Menú

Citas espurias

Allen no era un informador o periodista honesto, sino un agente de propaganda del Frente Popular, inventor, entre otras cosas, de la leyenda de la matanza de Badajoz en la plaza de toros. Y Garzón, al darle crédito sin más investigación, se iguala a él.

0

Para dar fuerza a las acusaciones (que, recuérdese, son contra personas fallecidas, que no pueden defenderse ni ser castigadas) Garzón, con su habitual mala fe y obrando como agente de propaganda y no como juez, reproduce determinadas declaraciones de Mola, Queipo y Franco, tratando de mostrar en ellas el carácter de los sublevados. De Mola cita, entre otras frases: 

Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego, serán encarcelados todos los directivos de los Partidos Políticos, Sociedades o Sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándose castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas.

En realidad, son consignas típicas de todo golpe de estado, con el fin de impedir una resistencia más prolongada y sangrienta. Las mismas consignas hallamos en las instrucciones para la insurrección socialista de 1934, que he reproducido, sin que a este peculiarísimo juez le hayan movido a utilizarlas para una investigación judicial.

De Queipo de Llano expone frases truculentas, tan brutales como otras pronunciadas en el bando contrario, que Garzón olvida. Y, puesto a citar a Queipo, el juez podría incluir otras palabras en las que el general explica crímenes horrendos –y reales– cometidos por los rojos. También podría incluir numerosas incitaciones del PSOE a la guerra civil. Al no hacerlo, obra como propagandista, no como juez.

El caso de Franco es peor: da crédito a frases que pone en su boca el periodista useño Jay Allen:

"Nosotros luchamos por España. Ellos luchan contra España. Estamos resueltos a seguir adelante a cualquier precio". Allen: "Tendrá que matar a media España", dije. Entonces giró la cabeza, sonrió y mirándome firmemente dijo: "He dicho que al precio que sea". Es decir –afirma Allen– que "estaba dispuesto a acabar con la mitad de los españoles si ello era necesario para pacificar el país".

Aquí la mala fe de Garzón se combina con la de Allen, como en el caso de los denunciantes, según expuse en el primer artículo. Como sabe hoy quien quiera enterarse, Allen no era un informador o periodista honesto, sino un agente de propaganda del Frente Popular, inventor, entre otras cosas, de la leyenda de la matanza de Badajoz en la plaza de toros. Y Garzón, al darle crédito sin más investigación, se iguala a él. El asunto lo he tratado en Los mitos de la guerra civil.

Aún más descarada es la utilización de otras palabras de Franco referidas a una paz negociada, que pedía Negrín cuando ya tenía perdida la guerra y después de haber tratado de aplastar a los nacionales por todos los medios. Oferta ridícula que provocó las burlas del propio Azaña. O menciona supuestas intenciones de matar a un tercio de la población masculina, y que no pasaban de bravatas típicas de tiempo de guerra. O incluye como digno de crédito, el comentario de un historiador desvergonzado: "En la mentalidad de los jefes sublevados no cabía negociación alguna. El corolario parecía evidente: no sólo era una guerra civil, sino también un programa de exterminio". Un sofisma tan necio caracteriza de nuevo la instrucción de este juez, y al juez mismo.

El carácter de aquella guerra lo definió perfectamente el socialista Prieto: "Será una guerra a muerte porque cada uno de los dos bandos sabe que el adversario, si triunfa, no le dará cuartel". Esta mentalidad fraguó en varios años durante los cuales provino de la izquierda la iniciativa en las prédicas de odio y guerracivilismo, en los atentados, asesinatos e incendios, con muy escasa réplica de las derechas. Así, precisamente, se generó el ambiente de odios que estallaría al fin con la destrucción de la legalidad por el Frente Popular. Todo ello está hoy perfectamente documentado, aunque algunos persistan en ignorarlo.

La desvergüenza de Garzón va un poco más allá cuando equipara la acción de los nacionales con la de los hitlerianos en el frente ruso. Por supuesto, hubo terror en la II Guerra Mundial y en la Guerra Civil española, pero nunca equivalentes en su amplitud, propósitos ni carácter. Al estallar la contienda española, los nacionales quedaron en inferioridad material casi desesperada, lo que les movió a usar el terror para paralizar cualquier posible resistencia en su retaguardia, muy frágil al principio; el bando contrario, seguro al principio de la victoria, empleó el terror con propósito de exterminio "de clase", que en el caso de la persecución religiosa adquirió rasgos de genocidio, único caso en España.

El juez menciona hasta las matanzas de Ruanda (el ignorante escribe "Rwanda") para ilustrar... de nuevo su mala fe.

En España

    Lo más popular

    0
    comentarios

    Servicios