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El jacobino Savater

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Savater, que tantas cosas sensatas ha dicho sobre el nacionalismo vasco, acaba de escribir que contra la pretensión de incluir la asignatura de religión en la enseñanza basta como “argumento decisivo, la propia insistencia de la Iglesia católica en conseguirlo a toda costa”. ¿A toda costa? ¿A tiros, por ejemplo? La Iglesia defiende su interés dentro de la ley, como salta a la vista ¿A qué viene ese “a toda costa”? Viene, en el viejo estilo jacobino, a dramatizar una cosa perfectamente normal.

En realidad, Savater opina que no debe concederse nada a la Iglesia, lo pida ésta a toda cosa o a poca costa, pues se trata del “culto religioso que con mayor frecuencia ha colisionado con los intentos de democratizar este país”. La expresión es cómica, además de falsa. El catolicismo ha sido y sigue siendo la religión enormemente mayoritaria de España, de modo que si alguna podía colisionar con los intentos democratizadores de los últimos dos siglos sólo podía ser ella. Ahora bien, ¿ha existido esa colisión? Savater repite como dogma de fe una de las falacias más burdas del burdo anticlericalismo español, cuya altura intelectual nunca ha rebasado el panfleto, y ahí sigue. Los que él llama intentos democratizadores en España no fracasaron en ningún caso por la oposición de la Iglesia, sino por su propio carácter convulsivo, su vacío intelectual y su afán persecutorio y poco democrático contra las creencias de la vasta mayoría del pueblo. Aun si los supuestos demócratas tuvieran alguna razón en oponerse a esas creencias, la brutalidad, torpeza y a menudo el crimen, que emplearon en su oposición, bastaría para descalificarlos. Un rasgo del republicanismo de izquierdas que desesperaba al propio Azaña era su muy notable estupidez.

Pues fueron los jacobinos quienes iniciaron las persecuciones religiosas, con “argumentos” como el de que los frailes envenenaban las aguas, a fin de empujar al lumpen (“el pueblo”, le llamaban) a asesinarlos en masa. El mismo tipo de “argumentos” se utilizó durante la república y la guerra civil para matanzas acompañadas de quema de iglesias, bibliotecas, centros de enseñanza, destrucción o robo de valiosísimas obras de arte, etc.

Y hablando de esto, y contra lo que repite Savater crédulamente, es perfectamente cierta la expresión de la Carta colectiva de los obispos, de junio de 1937: “La Iglesia no ha querido esta guerra ni la buscó”. Muy al contrario, fue incluso su actitud excesivamente conciliadora la que llevó a diversas fuerzas de la izquierda –que sí querían la guerra, como lo expresan en sus documentos– a dar por segura la victoria definitiva sobre la “reacción”. A esta conclusión he llegado, no sin bastante sorpresa, después de años buscando en los archivos, la prensa, etc.

No entro en la ensalada que aliña el articulista con Hochhuth, Pío XII y su supuesta colaboración con el nazismo, los nacionalismos vasco o catalán, o el derecho del episcopado a contratar a los profesores de religión. El hecho real es que, pese a la evidente descristianización social, una gran mayoría de padres ha pedido para sus hijos la enseñanza religiosa. Esos padres tienen perfecto derecho a que sus hijos la reciban, como los de otras religiones o los ateos tienen derecho a lo suyo. El cristianismo, le guste a Savater o no, está en las raíces y en todas las manifestaciones de la cultura española, y renunciar a su conocimiento es uno de los métodos más eficaces de demoler esa cultura. De manera no muy franca, él dice compartir la conveniencia de “conocer la simbología religiosa y sus referentes icónicos, tan presentes en nuestro arte y nuestras tradiciones”, para a continuación trivializar la idea abogando por hacer lo mismo con “otras muchas creencias”, entre las cuales cita el mahometismo, el paganismo, el islamismo, el protestantismo y el judaísmo, como si ellas tuvieran el mismo peso o la misma vitalidad actual en España. Y añade, para redondear, la conveniencia de estudiar “las luchas emancipadoras de los incrédulos contra ellas”.

Bien, en lo último estoy de acuerdo. Para ello podemos empezar por el mismo artículo de Savater: ¿qué “emancipación” puede esperarse de un texto tan ilógico y falso desde el punto de vista histórico? Pues me temo que así han sido en el pasado: mucha más intriga y persecución que lucha, y mucha más convulsión que emancipación.

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