restauró Windosr Castle. La perfección de sus modales hizo de él, si no el primer gentleman de Europa, por lo menos el primero de sus dandies. Mas era egoísta, mezquino, y su libertinaje, en una época de prudente virtud, le hizo impopular.

¿Qué edificios y que obras de arte legará Hollande a la posteridad?, ¿un folletín vulgar?

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