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Divagación para el día de difuntos

Así, casi todos los autoproclamados ateos depositan su fe en "el progreso", "el humanitarismo", "la ciencia", "la razón" o cualquier otro fetiche

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La razón presenta serias objeciones a los creyentes, pero no presenta menos, sino más incluso, a los ateos, aunque de éstas apenas se habla. Este mero hecho revela la insuficiencia de la razón para llegar a conclusiones precisas sobre esta inquietud propia de la condición humana, que puede sintetizarse en la necesidad psicológica, y al mismo tiempo la dificultad, de encontrar un sentido a la vida . Resulta muy difícil –por lo menos– encontrar un sentido a la vida al margen de Dios, pues la vida no parece ofrecernos un fundamento claro ni una finalidad para sí misma. Por lo tanto, quienes prescinden de un factor exterior y superior a ella, capaz de dotarla de significado, deben admitir el sinsentido de la vida, lo cual resulta insoportablemente angustioso. De ahí que haya, sospecho, muy pocas personas realmente ateas, y la mayoría de quienes se declaran tales simplemente han desplazado su fe hacia alguna otra creencia, como resumía Cherterton en su célebre frase: "quienes dejan de creer en Dios pasan a creer en cualquier cosa".
 
Así, casi todos los autoproclamados ateos depositan su fe en "el progreso", "el humanitarismo", "la ciencia", "la razón" o cualquier otro fetiche. Eso ocurre especialmente en países como España, donde el ateísmo no ha dado lugar a pensamiento ni aun a simple especulación de algún valor (por lo común no ha pasado de un anticlericalismo zafio y tosco en extremo). Los llamo fetiches no porque carezcan de valor o interés para la existencia humana, sino porque exigen fe en ellos y al mismo tiempo resultan sencillamente irrisorios como sustitutos de la divinidad.
 
No obstante, es bien sabido que creer tampoco resulta fácil. Quizá sea un don que no alcanza a todo el mundo, y muchos debamos contentarnos con la perplejidad y la inseguridad permanentes. Tampoco están claras las consecuencias prácticas de la fe, pues los terroristas islámicos, por ejemplo, demuestran tener mucha, y sin embargo sólo ellos mismos pueden creer en la bondad de sus actos.
 
La fe está relacionada con el hecho de la muerte –a veces se define como un triunfo sobre la muerte–, aunque no pueda limitarse a él, es decir, a la impresión causada en nuestra psique por el inevitable fin de la vida. Normalmente no pensamos en la muerte, pero ella está siempre presente en el trasfondo de nuestra mente, como una sombra más o menos oscura y alargada según épocas o momentos. La sensación de la muerte nos paralizaría, viene a decir Paul Diel, como el terror que paraliza a un animal presa de otro más fuerte, y por eso nuestra mente arbitra recursos para atenuar o escapar a dicha sensación. Basta ver la reacción frecuente en las reuniones tras los funerales, llegando fácilmente a la broma y la risa. La broma trivializa y desvía la dolorosa impresión del misterio, la aleja de nosotros y la hace más soportable.
 
Según Diel, el misterio se manifiesta en lo que está más allá de nuestra razón, y también en lo que es accesible a ella: el orden perceptible en el mundo y que permite su existencia, pero cuyo origen y finalidad se nos escapa.

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