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¿Educar para la corrupción?

En su anterior etapa de poder, el PSOE creó la generación del botellón, el fracaso escolar y la telebasura, fomentó con un permisivismo demagógico la droga y el alcoholismo, y trató de reducir la sexualidad a puterío

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Desde que Savater sucumbió a los encantos intelectuales del Gran Majadero de la Moncloa, ya son ganas, parece haber olvidado su antigua combatividad antiterrorista y antisabiniana e intensificado la anticatólica. Hace poco repasaba él, en El País, las viejas condenas eclesiásticas a los derechos del hombre en versión francesa. Muy bien. Pero la ecuanimidad obligaría a recordar también la ferocidad anticristiana de los revolucionarios franceses, el comienzo de los genocidios y terrorismos modernos bajo la bandera de una supuesta libertad, o cómo aquella revolución acunó los totalitarismos del siglo XX. El jacobino Savater podría preguntarse por qué fue así, o por qué la revolución useña, más respetuosa con la religión entre otras cosas, ha evitado tales atrocidades. Pero los jacobinos no pretenden ser ecuánimes. Les basta con poseer a la diosa Razón, en el peor sentido del verbo poseer.
 
Según él, los padres apenas tienen derecho a influir en la enseñanza de sus hijos, porque, cita de Claudio Magris: “en nombre del deseo de los padres de hacer estudiar a sus hijos en la escuela que se reclame de sus principios –religiosos, políticos y morales– surgirán escuelas inspiradas por variadas charlatanerías ocultistas que cada vez se difunden más, por sectas caprichosas e ideologías de cualquier tipo. Habrá quizá padres racistas, nazis o estalinistas que pretenderán educar a sus hijos –a nuestras expensas– en el culto de su Moloch o que pedirán que no se sienten junto a extranjeros...". Mezclar religión, ocultismo, nazismo y estalinismo recuerda a argumentos integristas: no se debe consentir la “charlatanería”.
 
La enseñanza, afirma Savater, “no es sólo un asunto que incumba al alumno y su familia, sino que tiene efectos públicos por muy privado que sea el centro en que se imparta”. Esta aparente obviedad sólo significa que la opinión de Savater debe prevalecer por ley, guste o no a las familias con cuyo dinero funciona la enseñanza pública. En el plano particular ya es más generoso: cada cual, en la intimidad familiar, “puede dar a sus vástagos la instrucción religiosa o ideológica que prefiera”. ¿Incluso instrucción racista, estalinista o nazi (derivaciones también de la Revolución francesa)? ¿Y si se forman millones de nazis o comunistas combinando la instrucción en el hogar con la propaganda pública de sus partidos? ¿Se debería –o se podría– impedir? ¿O quizá la ideología debería recluirse también en la intimidad? La cuestión, cree él, consiste en que el “contenido de interés público debe estar siempre asegurado y garantizado para todos. En esto consiste precisamente la laicidad.”. Interés público, naturalmente, según lo entienden el señor Savater y el partido hoy gobernante.
 
De este modo, la enseñanza de la religión debiera proscribirse, incluso en centros privados, y sustituirse por “la enseñanza de una moral cívica o formación ciudadana”. Cabe dudar de que la educación religiosa y la ciudadana sean incompatibles, pero en todo caso hay muy poco civismo en despreciar el criterio de las familias, pagadoras de la enseñanza. Así han obrado, precisamente, los totalitarismos nazi y comunista.
 
Por otra parte, ¿quiénes van a educar cívicamente a las generaciones jóvenes? ¿Están capacitados para ello quienes intentan imponer su criterio particular al respecto, es decir, los miembros del PSOE ? Savater no se lo pregunta, y yo me permito dudarlo. Se trata del partido que en los años 30 pretendió imponer su dictadura y organizó a conciencia la guerra civil, no habiendo manifestado hasta hoy la menor autocrítica al respecto. El partido que, cuando sus violencias y maquinaciones desembocaron en otra dictadura muy distinta, no le hicieron oposición cívica digna de reseña. El partido que, pese a abandonar el marxismo en los años 70, resultó el más corrupto del siglo XX, el que intentó pervertir el sistema democrático “enterrando a Montesquieu” o practicando el terrorismo de estado, el que atacó la libertad de expresión maniobrando para cerrar prensa y radio adversas, etc. El partido que, sin haberse regenerado en absoluto de la corrupción, ha fomentado la histeria y la violencia callejeras para llegar al poder, ha alcanzado éste gracias al peor atentado de la historia de España, ha beneficiado al terrorismo y echado por tierra la política antiterrorista del gobierno de Aznar, basada en la ley, y se ha amistado con las dictaduras más peligrosas para España, mientras intenta amordazar las opiniones discrepantes y se alía de hecho o de derecho con los separatistas y la ETA para hundir la Constitución. Son hechos, no opiniones, y a la vista de todos están. Pues bien, ¿qué clase de educación cívica cabe esperar de estos caballeros y señoras? La experiencia no le dice nada a Savater, pero difícilmente saldrá de ellos otra cosa que una educación para la corrupción y contra la libertad.
 
Lo cual, por lo demás, ya ocurre, aunque aspiran a intensificarlo. En su anterior etapa de poder, el PSOE creó la generación del botellón, el fracaso escolar y la telebasura, fomentó con un permisivismo demagógico la droga y el alcoholismo, y trató de reducir la sexualidad a puterío. Miles de jóvenes han muerto, o han enfermado o han quedado tarados o embrutecidos a resultas de la progresista educación impulsada por el PSOE, que el PP fue incapaz de cambiar. Y a nadie se le ocurre pedir cuentas a los responsables. Al contrario, aunque las consecuencias están a la vista, y no menos la conducta del partido de la “educación cívica”, ahí siguen pontificando e imponiendo su ideología mediante un uso espurio del poder y del erario.

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