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Pedro Fernández Barbadillo

La Alemania de Merkel: del Muro al carril bici

Ángela Merkel, que tantas cosas ha destruido, se despide de la Cancillería después de 16 años dejando al SPD como primer partido de su país y a la CDU hundida.

Pedro Fernández Barbadillo
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Ángela Merkel, que tantas cosas ha destruido, se despide de la Cancillería después de 16 años dejando al SPD como primer partido de su país y a la CDU hundida.
EFE

Antes del verano, yo daba por sentado que en Alemania el partido socialista proseguiría su decadencia de los últimos años, similar a la que padecen sus correligionarios en Francia y en Gran Bretaña. Pero Ángela Merkel, que tantas cosas ha destruido, se despide de la Cancillería después de 16 años dejando al SPD como primer partido de su país y a la CDU hundida.

A los democristianos alemanes les cuesta retirarse. Konrad Adenauer, después de las elecciones de 1961, aceptó renunciar antes de que concluyese la legislatura en un pacto con los liberales. Gobernó entre 1949 y 1963 y tenía 87 años cuando se marchó. Helmut Kohl se presentó seis veces a la presidencia del Gobierno; se empeñó en repetir en 1998, lo que acarreó una derrota de la CDU-CSU, con un 35% de los votos y 245 escaños, que hoy se considerarían un triunfo. Merkel, ministra de Familia y de Medio Ambiente de Kohl, anunció su retirada, pero tuteló la selección de su sucesor, Armin Laschet, que ha obtenido el peor resultado de la CDU en la historia de la Alemania de posguerra.

De Laschet lo único bueno que se puede decir es que, en una Europa sumida en el invierno demográfico, tiene tres hijos. Es un político obsesionado con el centro y con aceptar todas las exigencias de la corrección política. Las encuestas aseguran que perdió votos cuando se le vio riendo en una visita a las comarcas destrozadas por las inundaciones de julio.

El socialista Olaf Scholz ha ganado casi 2,5 millones de votos respecto a 2017 y, por primera vez desde 2005, el grupo parlamentario del SPD tendrá más de 200 diputados. El triunfador ha asegurado que no quiere repetir la gran coalición con la CDU y prefiere otra con los liberales y los verdes. Habrá que esperar a que se cumpla esa promesa, porque en 2017 otro socialista, Martin Schulz, dijo después de la cuarta derrota consecutiva de su partido que pasaban a la oposición. Unos meses más tarde pactó con Merkel. Los negocios son los negocios.

La nazi se convirtió en dulce abuelita

Si Adenauer recuperó para los alemanes el respeto perdido a causa del III Reich y Kohl reunificó la nación, Merkel tiene el mérito de haber convertido su partido y Alemania entera en el paraíso de la corrección política.

En la crisis de deuda soberana de Grecia de 2009, Merkel exigió que todos los países de la Zona Euro se sometiesen a los criterios de austeridad para recibir préstamos del Banco Central Europeo. Entonces, la izquierda la convirtió en una nazi. Abundaron sus caricaturas en la prensa seria y las manifestaciones con uniforme de las SS. También se manifestó a favor de cumplir las normas de asilo, porque Alemania no podía acoger a todos los que llamasen a sus puertas, y de retirar las ayudas sociales a los vagos.

Sin embargo, la catarata de insultos y las encuestas volubles le hicieron cambiar de conducta; también la aparición de Alternativa para Alemania (AfD), en 2013. En los años siguientes, Merkel aceleró la aceptación de todo el programa progre, salvo la subida de impuestos a las clases altas: emergencia climática, cuotas por sexos, ideología de género, descarbonización e inmigración descontrolada. Los elementos que luego formaron la Agenda 2030.

En el verano de 2015 animó a entrar en Alemania a cientos de miles de inmigrantes y refugiados asiáticos y africanos, irresponsabilidad que constituyó la mayor herida a la Unión Europea. Todos los acontecimientos que sorprenden a los europeístas, como el Brexit y los partidos llamados populistas, nacen de esa decisión tan aplaudida en las tertulias y en Davos. Barack Obama se inmiscuyó al pedir a los alemanes que votaran a Merkel. ¡Y luego algunos se quejan de las injerencias rusas!

