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Damnificados del franquismo

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Aunque nunca he visto la serie de televisión Cuéntame como pasó, quedo informado de ella por unas concisas palabras del actor Emilio Gutiérrez Caba: “Cuéntame comete un acto delictivo, pues esconde los horrores de la dictadura”. Ya está todo claro.

Por suerte, en aquella dictadura horrorosa hubo personas que no se sometieron, y que alentaron la esperanza de los demás y les dieron ejemplo, sin reparar en peligros y sacrificios por escalofriantes que fueran. Gutiérrez Caba mismo fue castigado ferozmente por su lucidez y rebeldía, obligado al tormento de protagonizar obras de teatro en televisión, condenado a hacer cine, a una popularidad obscena y vejatoria, y, última humillación y escarnio, forzado a aceptar premios artísticos y a cobrar sumas cuantiosas por su trabajo, aparte de otras mil afrentas, miserias y brutalidades cotidianas inventadas por la mente retorcida de sus verdugos para hacerle la vida imposible. Nadie entenderá cómo logró sobrevivir a tamañas atrocidades si olvida la altísima dosis de idealismo y fe en un porvenir menos espantoso que caracterizaron al célebre actor, si olvida que sólo gracias a su indomable espíritu puede hoy deleitarnos con su arte e ilustrarnos con su clarificación del pasado.

Me trae esto a la memoria unas palabras de Fernando Fernán Gómez explicando la violencia anarquista como pura defensa propia, porque los policías, informó, “a quienes buscan, descubren, persiguen y atacan con tenacidad y furia, más que a los delincuentes, es a aquellos ciudadanos que no piensan ni dicen lo que les han ordenado sus amos, los jefes de la policía, los inventores de las leyes, los dueños de la tierra y el dinero”. Fernán Gómez, por ser fiel a sus ideas y no doblegarse jamás a pensar ni decir lo que ordenan los amos, los dueños y los inventores de esas cosas, hubo de sufrir la salvaje vesania del dictador, y luego incontables ultrajes bajo la falsa democracia actual, salida de aquella dictadura. Baste señalar que sus torturas superaron incluso las padecidas por Gutiérrez Caba. Ante tan heroico sacrificio, sólo nos queda inclinarnos respetuosamente, con el sombrero o la gorra en la mano.

No debe ocultarse, ni siquiera por modestia, que el ejemplo de entereza dado por los Fernán Gómez, Gutiérrez Caba y tantos más, fue el factor moral decisivo que permitió a la gente común aguantar, así fuera en silencio, y superar aquellos ominosos y desdichados tiempos, cuando la dictadura sentenciaba al pueblo a aumentos insoportablemente rápidos de su nivel de consumo, mediante los cuales trataba de hundirlo en el vicio, la degradación y la explotación capitalista; cuando extendía frenéticamente la enseñanza superior y no superior, y, para hacer más intolerable tanta miseria y oscuridad, machacaba a los españoles con un aumento de sus expectativas de vida que, en toda Europa, sólo quedaban por debajo de las de Suecia: ¡imponía a las masas una vida interminable de penuria y aflicción!

No contenta con ello, la dictadura cultivaba el llamado aperturismo y permitía unas mínimas libertades políticas, en lugar de suprimirlas por completo, como ocurría en Cuba, la URSS, China y otros regímenes que la oposición veía, muy atinadamente, como la meta y objetivo deseables para España, eliminando las podridas, inútiles y burguesas libertades formales. Las limitadas libertades del franquismo, naturalmente, hacían aun más insufrible la situación del pueblo.

Tiene razón Gutiérrez Caba: quienes esconden estas cosas cometen actos delictivos, y por tanto debieran dar con sus huesos en la cárcel o, al menos, ser seriamente perseguidos por alguno de los “jueces para la democracia”.

Me han contado, y lo creo, que próximamente las Cortes ofrecerán un espectáculo público y televisado: numerosos políticos e intelectuales, cuyos padres eran mandamases o colaboradores más o menos prominentes en los horrores de la dictadura (desde Arzallus a Cebrián, pasando por Alfonso Guerra, y casi todos los que ustedes quieran ) llevarán al hemiciclo figuras de paja representando a sus progenitores, a las que azotarán sin piedad como acto de purificación, para luego flagelarse moderadamente ellos mismos y borrar así los últimos estigmas de franquismo que pudieran quedarles por vía genética o similar. A continuación entonarán cánticos y recitarán poesías de Alberti y otros vates, en honor de la Pasionaria, de Sabino Arana, de Negrín, Fidel Castro, etc., ante grandes fotografías de estos próceres, inspiradores de la auténtica democracia y el progreso.

En fin, a la Unión Soviética se la llamó el país de la Gran Mentira. Aquí no llega la cosa a la enormidad de la URSS, pero va camino de alcanzarla. Por ahora, esta gente está convirtiendo a España en el país de la Considerable Mentira. O de la Trola Rampante, si lo prefieren.

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