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Ortega, contra la federalización de España

Ochenta años más tarde, hay que repetir las palabras de Ortega a los políticos que dicen ser republicanos y admiradores de la Segunda República.

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Estudiar la política española en las portadas de los periódicos, las memorias de algunos políticos y los debates parlamentarios es sentir que el español es un pueblo atado a una noria y condenado, como el burro, a dar vueltas y más vueltas sin moverse del mismo lugar y tropezando en los mismos hoyos.

Los españoles seguimos uncidos a los mismos problemas desde hace siglo y medio: Monarquía versus República; Estado unitario versus Estado federal; orgullo nacional versus leyenda negra; sumisión a Francia versus alianza con EEUU; catolicismo versus anticlericalismo; apertura económica versus intervencionismo y clientelismo… El nuevo secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, mostró en su primer discurso su adhesión al peor bando de estos debates al decantarse por federalizar España, recuperar el todo gratis por parte del Estado y promover el feminismo y el combate al calentamiento global.

Ahora que media España se ha vuelto federal, cuando hace dos años lo de la Unión quedaba limitado a la caballería de EEUU cuando perseguía apaches, merece la pena recordar el discurso de José Ortega y Gasset, diputado por la Asociación al Servicio de la República, en que ilustró a los diputados de las Cortes Constituyentes sobre las diferencias entre autonomía y federación.

El nivel de los diputados

Del nivel cultural y político de esas Cortes nos podemos hacer idea conociendo lo que escribió Josep Pla, cronista parlamentario que permaneció en Madrid entre 1931 y 1936, hasta que tuvo que huir a su masía del Ampurdán para escapar de las amenazas de muerte de la izquierda.

Son unas Cortes compuestas por médicos, abogados obreros más o menos liberados y profesores más o menos conocidos. En Madrid, los observadores políticos con experiencia afirman que hay al menos 300 diputados de las Constituyentes que son inferiores a la media de cualquier asamblea del régimen anterior. También dicen que hay una treintena de personas que son visiblemente superiores a la media a que hacemos referencia. Esto es evidentemente cierto.

En sus diarios, Manuel Azaña dijo: en los pasillos del Congreso "toda necedad hace tertulia". Al proclamarse España como una "república de trabajadores", afirmó: "Lo más oportuno sería decir que somos una República de trasnochadores", debido a las abundantes sesiones que se prolongaron de madrugada.

El jurista Luis Jiménez de Asúa, presidente de la Comisión Redactora del Proyecto, declaró en agosto, cuando se debatió el proyecto constitucional, con esa capacidad de los socialistas para saber de dónde sopla el viento, que el federalismo, como el unitarismo, estaba en crisis.

Deliberadamente no hemos querido declarar en nuestra Carta constitucional que España es una República federal (…) porque hoy tanto el unitarismo como el federalismo están en franca crisis teórica y práctica (…) Después del férreo, del inútil Estado unitarista español, queremos establecer un gran Estado integral en el que son compatibles, junto a la gran España, las regiones, y haciendo posible, en ese sistema integral, que cada una de las regiones reciba la autonomía que merece por su grado de cultura y de progreso. Unas querrán quedar unidas, otras tendrán su autodeterminación en mayor o menor grado.

"... camina hacia su dispersión"

A estos diputados, muchos de los cuales se calificaban a sí mismos como jabalíes, les tuvo que explicar Ortega y Gasset las diferencias entre autonomismo y federación la madrugada del 26 de septiembre de 1931.

Autonomía y federación son dos conceptos diferentes; en el primero hay una sola soberanía –la del pueblo español, en este caso–, mientras que en el segundo se aceptan otras soberanías que se asocian para formar una nueva:

Pues bien, confrontándolo con el autonomismo, yo sostengo ante la Cámara, con calificación de progresión ascendente hasta rayar en lo superlativo, que esos dos principios son: primero, dos ideas distintas; segundo, que apenas tienen que ver entre sí; tercero, que, como tendencias y en su raíz, son más bien antagónicas.

El federalismo se preocupa del problema de soberanía; el autonomismo se preocupa de quién ejerza, de cómo haya manera de ejercer en forma descentralizada las funciones del Poder público que aquella soberanía creó.

Porque la soberanía, señores, no es una competencia cualquiera, no es propiamente el poder, no es ni siquiera el Estado, sino que es el origen de todo Poder, de todo Estado y, en él, de toda ley.

Para un pueblo, pasar de unitario a federal es una degradación:

Dislocando, digo, nuestra compacta soberanía fuéramos caso único en la historia contemporánea. Un Estado federal es un conjunto de pueblos que caminan hacia su unidad. Un Estado unitario que se federaliza es un organismo de pueblos que retrograda y camina hacia su dispersión. Ni vosotros ni yo estamos en esta fecha seguros de que el pueblo español, que se ha dormido esta noche dueño de una soberanía unida, sabe, sospecha, que, al despertarse, va a encontrarse su soberanía dispersa.

Y hasta es posible que las regiones convertidas en estados federados se subleven invocando su pedazo de soberanía,

no segmentando la soberanía, haciendo posible que mañana cualquiera región, molestada por una simple ley fiscal, enseñe al Estado, levantisca, sus bíceps de soberanía particular.

Por último, una advertencia a los diputados:

Vais a resolver sobre algo que representa la raíz cósmica, ultrajurídica, y últimamente vital de la realidad española; vais a decretar sobre soberanía.

En uno de sus artículos para ABC, luego recogidos en Haciendo de República, Julio Camba comentó así la actitud de los diputados:

Para aquellos energúmenos era lo mismo ensamblar las piezas de un puzzle, a fin de formar un cuadro, que coger un cuadro y hacerlo añicos, al objeto de crear un puzzle, y era igual buscar un aumento de poder en la unión con otros países que desmembrar el territorio nacional en regiones más o menos independientes.

Riña con Companys

En mayo de 1932, ya con la Constitución aprobada por las Cortes, Ortega mantuvo un enfrentamiento con el diputado de ERC Lluís Companys en el que éste le acusó, como suelen hacer los nacionalistas con quienes se oponen a sus planes, de anticatalán.

La hora más aguda y dramática que aquí hemos vivido, la más peligrosa para la República, se debió a este inmoderado afán vuestro por no querer adaptaros a la política general de la República, sino exigir, sin claros títulos para ello, que la política republicana se adaptase a vosotros.

Y reprochó a los catalanistas su desagradecimiento después de la aprobación del Estatuto catalán por las Cortes.

Ochenta años más tarde, hay que repetir las palabras de Ortega a los políticos que dicen ser republicanos y admiradores de la Segunda República.

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