Para eliminar las críticas a la actuación de Merkel y al dogma de la sociedad multicultural, tanto el Gobierno como la progresía se unieron para erradicar el debate libre en Alemania. Dos víctimas de esta censura han sido el profesor Rolf Peter Sieferle, que se suicidó en 2016, después de ser acosado por su libro Finois Germania, y el político Thilo Sarrazin, expulsado del SPD por publicar varios libros sobre la falta de integración de los musulmanes.

Así explica Hermann Tertsch la subversión de la CDU por Merkel y su camarilla:

Merkel ha destruido el centro-derecha, robado veinte años el voto conservador y patriota y secuestrado a la mayoría para esclavizarla bajo los dogmas socialdemócratas. Con Merkel ha vuelto por primera vez desde 1945 el miedo a expresar la opinión propia en Alemania. Quienes se han atrevido a defender desde un nuevo partido, el AfD, los postulados y el espacio que defendía la CDU y que Merkel traicionó son difamados, acosados y represaliados.

La reanimación del SPD no ha podido sorprender, por tanto, con la CDU entregada al discurso progre más un partido a su derecha que impide la trampa del voto útil.

Tras Merkel, lógico que sea un socialista ya sin disfraz democristiano quien asuma el plan de ingeniería social, recorte de derechos y destrucción definitiva de las naciones europeas en una UE bajo su mando tan liberticida como la propia Merkel. En su fracaso está la esperanza.

Merkel vuelve a dividir Alemania

Con un censo que muestra ya la pérdida de población y una participación idéntica a la de 2017, los resultados muestran una victoria de la izquierda sin complejos. La suma de socialistas, ecologistas y comunistas pasa del 39% al 45%. Pero en realidad apenas hay diferencias entre los programas que abarcan el 80% del Bundestag, salvo en detalles.

Seis de los siete partidos están convencidos de que el primer objetivo nacional debe ser combatir la emergencia climática. Sólo cambia que unos promueven fábricas de coches y patinetes eléctricos y otros no quieren ni eso; pero todos están a favor de mantener cerradas las centrales nucleares. Unos celebran la extinción del ser humano mediante su esterilidad voluntaria y otros esperan que eso se produzca después de la muerte de sus hijos.

Los liberales están dispuestos a gobernar con verdes y rojos a cambio de que no suban demasiado los impuestos a las clases pudientes. El populacho tiene que viajar en tren nocturno; pero los ejecutivos de las multinacionales podrán conservar sus aviones privados.

Ha sorprendido el desinflamiento de los Verdes, que parecían llamados, sobre todo por la prensa y los think-tanks globalistas, a sustituir a los socialistas como la pata izquierda del Sistema. Por eso su ganancia de un 60% de voto sabe a poco. Sin embargo, permanecen como la alternativa cuqui para oenegeros, eternos estudiantes, viejas con perro pero sin hijos… y empresarios pillasubvenciones.

A los democristianos se les han escapado más de cuatro millones de votantes, que han ido a sus compañeros ideológicos: SPD y Verdes.

El único partido que se sale de este coro monótono es AfD. Por eso ninguno de los demás acepta gobernar con él. Después de escisiones, crisis internas y hasta la infiltración por los servicios de información, sólo ha perdido un millón de votos y diez diputados. Sin embargo, ha obtenido más diputados de elección directa en los estados de Sajonia, Turingia y Sajonia-Anhalt, todos en la Alemania oriental. Estos candidatos seguramente han recibido electores de la extrema izquierda, como los recibe el Frente Nacional francés. La nueva legislatura puede ser para AfD la de la construcción de un partido unido.

Kohl derribó el muro comunista que separaba Alemania y la unió. Merkel ha vuelto a dividirla mediante carriles bici y zonas libres de humos.

La última conclusión es que sigue el enfado y la desorientación de ese pueblo que disgusta a las élites, incluso en un país tan conformista y progre como Alemania. En Inglaterra vota a diputados conservadores en distritos antes laboristas; en la ciudad austriaca de Graz, a un comunista para alcalde; y en Berlín a quien le promete expropiar viviendas a los ricos para dárselas con un alquiler barato.

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