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El prejuicio antifranquista

Andan a la caza de documentos y detalles que "demuestren" la decisión de Franco de participar en la contienda, y uno casi puede sentir el suspiro de fastidio y decepción de esos historiadores ante el hecho inadmisible de que... ¡no entró! ¡Será posible!

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Tusell, por seguir con él, se decía historiador "científico", y su ciencia le llevó, entre otras cosas, a profetizar una larga pervivencia de los regímenes del este europeo... muy poco antes de que los mismos se fueran a pique. Su postura cristiana, ya lo indiqué, no le impedía, como a muchos otros, simpatizar, a veces vivamente, con los marxistas y los divulgadores del marxismo, hacia los cuales propugnaba un cálido diálogo, un poco al modo de otros diálogos que hemos conocido en estos años últimos. Tendencia muy fuerte en la Iglesia desde los años 60, que fortaleció durante años al marxismo, hasta que éste finó, víctima de sus "contradicciones internas", por utilizar su viejo lenguaje, dejando un tanto descolocados a los dialogantes.

Naturalmente –o no–, esa disposición tolerante se volvía intolerancia radical hacia el franquismo, el cual había salvado a la Iglesia literalmente del exterminio programado por el otro lado dialogante. Lo he ejemplificado en la actitud de Tusell hacia Tuñón de Lara y Ricardo de la Cierva. Tusell llevaba muy a gala su historial antifranquista, y la Wikipedia lo presenta, sin duda por un simpatizante suyo, de este modo: "En su etapa de estudiante universitario militó en la Unión de Estudiantes Demócratas y en la Unión de Jóvenes Demócratas Cristianos, por lo que se le abrió un expediente académico en 1965 (posteriormente cerrado), colaborando además en la supresión del SEU (Sindicato de Estudiantes Universitarios, organización franquista en la que debían encuadrarse los estudiantes universitarios)". No debieron de ser muy arriesgadas sus acciones en pro de la democracia y contra el franquismo, pues este no se cebó en él; y por lo demás la destrucción del SEU fue programada por los comunistas, que intentaron sustituirlo por un llamado "Sindicato Democrático", manejado de arriba abajo por el PCE, modelo de partido de libertades.

Sigue la Wikipedia: "Tras doctorarse y especializarse en Historia Contemporánea, se dedicó a la docencia desde 1966. Fue profesor ayudante en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense. En 1975 logra, por oposición, la plaza de agregado de Historia Contemporánea Universal y de España de la Universidad Autónoma de Barcelona". Desarrolla, pues, su actividad como funcionario de la administración franquista, que, por lo visto, no le quiso considerar enemigo, evidencia olvidada por la Wikipedia. "Atraído por la política, ingresó en 1974 en la Federación Popular Democrática, formación de carácter democristiano que lideraba José María Gil Robles (la FPD estaba integrada en el Equipo de la Democracia Cristiana de España, junto con el Partido Nacionalista Vasco, la Unión Democrática de Cataluña y la Izquierda Democrática de Joaquín Ruiz-Giménez)". Más "demócratas". Tusell mostró cálidos sentimientos hacia el racista y separatista PNV, que tanto espíritu democrático transmitió a los democristianos españoles, según afirma en algún sitio. Esos grupos tampoco hacían ascos a la colaboración con los comunistas (por la "democracia", ya se entiende), y Cuadernos para el diálogo, del sector de Ruiz Giménez, publicó los ataques más brutales a Solzhenitsin cuando este osó decir algunas verdades sobre la Unión Soviética y el franquismo.

Estas actitudes repercuten en la labor historiográfica. Tusell fue un historiador minucioso y trabajador, y consultó numerosos archivos, cosa no muy frecuente en España, pero necesitaba exhibir su antifranquismo, y ello le llevó a omitir o desfigurar cuanto pudiera poner en duda que Franco era el villano del drama, o a disfrazar de méritos algunos delitos enormes del Frente Popular. Participaba así en la confección de las "groseras caricaturas de Franco", como dijo Churchill. De este modo, el general que se había distinguido en Marruecos, creado en gran medida la única unidad militar española eficaz, dirigido y prestigiado la Academia de Zaragoza, orientado la lucha victoriosa contra la revolución en el 34 y ganado prácticamente todas sus batallas desde el 36 al 39, y también la guerra, impidiendo su enlace con la contienda mundial, buscado por las izquierdas, el general que había derrotado luego al maquis y la posibilidad de otra guerra civil... ¡era un militar mediocre e inepto! Tontería de marca mayor sostenida por una amplísima literatura seudohistoriográfica, que con ella queda retratada y calificada.

El prejuicio antifranquista, acentuado en Tusell por cuanto su cristianismo podría originar en las izquierdas sospechas de identificación con el régimen o de tibieza, le impide percibir que en los años 30 se planteó a España un desafío histórico del máximo nivel, que afectaba al ser o no ser de la nación: un abierto y sangriento proceso revolucionario acompañado de tendencias disgregadoras. Casualmente fue ante todo Franco quien supo responder a él y vencerlo. Si Tusell no estuviese cegado por su complaciente diálogo con los comunistas, habría percibido esta evidencia y enfocado desde ella sus análisis. Pero al partir de un enfoque opuesto se ve forzado, como los historiadores marxistas, a pasar por alto datos cruciales y retorcer hasta lo inverosímil sus razonamientos.

Así ocurre también en cuanto a la época de los años 40. Por entonces se plantea a España un nuevo reto, de envergadura no menor que el de los años 30: el de la guerra mundial, que llega a rodear a España por los cuatro costados, con un tremendo poder de arrastre combinado con un impulso hacia ella desde el interior. La Falange y parte de los militares y de otras familias franquistas deseaban la beligerancia, mientras otros sectores, militares y monárquicos, aunque contrarios a ella, podían muy bien precipitarla con sus toscas intrigas. También querían la guerra y maniobraban en pro de ella, por supuesto, los exiliados y comunistas. De entrar o no, iba a depender una segunda tanda de destrucciones y muertes multiplicadas, acompañadas de una nueva guerra civil y de enormes complicaciones para el bando aliado, o bien la paz. Y, por segunda vez, si a alguien se debió en primer lugar la respuesta adecuada al desafío histórico –con todas sus dudas, tentaciones y cambios de línea– fue al entonces jefe del Estado. Pero Tusell y tantos más dan a entender lo contrario: andan a la caza de documentos y detalles que "demuestren" la decisión de Franco de participar en la contienda, y uno casi puede sentir el suspiro de fastidio y decepción de esos historiadores ante el hecho inadmisible de que... ¡no entró! ¡Será posible!

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