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El armario y los salidos

Un diario de Extremadura titulaba a varias columnas: “Los homosexuales extremeños, tolerados pero invisibles”. ¡Qué bien!, me dije, como debe ser. Aunque lo de la tolerancia sobra cuando se trata de derechos. No del derecho a ser homosexual, claro, que eso no es asunto de leyes, sino el de no sufrir molestias o perjuicios por serlo. Sin embargo, el titular no quería mostrar satisfacción, sino denunciar una situación lamentable: que los homosexuales fueran discretos en lugar de exhibirse a diestro y siniestro como deberían, a juicio de los cantamañanas periodistas, quizá pertenecientes también a la “camarilla rosa”.

A la exhibición de la homosexualidad se le llama “salir del armario”. Recientemente “salieron” algunos personajes, como el ex ministro sociata Jerónimo Saavedra. La verdad es que la cosa no tendría por qué importarle más que a él y a sus “colegas”. Lo que sí nos importaría a los demás es, por ejemplo, si el ex ministro se ha dedicado a promocionar a buenos puestos en hospitales, o en la Administración, a gente cuyo mérito más destacado era ser amiguitos suyos, como se ha rumoreado insistentemente. Salir de ese “armario”, aclarando los hechos, sí tendría interés público. Por otra parte, su homosexualidad es cosa exclusivamente suya mientras sea privada, pero cuando él la convierte en pública y ostentosa, tendrá que admitir que opinemos quienes tenemos al respecto ideas distintas de las suyas y no tragamos la rueda de molino de que su peculiaridad es una “opción” tan aceptable como la sexualidad normal.

Pero, lejos de ello, pretenden cerrar la boca a los demás, con acusaciones de “homofobia” y verdadero chantaje, amenazando incluso a los homosexuales discretos con ponerlos en la picota si no siguen su ejemplo de “salir del armario”. Con motivo de cosas parecidas patrocinadas por Ruiz Gallardón para la enseñanza de los niños, me comentaba un taxista: “¡Ya ve usted, los maricones nos quieren educar y quieren educar a los chicos!” Pues no.

La sexualidad debería ser un asunto personal y particular, porque afecta a la intimidad. Tradicionalmente venía protegida por el sentimiento del pudor, pero en la sociedad actual ocurre todo lo contrario. El pudor se ha convertido en un tabú, y el exhibicionismo se extiende desde las calles, de aspecto prostibulario gracias a la proliferación de anuncios llamados eróticos, hasta el interior de los hogares, donde la televisión de Guerra y Calviño introdujo el ambiente del burdel, en su afán por “dejar España que no la reconozca ni la madre que la parió” (y desde entonces la cosa ha ido a peor). No es difícil ver por qué ocurre esto: la explotación del sexo, lo que tradicionalmente se llamaba puterío, se ha convertido en un negocio gigantesco, uno de los que mueven más dinero, desde la prostitución pura y simple al turismo sexual, pasando por todo tipo de espectáculos, publicidad, prensa del corazón, publicaciones para adolescentes, etc.

En la exhibición homosexual interviene el negocio, por supuesto, pero también otro sentimiento más turbio: la necesidad de muchos, que no asumen su tara, por verla lo más extendida y abierta posible: mal de muchos, consuelo de tontos.