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El cocinero de Caranza

Ya entiendo que en un periódico tan serio estas divagaciones frívolas encajan mal, pero estamos en verano y deben perdonarse, me atrevo a pensar.

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La memoria, mil veces se ha dicho, engaña. Nuestros deseos y vanidades la afectan mucho, pero también debe admitirse que no engaña a todos por igual. Aún así, la edad suele debilitarla y volverla fragmentaria. De pronto una canción, una cara, un olor, nos devuelve con intensidad escenas o sucesos perdidos en la bruma de la mente. A un servidor –supongo que a casi todo el mundo, según va pasando de la madurez–, esto le ocurre cada vez más, y le asalta el temor de que los recuerdos se pierdan o confundan más de la cuenta.
 
Un ejemplo: hace poco comí con la familia y algunos amigos una buena paella en un restaurante acreditado. Al comentar su calidad me vino a la cabeza la mejor paella que recuerdo haber cenado: en la prisión naval de Caranza, Ferrol, en Nochebuena, o quizá Nochevieja, de 1971. “Será porque comíais mal, y por eso te pareció tan buena”, comentó mi mujer. No, en aquella cárcel comíamos muy bien, porque el comandante al cargo empleaba en la comida todo el dinero adjudicado a ella, sin sisar como hacían en otros establecimientos militares. Y porque el cocinero era excelente en su oficio (también lo era el del cuartel del Tercio Norte). Un almuerzo frecuente se componía de un primero de caldo gallego (delicioso cuando está bien preparado) y un segundo de paella; pero con motivo de aquellas fiestas el artista se esmeró en la cantidad y en la calidad, con mucho marisco y el arroz en su punto perfecto, ni duro ni blando, suelto, sin apelmazamiento alguno. Nunca vi al cocinero que tan bien nos trataba, pues no entrábamos en la cocina. Desde aquí, si vive, mi recuerdo agradecido. Al lado del comedor y enfrente de la cocina había un patio donde veíamos correr a veces, desde las ventanas enrejadas, unas ratas “grandes como gatos”. Debían de comer a gusto.
 
No todo transcurrió a pedir de boca. También por ser fiesta, los boqueras o celadores hicieron la vista gorda y dejaron pasar alcohol, una garrafa de coñá, y la cosa estuvo a punto de terminar mal. Los ánimos se exaltaron y al final entraron los celadores con porras y nos chaparon en las celdas. Sin embargo no recuerdo ningún detalle concreto del incidente, sólo que al día siguiente uno de los presos insultaba a otros: “¿Quiénes han tenido aquí los cojones de plantarles cara? ¿Eh? Sólo nosotros cuatro”. Me incluía entre los cuatro, aunque no tengo ahora ni idea de lo que pasó realmente. Pelea no llegó a haber, aunque debió de estar muy cerca.
 
Y en esto caigo en que la cosa tuvo que ser en Nochebuena, porque en Nochevieja nos dejaron ver por televisión la despedida de año en la Puerta del Sol. En general, los presos nos llevábamos bien, y hubo promesas –incumplidas, supongo– de que quien estuviese libre la siguiente Nochevieja, y en Madrid, pondría ante las cámaras una pancarta con dedicatoria a los “internos” de Caranza. Yo estaba libre, porque los buenos deseos del juez instructor de encerrarme cinco años quedaron al final en tres meses de arresto, por falta de pruebas, como he relatado en De un tiempo y de un país. Por supuesto, no fui a la Puerta del Sol.
 
Las tensiones en las cárceles se disparan cuando hay demasiada gente, esa es la mayor incomodidad, y nos llevábamos pasablemente bien, digo, sobre todo porque éramos pocos, quizá unos veinte. Un preso que había trabajado en Francia tenía una casete con cintas, y solía ponerlas en las horas de patio. Una de ellas tenía música de spaghetti westerns, que ya relaciono para siempre con aquellas escenas. Otra, canciones de Jacques Brel, nada populares entre los poco refinados oyentes. Cuando decía –no muy convencido– que me gustaban, me miraban con sospecha: “¡Venga ya, cómo te va a gustar eso! ¡Te estás quedando con nosotros!”. Una tercera, canciones rusas excelentes, en especial Cochero, no apresures los caballos, Dos guitarras, y otra mejor aún, cuyo título nunca supe. Varios presos, “pájaros de talego”, conocían por dentro buen número de cárceles en España y hasta en Francia. Las historias de algunos eran interesantes, y me gustaría poder contarlas, pero el tiempo ha ido borrando y confundiendo los detalles en mi memoria, como decía al principio. Debiera haberlas escrito entonces, pero tenía otras ocupaciones.
 
Al poco de salir yo de Caranza entraron los dirigentes de Comisiones Obreras que habían comenzado las grandes huelgas del 72 en Ferrol, las cuales se les fueron de las manos. Hubo dos obreros muertos y varios heridos de bala, y lo más parecido a una huelga insurreccional que se produjo en el franquismo. Las tropas fueron acuarteladas, y varios barcos de guerra patrullaban por la noche, iluminando la ciudad con sus focos.
 
Me han dicho que la prisión ya no lo es, pues ha sido transformada en centro cultural o algo por el estilo (no porque haya hoy menos delincuencia o menos presos que entonces, desde luego, pero esa es otra cuestión). Quienes utilicen el centro apenas podrán imaginar estas viejas historias. Y a quienes vivimos algunas de ellas se nos han ido en gran parte de la cabeza. ¿Adónde habrán ido a parar?
 
Ya entiendo que en un periódico tan serio estas divagaciones frívolas encajan mal, pero estamos en verano y deben perdonarse, me atrevo a pensar.

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