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El embrutecimiento del varón

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Un anuncio de la televisión presenta a un padre “progre” educando –es un decir– a un hijo obligándolo a jugar con muñecas, a fin de hacer de él un hombrecito sensible, pacífico y todo eso, mientras a la niña la hace jugar al fútbol para que supere las ancestrales tendencias alienantes que la esclavizan al hogar. La niña resulta una marimacho, y el niño, aparentemente, un poco mariquita. Pero enseguida vemos a éste cortando las cabezas de las muñecas para usarlas como balones.

El anuncio da en el clavo en varios sentidos: los papeles y actitudes de mujeres y varones no son fácilmente intercambiables, forzarlos demasiado tiene un alto coste emocional, y las tendencias naturales, no educadas convenientemente, tienden a reaparecer en formas groseras o grotescas. La conducta del niño pateando las muñecas tiene algo de triunfo de un instinto deformado, falto de carácter. Por lo demás, la conducta de los jóvenes educados –es un decir– en los valores de igualdad de sexos, pacifismo, solidaridad etc., entendidos a la manera peculiar sociata-progre, se revela cada vez más brutal, como demuestran las cifras de delincuencia y agresividad juvenil, o el consumo de drogas, alcohol, etc. O los meros atuendos y actitudes cotidianas.

Un cantamañanas escribió un libro de mucho éxito, El florido pensil creo que se llamaba, donde, en plan de chunga, repasaba las orientaciones educativas de la España de los años cincuenta. Un objetivo de la escuela de entonces era formar “caballeros cristianos”, fomentando las cualidades de esfuerzo, templanza, valor, sentido de la justicia, etc.; es decir, encauzando tendencias del varón que, descuidadas, suelen decaer en agresividad brutal. A la vista de la gran cantidad de cantamañanas salidos de aquella escuela, salta a la vista que el objetivo sólo fue logrado muy parcialmente, y seguramente el éxito nunca será muy grande, aunque los métodos mejoren. Pero incluso así, aquellos valores son auténticos, y siempre serán superiores a la mezcolanza contradictoria hoy predominante, cuyos malos efectos palpamos a diario.

Otra muestra del embrutecimiento del varón –también de la mujer, en su terreno– la encontramos en la creciente violencia doméstica, con cifras espeluznantes de crímenes que son sólo la cima del iceberg de una degradación extendidísima. Ante ello, una señora sociata, candidata, creo, a la alcaldía de Madrid (incidentalmente, la carrera por la alcaldía se produce entre dos candidaturas sociatas, pues la de Gallardón viene a serlo también), propone intensificar todavía más eso de la “educación en la igualdad”. Todos los utópicos atribuyen el fracaso de sus recetas a que éstas no son aplicadas con suficiente intensidad. La experiencia, con ellos, nunca sirve de nada.

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