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Contribuciones a la derrota

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En estos momentos me gustaría poder decir que todo lo que he escrito sobre el PSOE estaba dictado por la pasión y era más o menos falso. Pero no. El PSOE no sólo tiene una historia nefasta, sino que lleva tiempo empeorado en la mala vía. Casi hubiera sido preferible que ganara por mayoría absoluta para que, al menos, mermase su dependencia de los partidos nacionalistas. Pero no va a ser así. Las tendencias antidemocráticas y antiespañolas, siempre presentes en el PSOE, difícilmente dejarán de acentuarse, a no ser que una sensación del peligro le lleve a apoyarse en el PP para las cuestiones importantes. Aun así, Cataluña se va a presentar como el gran problema, sumado al de Vascongadas. Porque, no debe olvidarse, el partido de Maragall no es realmente el PSOE. Es otro partido, de corte nacionalista. Y aunque Zapatero ha empezado con palabras conciliadoras, el socialismo español está más radicalizado que en los últimos años, y también más dividido internamente.
 
Se dice que al resultado de una batalla contribuyen tanto el vencedor como el vencido. Sobre los méritos del vencedor no hace falta hablar: se han basado en la demagogia más agresiva y desvergonzada, confirmando que en España la izquierda sigue siendo extrema. Pero ésta no tendría por qué haber triunfado si no le hubiera ayudado tanto el PP. Ya señalamos algunos en diversos artículos anteriores la increíble estupidez de negarse al debate cara a cara, de presentarse en el mismo plano que el PSOE, el plano de las promesas sin apenas referencias a los logros del pasado. El PSOE sólo podía prometer, porque su pasado es nefasto, y al PP le habría bastado comparar insistentemente ambos pasados para abrir los ojos a muchos, en especial a los jóvenes. Pero no. ZP ha sabido tomar la iniciativa y atraerse a buena parte de los nuevos votantes, frente a la inane respuesta de su contrincante.
 
El golpe decisivo tiene que ver con la guerra de Iraq. El PP creía que la guerra apenas tendría influencia y que el PSOE cometía un error al recordarla. También aquí ha sido insuficiente, a lo largo de estos meses, la explicación del PP, que, con la excepción de Aznar y pocos más, mostró una cobardía excepcional en su momento y después intentó simplemente olvidar el asunto. La guerra podría haber tenido, de todas formas, una incidencia secundaria si no hubiera sido por el salvaje atentado, tan bien aprovechado por la izquierda contra un PP que se ha defendido tan mal, perdiendo lamentablemente, una vez más, la iniciativa. Le hubiera bastado, en vez de lamentarse de las calumnias y agresiones, con haber señalado con claridad y firmeza que el atentado se dirigía contra España y contra la democracia, causa común de la ETA y Al Qaida, y que quienes pretendían exculpar a la ETA y presentar a Al Qaida como víctima y al PP como asesino, actuaban como cómplices del terrorismo, recordando de paso los métodos de los gobiernos del PSOE al respecto.
 
Pero los dirigentes derechistas, al margen de su mala explicación previa de la guerra de Iraq, han tenido miedo a “crispar” la situación replicando con la dureza necesaria y poniendo a la defensiva a los acusadores. No se han percatado aún de que, por mucha mansedumbre que mostrasen y mucha información que suministrasen, iban a ser tachados igualmente de asesinos, franquistas, autoritarios, mentirosos y crispadores. Han ignorado la capacidad de la demagogia para enturbiar la percepción de millones de personas. Le conviene a esta gente repasar la historia de la CEDA, que conserva cierta actualidad, como estamos viendo.
 
El PP representaba en estas elecciones los intereses de la democracia y de la unidad de España. Los representaba, pero no ha sabido defenderlos bien. ¿Vale la pena recordar ahora estas cosas? No se trata de caer en recriminaciones, sino de señalar errores, quizá corregibles. Entender el pasado ayuda a afrontar el futuro.
 

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