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Pedro Fernández Barbadillo

La Iglesia “en salida” cierra sus puertas

El coronavirus se está llevando por delante muchos discursos cursis, muchas emergencias climáticas y feministas… y también a una cierta Iglesia.

Pedro Fernández Barbadillo
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El coronavirus se está llevando por delante muchos discursos cursis, muchas emergencias climáticas y feministas… y también a una cierta Iglesia.
El Papa, en la misa del Miércoles de Ceniza. | EFE

La pandemia causada por el coronavirus se está llevando por delante muchos discursos cursis, muchos líderes, muchos partidos, muchas emergencias climáticas y feministas… y también a una cierta Iglesia.

La Iglesia, como dijo con humor Mircea Eliade, tiene los siglos contados, largo plazo que no impide que atraviese crisis, como los cismas de Oriente y Occidente, la herida de la Reforma, la captura por los revolucionarios franceses de dos papas, la pérdida de los Estados Pontificios y el Concilio Vaticano II, cuyo efecto en la Iglesia llevó a Pablo VI a decir en 1972:

Por alguna rendija se ha introducido el humo de Satanás en el templo de Dios.

Desde su elección como papa en 2013, Jorge Bergoglio y el círculo que ha formado en torno a sí se han caracterizado por hacer hermosas frases que casaban muy bien con la ideología mundialista de la desaparición de fronteras, las migraciones descontroladas, el borrado de la tradición, la desaparición de las diferencias entre las religiones y la espiritualidad como asunto sin trascendencia social.

A lo largo de su pontificado, Francisco ha expuesto su concepción de la Iglesia con estas palabras:

– "La Iglesia se parece a un hospital de campaña: tanta gente herida, tanta gente herida… que nos pide cercanía, que nos piden aquello que pedían a Jesús: cercanía, proximidad".

– "Y este es un criterio para distinguir a la gente, los constructores de puentes y de muros, esos constructores de muros que dividen a la gente. ¿Ustedes qué quieren ser?".

– "La Iglesia es en salida o no es Iglesia".

– "La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre".

– "Si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas".

– "Esto os pido: sed pastores con olor a oveja, que eso se note".

Pues a las primeras de cambio, cuando la humanidad afronta una crisis que al menos le enseña la debilidad de su pretendida potencia sobre el mundo hasta el punto de cambiar el clima, Francisco y muchos de sus obispos hacen lo contrario de lo que predican.

Triunfa la 'filosofía de la defensa'

Se desmantelan los hospitales de campaña, los pastores "con olor a oveja" se separan del pueblo y se protegen detrás de sus muros. La casa del Padre deja de estar abierta y se transforma en la detestada "fortaleza cerrada". Triunfa la "filosofía de la defensa", enunciada y condenada por Francisco, porque "hace creer que solamente con el miedo y reforzando las fronteras es posible defenderse".

En Roma se anunció la clausura de todas las iglesias, con permiso del propio Papa, que es obispo de la ciudad, hasta que éste rectificó. En España, algunos obispos han ido más allá de lo que establece el real decreto-ley que declara el estado de alarma, cuyo artículo 12 permite tener abiertas las iglesias y celebrar ceremonias religiosas, con las debidas precauciones.

En estos días, como dice un vaticanista, "han desaparecido los palmeros oficiales, ya no hablamos del camino alemán, de los viri probati, de las amazonas, todo esto ha quedado en el pasado que nos parece tan lejano". Se ha hecho el silencio, un silencio atronador, como el que debía de reinar en los templos paganos abandonados a medida que se abrían iglesias.

Da la impresión de que a los paladines de la nueva Iglesia les ha entrado ese sentimiento tan humano que es el miedo. Hasta Cristo sudó sangre cuando se acercó su hora. Pero el miedo hay que aguantárselo si se predica a la gente que la vida "es una noche la mala posada".

Pío XII salió de los muros del Vaticano para visitar el barrio de San Lorenzo, bombardeado por los Aliados, y se quedó en Roma cuando los nazis la ocuparon. San Carlos Borromeo (1538-1584), uno de los santos más populares de Italia, permaneció en Milán cuando se declaró una peste y se mezcló con el pueblo. A la vez que pagaba médicos, hospitales y medicinas, ofició misas, celebró procesiones y rogativas y dio la comunión a los enfermos, hasta que la peste pasó.

La diferencia, pues, se encuentra entre quienes creen las palabras "confiad, yo he vencido al mundo" y quienes no las creen. Lo demás es cacareo.

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