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Los Clinton y los Bush, las familias reales de EEUU

¿Es el gusto por las dinastías como forma de gobierno una tendencia natural en la humanidad?

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Desde 1981, fecha del comienzo del primer mandato de Ronald Reagan, y hasta 2013 siempre ha habido un Bush o un Clinton en la Casa Blanca. Entre 1981 y 1989 George Herbert Bush fue vicepresidente y luego, entre 1989 y 1993, presidente. Entre 1993 y 2001 la jefatura del Estado la desempeñó Bill Clinton. Después, entre 2001 y 2009, la presidencia la ocupó George Walker Bush, hijo del citado arriba. Y entre 2009 y 2013 Hillary Clinton, esposa de Bill, senadora por Nueva York (estado en el que nunca había vivido) entre 2001 y 2008, contendiente en las primarias del Partido Demócrata, fue secretaria de Estado.

Esta semana la sexagenaria política ya ha presentado su candidatura a las elecciones presidenciales del año próximo. Y se espera que por el Partido Republicano se presente Jeb Bush, gobernador de Florida entre 1999 y 2007, hijo y hermano respectivamente de los anteriores Bush.

En el caso de que Hillary Clinton o Jeb Bush triunfasen el año próximo y consiguiesen la reelección, lo que nos llevaría hasta enero de 2025, el predominio de estas familias en la política de EEUU se habría extendido durante 44 años. Y en esa fecha, la única hija de los Clinton, Chelsea, nacida en 1980, tendría la edad suficiente, amén de la experiencia obtenida de sus padres, para aspirar a cargos públicos en el Ejecutivo.

Del tren a la televisión

Lo primero que cabría decir es que los Bush y los Clinton han sustituido a los Kennedy y los Rockfeller como las familias reales de la política norteamericana. Y lo segundo sería preguntarse si estamos ante la conversión de la primera república moderna en una especie de república del estilo de la veneciana o la holandesa, en la que vote lo que el vote el pueblo siempre gobiernan los mismos. ¿Es el gusto por las dinastías como forma de gobierno una tendencia natural en la humanidad?

Un análisis más exhaustivo nos llevaría a otra conclusión, quizás más preocupante para los partidarios de la democracia: la evolución de la política de Estados Unidos conduce a la instauración de una aristocracia, si somos optimistas, o una oligarquía, si somos pesimistas.

El factor principal en esta concentración de poder en dos familias responde al creciente coste de las campañas.

Harry Truman (1945-1953) y Dwight Eisenhower (1953-1961) fueron los últimos presidentes que recurrieron al tren para hacer campaña. El primero en la campaña electoral de 1948 llegó a hacer un viaje de costa a costa, desde Pensilvania a California, durante quince días. Y el segundo recorrió 45 estados en 1952. Ya en la campaña de 1960, los candidatos Richard Nixon y John F. Kennedy emplearon el avión y, sobre todo, la televisión. Ésta se convirtió en decisiva en las elecciones de 1964, cuando el presidente Lyndon B. Johnson lanzó el célebre anuncio de la margarita, ejemplo de publicidad negativa, contra Barry Goldwater. Los republicanos gastaron más en televisión que los demócratas, unos 6,4 millones de dólares frente a 4,7 millones, pero la candidatura de Johnson acertó con el tono, que era la apelación a los sentimientos básicos, como el miedo, el amor, el odio y la esperanza, según la lista del gurú republicano de la publicidad Bob Goodman.

Las elecciones de 2008 y, sobre todo, las de 2012 demostraron que la televisión y los anuncios eran la clave para la victoria. La última campaña presidencial fue la más cara de la historia. Según el Washington Post, el republicano Mitt Romney recaudó 1.176 millones de dólares y el demócrata Barack Obama 1.076; es decir, ambos candidatos gastaron casi 2.300 millones.

El Supremo elimina los topes a las donaciones

Los presupuestos para las elecciones de 2016 pueden superar en mucho esa cifra. La causa es que, en dos sentencias de 2009 y 2014, el Tribunal Supremo de EEUU (por cinco votos contra cuatro; los conservadores frente a los izquierdistas) eliminó los límites a las aportaciones de ciudadanos particulares y organizaciones sin ánimo de lucro a candidatos a los cargos públicos, que impuso el republicano Richard Nixon.

Pese a la pataleta de los progresistas que temen que los multimillonarios de extrema derecha estilo película de James Bond controlen la política del país, las sentencias, sobre todo la de 2014, refuerzan el aparato de los dos grandes partidos frente a supuestos benefactores que pueden condicionar la agenda de los candidatos con sus anuncios.

La primera campaña electoral celebrada después de la última sentencia del Supremo, dictada en abril, fue la de noviembre pasado, en que los republicanos aumentaron sus escaños en la Cámara de Representantes y se hicieron con el Senado y varias gobernaciones estatales. El coste total se ha calculado en 3.670 millones de dólares.

Los primeros cálculos del aparato de campaña de Hillary Clinton fijan en 2.500 millones su presupuesto, más de lo que se gastaron Obama y Romney juntos.

En estas condiciones, lo lógico es que los candidatos mejor situados para obtener la candidatura de su partido sean los que disponen de más fondos o de más capacidad para recaudarlos, sea porque son muy conocidos o sea porque ya son ricos. En el Partido Demócrata, esa sociedad limitada conocida como matrimonio Clinton dispone de un verdadero cuerno de la abundancia.

Los fondos de la Fundación Clinton

Hillary Clinton cobra 300.000 dólares por sus conferencias, que es su tarifa para las universidades públicas, ya que a las privadas les cobra más. Bill, que se ha mostrado a favor de suprimir la limitación de dos mandatos para los presidentes, ha recaudado más de cien millones de dólares en conferencias desde que dejó la presidencia. La Fundación Clinton tiene unos fondos cercanos a los 2.500 millones de dólares, aunque parte de ese dinero proviene de Gobiernos extranjeros, sobre todo dictaduras, pese a lo cual Bill Clinton lo ha justificado, y de empresas que hacen negocios en zonas calientes o vulnerando el derecho internacional, como una empresa pública marroquí que explota fosfatos en el Sáhara ocupado y donó un millón de dólares.

Aparte de lo anterior, las grandes empresas y Hollywood se volcarán en la candidatura de la Hillary Clinton como lo hicieron con su marido y con Obama.

Como explica Obama en su libro La audacia de la esperanza, no es que los políticos se hagan ricos, sino que los ricos se hacen políticos.

En el Senado, al menos, la mayoría de los miembros ya son ricos. El dinero, en cambio, interesa para mantener el estatus y el poder; interesa para asustar a los que quieren tomar su puesto, y para combatir el miedo. (…) sin dinero, y sin los anuncios televisivos que se comen todo el dinero, la derrota está prácticamente garantizada.

¿Y qué hace el candidato que no tiene suficiente dinero?

Si no se posee una gran fortuna personal, básicamente sólo hay una manera de recaudar el dinero necesario para una carrera electoral al Senado: hay que pedírselo a los ricos.

Y los ricos en EEUU son la industria petrolera, la industria del aborto, la Asociación Nacional del Rifle, los bancos de inversiones, Hollywood… Como ha escrito el columnista Ignacio Ruiz Quintano sobre la capacidad de Hollywood para poner presidentes,

olvídense de la separación Iglesia-Estado. Necesitamos una separación Hollywood-Estado.

Pero Obama añade en su libro un dicho de la política de Illinois: "Los carteles no votan". Ya lo comprobó doña Hilaria en la campaña para la designación demócrata en 2003.

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