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El poder de la mentira

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Resulta fascinante la exhibición del poder que la mentira más cruda tiene en ocasiones en el destino de los pueblos, cuando cala en las multitudes a través de una agitación incesante y técnicamente bien orientada. Contemplando la manifestación de Madrid contra la guerra en Irak, recordaba otra campaña de tremenda intensidad que llevó a la guerra civil en 1936. Me refiero a la campaña sobre la represión de Asturias, inventada o exagerada en grados fantásticos, pero con un tremendo impacto popular, capaz de crear entre las masas el ambiente de odio necesario para el enfrentamiento fratricida.

Como se recordará, los socialistas prepararon su insurrección de octubre de 1934 como una guerra civil –textualmente–, pero sus llamamientos bélicos, como los de los nacionalistas catalanes, fueron desoídos, salvo en parte de Asturias, por una población todavía no “preparada”. En 1936, el ambiente popular había cambiado, pasando de la mera crispación a la furia homicida que hizo posible la reanudación y prolongación de la contienda durante tres años, y en la formación de ese ambiente tuvo importancia decisiva aquella campaña.

También en la campaña actual supuestamente contra la guerra está presente la mentira en un grado asombroso, como puso de relieve el manifiesto leído por Almodóvar, Leonor Waitling y Fernando Fernán Gómez (toda una actuación). El manifiesto tenía la clásica factura soviética: denuncia de la “agresión del imperialismo norteamericano contra el pueblo de Irak”, y “contra la autodeterminación de los pueblos” en general, incluyendo “experiencias democráticas” como la de Chávez en Venezuela. Al igual que en la época soviética, se presentan, implícita o explícitamente, como héroes y representantes de los pueblos a los déspotas que los someten a las peores vesanias. ¡Ni una palabra, ni una alusión a los genocidios y las brutalidades con que Sadam mantiene su dominio! Toda la culpa de las desdichas irakíes recae sobre los useños y, en definitiva, sobre la democracia. Porque estos manipuladores son los mismos que antes de la caída del muro de Berlín, defendían o simpatizaban con todos los totalitarismos de izquierda, y agitaban a favor de “los pueblos”, de “la paz”, de “la autodeterminación” y hasta de la libertad Desmoralizados durante unos años, ahora vuelven a la carga.

Por mi parte, soy partidario de la neutralidad de España, ya lo explicaré en otra ocasión; y no sé muy bien si esta guerra está justificada, pero en todo caso los irakíes no perderán nada librándose de un dictador megalómano, ni los occidentales asegurando mejor una zona de un valor estratégico y económico clave, si la guerra resultara rápida y decisiva. También es probable que resulte mucho menos cruenta que tantas otras llevadas a cabo por “movimientos de liberación” en todo el llamado tercer mundo, y contra las cuales nunca se ha visto protestar a farsantes como los del manifiesto. ¿Y qué dirían si la guerra fuese contra alguien parecido a Pinochet? ¡Habría que oírlos jaleándola! Pero Sadam es un enemigo de Occidente, y por tanto debe ser apoyado, no directamente, claro está, sino bajo la bandera de la paz, que arrastra y engaña a mucha más gente. Aun con mis dudas, jamás podría secundar esta ceremonia de la confusión, seguramente porque la conozco a fondo y sé lo que significan esas bellas palabras de “paz”, “pueblo” etc., en boca de los manipuladores.

¿Por qué tantas personas caen en la trampa? Creo que no se debe tanto a la habilidad de los industriales de la mentira como a la bellaquería del PP, que, con todos sus medios de información, ha sido incapaz de aclarar unas cuantas ideas básicas a la gente. En los últimos años hemos asistido a una verdadera rendición ideológica por su parte, volcado ese triste partido en un programa pesetero y falto de altura intelectual, entregando los medios culturales y las subvenciones a la izquierda más falsaria, la que era prosoviética hace unos años y ahora es pro Sadam, tratando de competir con ella en imagen “progre” y en la condena a sus propios padres y a su propio pasado. Ha creído que todo en la política es cuestión de pesetas, o de euros, y hasta un demagogo tan vacuo como Zapatero le está zarandeando. Se lo merece. Pero España, no, y por eso todo lo que se haga contra la marea del embuste será poco.

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