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El error de los moderados

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En el siglo XX, y durante las épocas de libertades, en el PSOE se han impuesto las posturas más radicales y perjudiciales para España. En cambio, el partido se volvía moderado en las épocas de dictadura, traídas en gran medida por la previa demagogia socialista, casi siempre aliada o en concomitancia con la nacionalista. Así, en 1917 el PSOE —y los nacionalistas catalanes, los republicanos, anarquistas y otros— se lanzaron a la destrucción violenta del régimen liberal. Fallida la revuelta, los vencidos utilizaron la amnistía y las facilidades otorgadas por el régimen para seguir atacando a éste sin misericordia, hasta llevarlo al colapso, es decir, a la dictadura de Primo de Rivera. Entonces, el PSOE moderó su lenguaje y acción, y colaboró abiertamente con Primo, mientras sus compañeros de aventuras revolucionarias guardaban una pasividad casi completa.

Finada la Dictadura, lo primero en que piensan los nacionalistas catalanes, los republicanos y finalmente el PSOE, empujado por Prieto, es imponer la república mediante un pronunciamiento militar. Y al llegar, inesperadamente, la república, el partido volvió a radicalizarse y preparó a conciencia la guerra civil — literalmente—, como la vía para alcanzar sus fines marxistas. Y lo hizo otra vez con el acuerdo de los nacionalistas catalanes de izquierda y en parte de los vascos de derecha, siempre atentos a disgregar y destruir España. La aventura, es sabido, terminó muy mal, y durante la dictadura de Franco, el PSOE tornó a moderarse, incluso en exceso: su resistencia al franquismo, en el interior —como la del PNV o los nacionalistas catalanes— resultó casi nula, y en el exterior, ya en los años 40, llegó a aceptar ¡la vuelta a la monarquía!

En las épocas de libertades hubo, con todo, una tendencia socialista moderada y democrática, y atenta a los intereses de España, pero siempre esa tendencia claudicó ante sus contrarias. En 1933-34, Besteiro se puso a la defensiva, y en nombre de la disciplina de partido, que los otros rebasaban cuando les interesaba, se plegó a los extremistas. Lo mismo ocurrió tras el fracaso de la revuelta de octubre. La consecuencia de esta poca combatividad, respeto excesivo a formalismos, y actitud defensiva, fue, en definitiva, la guerra del 36.

Viene esta experiencia histórica a cuento de la actitud de Redondo. Él tiene completa razón en su defensa de la democracia y la libertad contra el terror y sus cómplices separatistas, mientras los Zapatero, Jáuregui González y Cebrián —que parece el verdadero capo del grupo— representan el acuerdo con los liberticidas y destructores de la unidad de España. Pero los defensores de la libertad se han colocado, como Besteiro, a la defensiva, se han dejado rebasar y atar por escrúpulos que los otros no tienen. El resultado puede ser, una vez más, nefasto para el país entero. Antaño se decía que la democracia en Inglaterra perduraba porque allí las personas honradas no tenían menos redaños que los delincuentes. En España, y en el PSOE sobre todo, nunca ha sido así. El peligro es cierto y nadie debería tomarlo a la ligera.

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