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¿Dueños de nuestro destino?

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El título del maravilloso libro de Jan Valtin (R. Krebs) traducido al español como La noche quedó atrás, tomaba su título original del poema de W. E. Henley “Out of the night” (El poema inspiró también a T. McVeigh, el terrorista de extrema derecha ejecutado hace algún tiempo en Usa). Este Henley, "tullido atrabiliario" le llama Graham Greene, fue un escritor secundario, resentido y rencoroso, no precisamente un alma magnánima, pero su poema citado tiene cierta grandeza: "Pese a la noche tenebrosa que me envuelve, agradezco a los dioses, sean los que fueren, mi espíritu indómito. No importan la estrechez ni el castigo: soy el amo de mi destino y el capitán de mi alma", viene a decir, traducido un poco a lo bruto.

Se comprende que una declaración tan orgullosa, individualista y combativa resulte muy sugestiva para temperamentos rebeldes y atormentados. Valtin se refería a la "noche" de su experiencia como agente de la Comintern, preso de la Gestapo, y nuevamente agente comunista, de la que había logrado salir espiritualmente indemne.

Hoy, la consigna de dominar el destino toma formas colectivas. El pueblo tal, la sociedad cual, dicen los políticos, aspiran a hacerse "dueños de su destino" por medio de la autodeterminación o de lo que sea. Ahí, el individuo se diluye en una especie de masa amorfa aspirante a una felicidad y libertad vagas, donde la "oscuridad y la pena" solo son pesadumbre odiosa, y no una prueba en que se temple el ánimo. Esta concepción suele ir unida a una esperanza fofa en un mundo asimismo blando, regulado y seguro, de bienestar y progreso indefinidos. Obviamente, en ese ideal están muy de sobra los "espíritus indomables", pero la consigna es la misma.

La idea de dominar el destino, en un sentido u otro, resulta harto chocante –como la de ser "dueños del propio cuerpo", el cual ha nacido, existe y funciona sin molestarse lo más mínimo en pedirnos permiso. Nos vemos como algo necesario, y sin embargo cada uno es el producto del encuentro casual entre sus padres, y, después, de unas células seminales unidas tan azarosamente que dos hermanos pueden ser muy distintos física y mentalmente. También son azares irreductibles, pero de cruciales efectos, haber nacido en tal o cual medio social, en el campo o en la ciudad, en uno u otro país. En el crecimiento influyen de modo fundamental accidentes físicos o morales, como una enfermedad, caer en manos de un pederasta, el derrumbamiento anímico de un progenitor o el alcoholismo de alguno de ellos, el encuentro con tales o cuales profesores o amigos, lecturas, etc.. Y el campo del azar se extiende luego, abrumador, sobre la vida entera. A esto solemos llamar el destino: una fuerza que nos sobrepasa y cuyo posible sentido también sobrepasa nuestra capacidad de comprensión. ¿Cómo dominarlo?

Valtin cuenta que, estando preso, se negó a obedecer una orden de alejarse de sus guardianes, seguro de que éstos lo matarían a tiros. A cambio recibió una tremenda paliza, pero se salvó. ¿Atribuiremos el acierto de su decisión al destino o a su "espíritu indomable"? Por otra parte, ese acierto le permitió dejar después su testimonio, en lugar de perderse en el anonimato de la legión inmensa de las víctimas, y así su peripecia adquiere cierto significado para nosotros. Tendemos a relacionar el sentido de los actos ajenos con sus repercusiones en nosotros, y notamos enseguida la vanidad de esa pretensión, pero ¿con qué otra cosa relacionarlos?

Dentro del océano del azar, nuestra conciencia y voluntad parecen un frágil bote de remos. Somos libres de elegir uno u otro rumbo, decidir esto o lo otro, pero sólo de forma muy restringida podemos calcular las consecuencias de nuestras decisiones, ¡y sin embargo se nos exige, nos exigimos, responsabilidad por ellas! Si no, parece que la débil barca naufragaría. He aquí una dificultad, por así llamarla, de la vida humana.


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