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El respeto a la ley

La "solución política" significó para la ETA la seguridad de que antes o después la democracia se rebajaría a negociar sus exigencias. Sólo necesitaba seguir asesinando hasta que los endebles políticos se sintieran incapaces de soportar el desgaste.

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¿Por qué los países anglosajones han resultado, en general, más estables, o mucho menos convulsos, que los del continente europeo o los latinoamericanos? No erraríamos mucho remitiéndonos a un principio: el respeto a la ley. No vamos a ser ilusos y creer que allí todo el monte es orégano; probablemente los anglosajones manipulan o burlan la ley casi tanto como nosotros; pero, con todo, persiste una diferencia, y esa diferencia basta para determinar una historia también distinta.

Somos poco conscientes del enorme paso histórico que supuso la Constitución de 1978. De las muchas constituciones españolas, es la única nacida de un consenso muy amplio, y por ello supuso la reconciliación de las diversas "Españas" que desde la Guerra de Independencia no lograban avenirse. Con sus evidentes defectos, susceptibles de corrección, garantizaba la unidad y las libertades de los españoles. Sólo grupos menores, la ETA, el PNV y otros separatistas, se opusieron entonces a la reconciliación y a la democracia, y por ello parecían condenados a la marginalidad.

Sin embargo ha ocurrido lo opuesto, y hoy se sienten todos ellos insolentemente triunfadores. El polvo que ha traído este lodo ha sido la tradición de picaresca, cobardía e incumplimiento de la ley, que desde el principio contaminó, en cierto grado, a los mismos partidos que habían traído o facilitado la democracia. El grupo Prisa –tan ligado a lo peor del franquismo, tan antifranquista... después de Franco–-, predicó la "solución política", única posible, aseguraba, para el problema terrorista. Es decir, una "solución" a espaldas de la ley, vulnerando el Estado de Derecho y legalizando el asesinato como instrumento político. Este enfoque se impuso porque dicho grupo mediático se autoatribuyó el papel de oráculo de la democracia e, inexplicablemente, o quizá no tan inexplicablemente, le fue reconocido ese papel por los sucesivos gobiernos. Sólo muy a última hora cambió la orientación con Aznar, Mayor Oreja y sus demás ministros de Interior; y, como muy bien percibieron los cómplices políticos de la ETA –directamente el PNV e indirectamente CiU y compañía–, la aplicación de la ley a los terroristas terminaría afectándoles también a ellos. De ahí su alboroto.

La "solución política" significó para la ETA la seguridad de que antes o después la democracia se rebajaría a negociar sus exigencias. Sólo necesitaba seguir asesinando hasta que los endebles políticos se sintieran incapaces de soportar el desgaste. Así de simple. De paso, la expectativa de semejante "solución" fomentó una carrera entre diversos partidos para "recoger las nueces". No sólo el PNV, también, detrás de ellos, los nacionalistas catalanes y otros. La "solución política" ha convertido a los terroristas en un eje fundamental de la política española desde la Transición, en una humillación permanente de la democracia propiciada por los mismos gobiernos.

Hasta llegar hoy al límite de un gabinete socialista presidido por un majadero y convertido en el más activo y eficaz colaborador político de aquellos partidos y grupos que rechazaron la Constitución o la aceptaron a regañadientes. La clave de todo este proceso, insisto, reside en la parcial, pero persistente falta de respeto a la ley, la plaga que ha hundido una y otra vez las democracias en Latinoamérica y en España. Sin el cumplimiento de la ley ninguna democracia, ninguna libertad puede subsistir.

Cuenta Heródoto una anécdota por la que no pasa el tiempo. Jerjes llegaba a Grecia con un ejército imponente, y preguntó a Demarato, un espartano exiliado en su corte, si los griegos serían capaces de oponerle resistencia. Demarato le dijo que, por supuesto, lucharían contra él en cualquier caso. Y Jerjes se rió: "¿cómo podrían los griegos, que eran hombres libres, combatir contra un ejército superior si no tenían detrás un déspota que les obligara? Simplemente se someterían y adaptarían, para salvar el pellejo". Demarato le contestó: "Son libres, pero no del todo. Tienen un amo, la ley, a la que respetan mucho más, incluso, de lo que tus súbditos te temen a ti. Por eso saldrán a combatirte, tanto si se encuentran mil hombres para poner en línea, o menos, o más".

También habrá suficientes ciudadanos españoles conscientes para frenar y derrotar la arrogante ofensiva en curso contra las libertades y la integridad de nuestra patria. Porque lo grotesco del caso es que no tenemos enfrente a un ejército terrible como el persa, sino a unos osados golfos políticos cuya arma principal consiste en "esa osadía tan parecida a la impudicia". No cabe imaginar mayor ignominia que la de dejarse arrebatar la libertad por tales elementos.

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