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Libertad, un bien escaso

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Mientras que en el Perú no cambien las instituciones y logremos una clase política superior, no habrá posibilidad de mejorar. El Perú vale más que su crisis permanente y se merece una mejor casta política. Significamos más de lo que vemos en el Ejecutivo, en el Congreso y en el Poder Judicial. Pero son nuestros políticos, ineficientes, demagogos e irresponsables, quienes no nos permiten salir del pozo. Peor aún, antes que impulsar iniciativas que nos conduzcan al desarrollo, una vez que se instalan en el poder, los políticos se convierten en parásitos del sistema.
           
Empero, no es el país el que ha fracasado. Tampoco el sistema democrático. Son las políticas equivocadas y las ideas desfasadas de nuestros políticos mercantilistas y tarambanas (que entienden, por lo demás, que su función es la de administrar y distribuir la pobreza), las que nos impiden experimentar fórmulas orientadas a la creación de la riqueza.
           
Por eso, la primera reforma radical y profunda que debe emprender el Perú es la reestructuración del Estado. Es decir, achicar al Estado a su mínima expresión para que deje de hacer aquellas cosas que hace mal. Tecnocratizarlo, si cabe el término, y moralizarlo, para que el Estado, desregulado y desburocratizado, se ponga, por fin, al servicio del ciudadano. Para que se concentre, como debe ser, en asociación con el sector privado, en educación, salud e infraestructura, sectores prioritarios que debe atender, pero que han sido abandonados por la incompetencia de los gobernantes. 
           
Y la reforma del Estado pasa, entre otras cosas, por transferirle al sector privado las empresas públicas que todavía quedan en manos del gobierno peruano. Como Petroperú y Sedapal, por ejemplo, que ahora sirven únicamente para darle de comer a la gente del partido de gobierno.
           
Y pasa también por desterrar la idea de que es el sector público el llamado a hacer todas las cosas, cuando pueden usarse sistemas de administración público-privado que han demostrado su eficiencia en la región. Como Chile, verbigracia.
           
Pero ello es muy difícil que ocurra con el gobierno de Alejandro Toledo, pese a las buenas intenciones de la premier Beatriz Merino. Por varias razones. Porque no tiene la fuerza política para hacerlo, porque no sabe cómo hacerlo, porque se muere de miedo de explicar que toda reforma estatal supone despidos. 
           
Mario Vargas Llosa, cuando fue candidato presidencial, hace quince años, dijo: “En el Perú no hemos tenido hasta ahora, realmente, libertad y democracia en el sentido cabal e integral de estas palabras... lo que hemos tenido en los períodos que ha habido gobiernos civiles nacidos de elecciones han sido formas políticas de democracia, pero no estuvieron acompañadas del complemento fundamental de la libertad política que es la libertad económica”.
           
Esa idea sigue vigente y no sabemos por cuánto tiempo más. Porque lo triste es que, hasta el momento, de cara a los comicios del 2006, no se avizora nada interesante, nada en construcción, nada radical ni liberal. Ningún capitalista o libertario de verdad.
           
Pero, vamos, finalmente las soluciones no son de derecha o de izquierda, de populistas o de neoliberales, sino de fortaleza institucional, seguridad jurídica y desregulación gubernamental, de medidas que incentiven el ahorro y la inversión, que inoculen a la sociedad con una sobredosis de libertad. Son los países de mayor libertad económica los que han alcanzado rápidamente a la riqueza. Ahí están las democracias capitalistas de Europa, Estados Unidos,  Asia, Irlanda y Chile.
           
Un país que establece el Estado de Derecho y elimina la corrupción, que permite que el libre mercado opere, que mantiene un bajo nivel de impuestos y de gasto gubernamental, que no regula en exceso, que atrae inversión y que crece sin necesidad de ayuda externa, sin duda, despegará. Un país que le permita a sus ciudadanos el voto libre o cualificado (donde voten solamente los que tributan), el voto a los policías y militares, libertad de prensa y de expresión irrestricta y donde el respeto a la ley se instale en nuestras conciencias, saldrá adelante. No existe otra manera de hacerlo. Por eso es que, ojalá, algún día, confiemos en que al Perú llegue la libertad.
 
Pedro Salinas es corresponsal de © AIPE en Lima.
 

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