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Un país de pandereta

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En la página web de la BBC había un informe sobre las elecciones elaborado por el corresponsal en España de la objetiva cadena británica . Una de las informaciones se ilustraba con un retrato del general Franco y daba paso a unas líneas sobre la censura informativa que, según ese corresponsal, existe en España y que se explicaba, en opinión de universitario al que entrevistaba, por el régimen franquista. (¿Entienden la fina conexión entre franquismo y PP? ¡Qué sutiles son los británicos!).
 
Para muchos ciudadanos del resto de Europa, no sólo camareras y conserjes , sino también periodistas, profesores y gobernantes, España es un medio país, algo más cercano a Marruecos que a Alemania. Ni las campñas de publicidad, ni los viajes y veraneos de los europeos, ni las presidencias de la UE por España, lograr borrar ese estereotipo. No es que la culpa de esa imagen deformada la tengan las corridas de toros, ni la Armada Invencible, ni el duque de Alba; la mayor responsabilidad, junto con el cuerpo diplomático, la tienen otros políticos y periodistas nacionales. El martes por la noche, Gerardo Galeote contó en el programa de José Apezarena, en la COPE, que el sábado le entrevistaron en una radio irlandesa sobre las elecciones; antes que él habló un eurodiputado socialistas, cuyo nombre lamento no recordar, y afirmó que si ganaba el PP se debería a un pucherazo. Muchos oyentes de esa emisora se fueron a la cama con la idea de que nuestro país es como Bielorrusia. ¡Así se construye la marca España!
 
El martes, Pedro Almodóvar también contribuyó a emborronar el nombre de España y de los españoles. En la presentación de su película La mala educación ante la prensa internacional afirmó su alegría por la derrota del PP porque el Gobierno de José María Aznar preparaba un golpe de estado, tal como había revelado un anónimo que circulaba por Internet. ¡Qué ética, qué honradez! Por si alguien lo dudaba después del comportamiento de los titiriteros ansiosos de subvenciones (y anda que el PP se las ha dado en cantidad!), ser intelectual es una profesión más que una actitud.
 
Casi todos los que navegamos por Internet ya hemos leído el dichoso anónimo. En él se acusa al Gobierno de querer dar un autogolpe mediante la proclamación del estado de excepción y al atraso de las elecciones al menos en dos meses. ¡Qué ganas de votar tenían los intoxicadores! Basta ir al artículo 116.3º de la Constitución para comprobar la falsedad del bulo. El estado de excepción, se establece en la ley fundamental, lo proclamará el Consejo de Ministros previa autorización del Congreso de los Diputados; es decir, no se debate en la junta Electoral Central, como insinúa el conspirador que difundió el bulo. Tampoco se reunieron ni el Congreso, que está disuelto, ni la Diputación Permanente. Cualquier periodista y más un intelectual oscarizado podía haber comprobado este error; sin embargo, muchos han preferido aceptarlo porque servía a sus fines: desprestigiar hasta el fondo al que consideran su enemigo y que no tiene derecho ni al honor ni a la verdad.
 
Desde luego, somos un país de pandereta. Al menos, tenemos el consuelo de haber inaugurado la fase más moderna de la teoría del golpe de estado. En el Tercer Mundo se siguen usando los grupos armados y el objetivo es la ocupación física del palacio presidencial. Los gubernamentales o los rebeldes vencen tras horas, a veces días, de combate a tiros en las calles. En los países desarrollados, las tramas se encuentran en Internet y la señal la da un emilio o un SMS.
 
Con el anuncio de la querella contra Almodóvar el PP está protegiendo su nombre y el de sus votantes; lo malo es que quizás la progresía de Hollywood, esos multimillonarios que viajan a Chiapas y a Cuba para tocar a los pobres, quizás le den otro oscar para compensarle por la persecución que sufre y por los ingresos perdidos de su nueva película, ésa en la que se habla de socialistas trincones y puteros; ¿o me he equivocado de película?

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