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Arrepentimiento

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Sobre el último artículo que publiqué, titulado "Conversos y arrepentidos", me escribe mi amigo Javier Ruiz Portella: “¿Por qué el sentimiento moral –y por ende cosas como la culpa y el arrepentimiento— sólo serían válidos en el ámbito religioso y no tendría nada que ver con el político… donde se cometen precisamente los mayores desmanes y tropelías? ¿Cómo que no te arrepientes de tu pasado? No es sólo un tremebundo error lo que cometimos: nos sumimos a la vez en la mayor de las iniquidades, fuimos partícipes del sistema ideológico que más decenas de millones de seres humanos ha asesinado (por hablar solamente de esto) en toda la historia de la humanidad. Reconocerlo y arrepentirse (sin aspavientos, por supuesto) constituye –a diferencia de esa vil gentuza que ha abandonado (más o menos) el totalitarismo como si aquí no hubiera pasado nada— nuestra mayor honra. Me acordaré toda la vida de que, poco tiempo después de haber llegado a Hungría en 1971, me di cuenta de lo que era aquello y de en qué sistema estaba yo implicado, me pasé toda una noche llorando, abrumado por una culpabilidad tal que ríete tú de la de Raskólnikof. Y pensando en los ruines esos que han cambiado de camisa como el que no quiere la cosa (en realidad no la querían ¡claro!) siempre me había dicho que se tenía que desconfiar de quienes no hubieran conocido en alguna medida semejante culpabilidad”.

Magnífica exposición, con la que estoy de acuerdo. Pero creo que una crítica teórica del marxismo o de otra ideología por el estilo, o bien un relato coherente de sus hechos, sirve para evitar que otros caigan en la misma trampa, y por ello tiene un valor práctico. En cambio, manifestar arrepentimiento no sirve de nada en política, aparte de que cualquiera puede dudar de la sinceridad del arrepentido. Los partidos comunistas exigían a los díscolos o descarriados una clara manifestación de arrepentimiento. ¿Por qué? Por su ideología pararreligiosa, precisamente; y ello, en el ambiente sectario, tenía un valor evidente, como refuerzo de la secta. Pero no fuera de ahí.

Para poner un ejemplo menos inmediato y personal, fue Alcalá-Zamora, y no la izquierda, quien precipitó e hizo inevitable la guerra, que quizá no habría recomenzado si aquel político cristiano-progresista hubiera dejado a la CEDA aplicar su programa. Y Azaña empujó por el camino bélico desde 1935, al aliarse con las fuerzas más violentamente revolucionarias y propugnar un programa antidemocrático y revanchista con respecto a la insurrección de octubre del 34. Ni uno ni otro muestran en sus memorias el menor arrepentimiento, pero no creo que ello importe mucho. En cambio echo de menos un análisis racional de sus propios actos y actitudes, también ausente de sus escritos. Ambos ostentaron los cargos más decisivos de la república cuando ésta se precipitaba a su violenta destrucción, pero si hemos de creerles, no tuvieron nada que ver con tal desenlace. Esto, desde un punto de vista político y racional, tiene la mayor relevancia, mientras que la cuestión del arrepentimiento sólo la tiene desde un enfoque religioso, lo cual es otro problema, u otra dimensión del problema.

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