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Días de papel

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¡Lo que son las lecturas apresuradas, inevitables en estos tiempos de tanta publicación! Hace unos días me comentó José Luis Gutiérrez que había dirigido la revista Gentleman en 1974. “Hombre, esa revista la asaltamos nosotros, no sé si en ese año o en el 75” “No jodas, si creímos que habían sido los fachas, que dejaron todo aquello lleno de pintadas. Así lo pongo en Días de papel. “Bueno, lo he escrito en De un tiempo y de un país. Además, se lo conté a Martín Prieto, a quien tendría que agradecer un artículo que publicó el año pasado en defensa de Los mitos de la guerra, pero con el agobio del trabajo…. “Pues he leído tu libro y ni me di cuenta”.
 
En De un tiempo, confundo, me parece, a Gentleman con otra revista, que aparecería algo más tarde, Guadiana, pero básicamente la cosa fue así: “Gentleman, título muy apropiado para los ejecutivos agresivos que con ánimo audaz se entregaban a una meliflua oposición al franquismo (…) No teníamos el menor motivo para simpatizar con ellos. En su redacción trabajaban afiliados a partidos de izquierda, incluyendo a nuestro informador, sobre los cuales podían recaer sospechas si se efectuaba la “expropiación”. Para evitarlo, procuraríamos que el golpe se atribuyese a los fachas.
- Es una provocación, no debemos caer en ello
- De provocación, nada. Necesitamos la máquina, y no hay más remedio. A los fachas no los va a perseguir la policía, ¿verdad? Así que bien se les puede cargar el muerto. ¿O es que han pescado a los que queman librerías? (…) Además, en el fondo los de la revista son fascistas. Sólo intentan salvar a los monopolios de la crisis del régimen. Y tienen dinero de sobra
- Sí, sí, pero no me gusta.
-¿No recuerdas lo que decía Dimitrof? Hay que aprender también de los fascistas, hasta de sus provocaciones.
 
Vista en la distancia, la argumentación no puede resultar más ilustrativa. Quien argumentaba contra el que dudaba era yo, que dirigí la operación, nocturna, con otros dos, apoderándonos, si mal no recuerdo, de una máquina de escribir eléctrica con varios juegos de letras, muy pesada, creo que también de una multicopista y de otras cuantas cosas, incluida una pequeña cantidad de dinero. Firmamos la acción como CANS, cuya terminación sugiere vagamente “Nacional Sindicalista”, y en gallego significa “perros”. Para darle mayor verosimilitud, pusimos unas cuantas pegatinas y pintadas en el metro, con esa firma. Quede para la pequeña y algo sórdida historia.
 
Viene esto a cuento del libro de José Luis Gutiérrez, el ya mencionado Días de papel, “una evocación sentimental de algunos avatares de la Prensa en los 25 años de la Constitución española”. La alusión a la Constitución democrática resulta oportuna, pues la misma no ha impedido al autor sufrir en la democracia golpes mucho más duros que el de la revista Gentleman. Gutiérrez, obrero metalúrgico en su juventud, ha tenido una trayectoria muy destacada en el periodismo español, especialmente en su etapa de Diario 16, donde destapó algunos de los episodios más espectaculares de la corrupción introducida por el PSOE en todos los ámbitos de la vida nacional, en especial el de Roldán. Podredumbre acompañada del intento de promulgar leyes que impidiesen su denuncia, lo que habría degenerado nuestra democracia en un régimen de corrupción institucional como el del PRI mejicano.
 
Aquellos escándalos, interesa repetirlo, no fueron inventos calumniosos de una prensa opuesta al PSOE, ni mucho menos del PP, que recogió los inevitables frutos políticos de la denuncia y cuando llegó al poder quiso “pasar página”, al menos en lo que le permitieran los resentidos socialistas. Como explica muy bien Gutiérrez, los hechos fueron totalmente reales, y aun teniendo en cuenta las inevitables interferencias partidistas, su puesta a la luz provino de una generación de periodistas de investigación, imitadores de los correspondientes useños, en su mayoría idealistas y creyentes en las virtudes de la democracia; y no pocos de los cuales, entre ellos el propio Gutiérrez, habían apoyado y admirado durante años a Felipe González, y contribuido a su éxito político.
 
Valdría la pena investigar la trayectoria ideológica del PSOE en esos años, cuando en principio se democratizó y moderó, al abandonar el marxismo, para pasar a “latinoamericanizarse” un tanto (a mi juicio, el término Latinoamérica sintetiza muy bien el deseo suicida de tantos americanos de perder sus raíces hispanas, y sólo debiera usarse en un sentido peyorativo, por contraste con Hispanoamérica). Los líderes del PSOE, convencidos de que debían durar bastantes décadas en el poder a fin de dejar el país “que no lo reconociera ni la madre que lo parió”, parecen haber tomado por modelos a regímenes como el mejicano o el venezolano de entonces, del cual salió probablemente la idea de los GAL.
 
Y no sólo se manifiesta esa evolución en los numerosos escándalos protagonizados por aquel partido, sino en su reacción, también típicamente “latina”, ante las denuncias. No sólo no hubo reconocimiento de los desmanes o compunción por ellos, ni surgió casi ninguna protesta interna por el rumbo desastroso emprendido (¿alguien sabe qué dijo Rodríguez Zapatero entonces?), sino que la dirección partidista comenzó inmediatamente a utilizar los recursos del poder para perseguir y hundir personalmente, con métodos infames, a quienes ponían sus miserias al descubierto. El caso más conocido fue el famoso video de Pedro J. Ramírez, pero José Luis Gutiérrez sufrió una persecución no menos ensañada, hasta destrozar a uno de los periódicos más emblemáticos de la transición democrática, Diario 16, cuando él lo dirigía. La felonía se llevó a cabo mediante una mezcla de maniobras financieras y de huelgas salvajes y violentas (Otra investigación de interés podría ser la de los medios de comunicación destruidos por el PSOE en esos años de latinoamericanización de España, incluyendo el “antenicidio”).
 
El relato de esta sucia venganza tiene algo de historia de terror, como dice quien principalmente lo sufrió, y ocupa buena parte del libro. Pero éste de ningún modo es la crónica de un resentimiento. Es fundamentalmente lo que dice en su portada, una “evocación sentimental” del mundo periodístico español del último cuarto de siglo largo, escrita desde una avanzada madurez con la nostalgia del tiempo irrepetible, y llena de claves muy útiles para explicar nuestra historia reciente.
 
No sé si por ironía o por esperanza genuina, el autor dedica el libro nada menos que al actual jefe de gobierno, deseando el cumplimiento de “sus enunciados de humildad, tolerancia, diálogo, respeto al discrepante, protección y salvaguardia del derecho de todos a la libertad de palabra y pensamiento y a la tan maltrecha libertad de prensa”. Por mi parte no soy muy optimista al respecto. Como indiqué, ni Rodríguez en los tiempos de la corrupción y los GAL levantó la voz, que se sepa, ni tampoco puede uno fiarse de sus promesas, empezando porque sugieren una falsedad: que antes de su presidencia no existían en España esas exigencias y virtudes democráticas mínimas. Previsiblemente las existentes con Aznar las echaremos crecientemente de menos, incluida la “maltrecha libertad de prensa”, uno de los puntos negros del PP, cuya política en este punto apenas puede calificarse de otro modo que como catastrófica para él mismo y, mucho más grave, para el sistema de libertades.
 
Ahora el PSOE, al lado de los nacionalistas, está empeñado en una “Segunda Transición”. La primera fue del franquismo a la democracia. Esta segunda ya no puede ser a la democracia. Todo indica lo contrario.

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