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El lugar de la represión

Hace años las izquierdas que se sienten herederas del Frente Popular propugnaban revisar los juicios franquistas, designio sumamente embarazoso para quienes aspiraban a presentar a los reos como inocentes demócratas; optaron al final por anularlos sin más

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Varios amigos me han criticado la atención, a su ver insuficiente, que dedico en Años de hierro a la represión franquista. Crítica poco fundada, a mi juicio, pues le dedico un capítulo especial para exponer sus criterios y cifras aproximadas, y la examino a lo largo del libro: ejecuciones de Companys, Zugazagoitia, Quiñones, Trece Rosas, caso Besteiro, evolución del número de presos y de los indultos año tras año, etc.

Quizá haya que empezar por decir que la palabra "represión" es poco adecuada, ya que fue muy escasa la resistencia al franquismo y por tanto la represión en aquellos años. Se trató, más bien, del castigo por las atrocidades del Frente Popular durante la guerra (los vencedores no suelen juzgar sus propios crímenes). Duro castigo, con frecuentes rasgos de venganza, que hizo caer a inocentes al lado de asesinos brutales. La represión en sentido estricto se dirigió sobre todo contra los intentos comunistas de reorganizarse y reiniciar la guerra civil, y volvería a crecer desde 1944, cuando por fin el PCE pudo poner en marcha sus guerrillas.

Este castigo-venganza plantea diversos problemas básicos que he tratado en el libro:

  1. ¿A qué consideraciones y mentalidad respondió? Por extraño que suene, esta cuestión apenas aparece los estudios corrientes. Los libros de izquierda dan por sentado, un tanto puerilmente, que los fusilamientos respondían a la maldad intrínseca del "fascismo", y llegan a equipararlos al Holocausto, con tanta mala fe como obtusidad. Los estudios de derecha tampoco suelen abordar debidamente el asunto, limitándose a lamentar o justificar, y cuantificar los hechos (eso sí, con espíritu más veraz que las izquierdas).

  2. ¿Qué proporción guarda ese castigo-venganza con los que siguieron a otras guerras civiles en Europa? También suele tratarse el caso de España como único y aislado, cuando el fenómeno se hizo muy común en las guerras civiles que acompañaron la mundial, y no ha cesado de extenderse en las guerras posteriores. Interesa, sobre todo, el castigo-venganza practicado en Francia y en Italia. A veces se ha hecho la comparación recurriendo a la proporción entre el número de ejecutados o asesinados y el total de los habitantes de los respectivos países, lo cual daría una dureza muy superior para España. Sin embargo, he mostrado cómo la comparación no debe establecerse en esos términos, sino en los de la duración y la violencia de las respectivas contiendas civiles, lo cual cambia mucho la perspectiva. Hay otra diferencia cualitativa, pues en esos países el castigo se ejerció fundamentalmente por medio del asesinato, con pocas ejecuciones judiciales, exactamente lo contrario de lo ocurrido en España. Diferencia crucial, casi nunca es aludida en los libros y artículos al respecto.

  3. Cuestión implícita, aunque marginal al libro, sería la proporción entre inocentes y culpables represaliados. Aclararla exigiría un estudio de los procesos, labor abrumadora y llena de dificultades jurídico-morales. Hace unos años las izquierdas que se sienten herederas del Frente Popular propugnaban revisar los juicios franquistas, designio sumamente embarazoso para quienes aspiraban a presentar a los reos como inocentes demócratas; de modo que al final optaron por anularlos sin más, dignificando como "víctimas" a todos, asesinos e inocentes, y a los posteriores etarras, héroes del tiro en la nuca. Lo cual define inmejorablemente la catadura moral e intelectual del Gobierno y sus memoriantes.

  4. Aspecto derivado y tampoco abordado en casi ningún estudio es el de la responsabilidad de los jefes del Frente Popular al abandonar a merced del vencedor, sin previsión alguna, a miles de izquierdistas comprometidos en el terror contra las derechas (y en el terror entre las mismas izquierdas). Y no porque tales jefes no fueran previsores, muy al contrario. Pero emplearon toda su notable capacidad previsora en llevarse inmensos tesoros saqueados al patrimonio histórico y artístico español, a la Iglesia y a los ciudadanos, incluidos los más pobres. Sin tocar este punto mal se entenderá la llamada represión, y no obstante, una vez más, rara vez lo mencionan otros estudios.

  5. En relación con lo anterior debe considerarse otro dato: la actitud de los presos y sus familias. Con frecuencia se nos presenta a éstos sumidos en el resentimiento y fieles a las ideas y partidos de la guerra, pero ello solo ocurrió con una minoría. Quienes se habían visto abandonados por sus líderes difícilmente mantendrían su adhesión anterior, y la gente común, que había contemplado las peleas y asesinatos entre los partidos del Frente Popular, los expolios y destrucciones inútiles, etc., no podía guardar, ni guardaba, nostalgia por la situación anterior. La mayoría procuró adaptarse al franquismo, como habían de comprobar los maquis en la escasa colaboración popular que obtuvieron, causa principal de su derrota (y con ella de una eventual nueva guerra civil). Casi todos los estudios ofrecen una idea muy equivocada sobre este apartado.

Basten estas consideraciones (podría hacer más) para sostener –perdóneseme la inmodestia– que mi libro enfoca el fenómeno de modo más completo y objetivo que la gran masa de los estudios producidos hasta la fecha, aun si, lógicamente, no iguala en muchos detalles a las monografías consagradas específicamente al tema. ¿A qué atribuir entonces las críticas mencionadas al principio? Sospecho que a la impresión creada por las historias propagandísticas de la izquierda, las cuales pretenden concentrar en la represión toda la realidad de aquel tiempo, o hacer de ella su eje expositivo. Algo inaceptable si queremos obtener una visión seria y no propagandística de la época.

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