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Los viejos 'tories' contra la descarada Thatcher

Margaret Thatcher revolucionó no sólo su país, sino ante todo y primero su partido.

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Margaret Thatcher revolucionó no sólo su país, sino ante todo y primero su partido, que empezó a dirigir en 1975. Hasta su llegada, los conservadores habían estado subordinados a los laboristas en ideas y proyectos, como lo estaban también los republicanos a los demócratas en Estados Unidos hasta Ronald Reagan, y los moderados a los socialdemócratas en Suecia hasta los años 90.

El político francés Alain Peyrefitte, autor del ensayo Cuando la rosa se marchite, describió una conversación que mantuvo con Thatcher al poco de ser elegida ésta para dirigir el Ejecutivo británico. Ella le dijo que era la primera gobernante conservadora de su país desde la Segunda Guerra Mundial. Peyrefitte le repreguntó si Winston Churchill (1951-1955), Anthony Eden (1955-1957), Harold MacMillan (1957-1963), Alec Douglas-Home (1963-1964) y Eward Heath (1970-1974) no eran conservadores. Y Thatcher le espetó lo siguiente:

Ellos no fueron primeros ministros conservadores. No pusieron a revisión la sociedad socialista establecida por Clement Attlee. Yo soy la primera.

En su relato, Peyrifitte elogiaba la resolución de Thatcher, pero se lamentaba de que "había llegado demasiado tarde" a un país ya ahormado en el pensamiento socialdemócrata. Sin embargo, Thatcher no fracasó y su país es completamente distinto, hasta el punto de que el laborista Tony Blair, después de cuatro derrotas sucesivas de su partido, tuvo que aceptar parte de las ideas de la señora, reconocer sus éxitos y hasta pedirle consejo.

MacMillan, la nostalgia del Imperio

¿Cómo era el Partido Conservador en el que irrumpió Thatcher? Lo podemos conocer por medio de Harold MacMillan, el primer ministro que dimitió en 1963 por el escándalo Profumo. Estudió en el célebre colegio de Eton, y conformó su Gobierno con muchos de sus condiscípulos. Fue el último primer ministro británico nacido en el siglo XIX, bajo el reinado de la reina Victoria, y que combatió en la Gran Guerra. Frederick Forsyth lo describió melancólico en su novela Chacal.

Era un anciano que había nacido y se había criado en un mundo que tenía sus principios y los había seguido. Ahora el mundo había cambiado, estaba lleno de gente con ideas nuevas; y él pertenecía al pasado. ¿Comprendía siquiera que había ahora otros principios, que apenas alcanzaba a entender y que, en todo caso, no eran de su agrado?

En Diplomacia, Henry Kissinger le recordó de la misma manera:

Aunque poseía un travieso sentido del humor, había en MacMillan una melancolía inseparable de su posición al verse obligado a participar en la continuada decadencia de Inglaterra tras la terrible experiencia de la Primera Guerra Mundial, desde la cumbre del poder. MacMillan solía narrar en tono conmovedor la reunión de los cuatro supervivientes de su clase del college Christ Church, en Oxford.

Durante los años de Thatcher (1979-1990), que coincidieron con el final de su vida, MacMillan, fallecido en 1986, criticó algunas de las decisiones de su correligionaria, precisamente las que invertían el consenso socialdemócrata. Así, criticó en varios discursos el choque con los sindicatos mineros. Kissinger recuerda que en una ocasión le mostró su apoyo moral a aquéllos:

(...) en 1984, MacMillan, que para entonces llevaba veinte años sin ocupar ningún cargo, me dijo que, aun cuando respetaba mucho a la señora Thatcher y comprendía lo que ella estaba tratando de hacer, él nunca habría podido obligarse a llevar una lucha hasta el fin con los hijos de los hombres que él había tenido que lanzar desde las trincheras en la Primera Guerra Mundial, y que se habían sacrificado con tal abnegación.

La relación especial con Estados Unidos

Pero no todo en MacMillan fue malo. Entre sus logros, subraya Kissinger, destaca el nacimiento de la relación especial con Estados Unidos. Hasta este primer ministro, los británicos, pese a la ruina económica en que quedaron después de la guerra mundial y a la independencia de la India y Pakistán, siguieron creyendo que eran una gran potencia y se permitieron el lujo de rechazar en 1956 la adhesión al naciente Mercado Común. La crisis de Suez, en que las tropas de Francia, Israel y el Imperio británico tuvieron que retirarse del canal egipcio por la presión de la URSS y de EEUU, hizo conscientes a Londres y París de que ya no eran potencias de rango mundial.

Este vínculo se ha mantenido desde entonces hasta la actualidad. Thatcher apeló a él en la guerra de las Malvinas y lo obedeció en la arremetida contra el Imperio del Mal soviético. Años más tarde, Blair se unió a George Bush en la guerra contra el terror contra Al Qaeda.

El buenrollismo

El Partido Conservador de los años 60 y 70 estaba dominado por unos círculos aristocráticos sin reflejo en la sociedad y que, además, como en el caso de los espías que formaron el Círculo de Cambridge y de los intelectuales decadentes del Grupo de Bloomsbury, subvertían la sociedad de la que vivían. El sucesor de MacMillan, Alec Douglas-Home, fue el último miembro de la Cámara de los Lores nombrado para el cargo. También las relaciones de Thatcher con el último premier conservador que le precedió, Edward Heath, que como ella provenía de una familia humilde, fueron malas.

Pero no sólo había buenrollismo y respeto al establishment en los conservadores. El primer ministro anterior a Thatcher, el laborista James Callaghan, recibió el apodo de Sunny Jim (Alegre Jim). Pese a su simpatía, los británicos padecieron la crisis económica del 73, inflación, y huelgas que concluyeron en el invierno del descontento. Callaghan perdió una moción de censura en marzo de 1979 presentada por los conservadores de Thatcher. En las elecciones posteriores, el Alegre Jim perdió 50 diputados y su partido regresó al poder en 1997, dieciocho años después.

Sin embargo, y a pesar de la división de los conservadores en torno a la dama de hierro, como escribe Kissinger,

No fue poco irónico el hecho de que el partido tory victoriano, integrado por terratenientes y familias aristocráticas devotamente anglicanas, presentara como líder a este brillante aventurero judío [Benjamín Disraeli] y que el partido de los sutiles conservadores hubiese llevado al primer plano del escenario mundial al quintaesenciado extranjero. Ningún judío había llegado a alcanzar tales alturas en la política británica. Un siglo después volverían a ser los tories, en apariencia recalcitrantes, y no el Partido Laborista, conscientemente progresista, los que llevaran a la hija de un verdulero al poder.

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