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El verdadero problema en Vasconia

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El PNV quiere convencer a los vascos y, si puede, a los demás españoles, de que el problema que envenena su región es el de la autodeterminación. Los contrarios al desvarío nacionalista consideramos que el problema es la democracia, y que lo que llaman autodeterminación no pasa de ser un pretexto para seguir aplastando la libertad real de los vascos y amenazando la de los demás españoles.
 
Pues en nombre de la autodeterminación, el nacionalismo terrorista no ha cesado de asesinar, robar y hostigar a cuantos no comparten sus objetivos, mientras el nacionalismo teóricamente no violento le ha amparado y hecho el juego de mil maneras, desde paralizar a la policía autónoma hasta aprovechar la “tierra quemada” por los asesinos para extender su propia influencia, y sabotear la Constitución. La consecuencia es la práctica eliminación de la democracia en las Vascongadas. Por tanto, la máxima prioridad para todos los demócratas debe ser restaurarla. Jaime Mayor Oreja ha señalado ya esa dirección, pero conviene que ella se transforme en un plan amplio y preciso para reparar el inmenso daño causado por muchos años de desidia y de cesión del terreno a los liberticidas.
 
Una parte del trabajo debería consistir en poner de relieve la falacia del lema de la autodeterminación, concepto-trampa al estilo del de “soberanismo” y otros en que constantemente se enredan los políticos demócratas, para contento de los discípulos de Sabino Arana Las encuestas, entre otras cosas, indican que la mayoría de los vascos no está por la separación, y por eso el PNV evita presentar su objetivo con claridad. Habla de profundizar en el autogobierno, y pretende que las violencias provienen de que a los vascos no se les reconoce su derecho a “determinarse”. Naturalmente, mucha gente ve con simpatía esa preocupación peneuvista por el respeto a la libre decisión del “pueblo vasco”, quedando a la defensiva quienes se oponen a la argucia, pintados como opuestos a la voluntad popular, o temerosos de que ésta se “manifieste”.
 
La consigna de autodeterminación, tal como la usa el PNV, empieza a oler mal cuando constatamos que sólo ha servido, en la práctica, para aplastar las libertades y justificar el crimen organizado. Y aparece en toda su miseria si examinamos sus implicaciones. Si los vascos necesitaran autodeterminarse sería porque estarían oprimidos, como, por ejemplo, el Tibet bajo la dictadura china. Pero no ocurre nada semejante. Los vascos han estado siempre en España por propia decisión, no por haber sido invadidos, y han votado el estatuto como la forma actual de relacionarse con el gobierno central y las demás regiones. El único problema grave de la autonomía ha sido, precisamente, su utilización por los nacionalistas para, en nombre de unas reivindicaciones artificiosas y falsas, acosar las libertades e inficionar a parte de la población con ideas de superioridad y victimismo que sólo pueden abonar la violencia y una mayor opresión.
 
El desafío puede y deber ser contenido, si es preciso, aplicando la Constitución y suspendiendo una autonomía manipulada y desvirtuada por el PNV. Pero antes todo el mundo debe haber entendido que el problema no es la autodeterminación, sino la democracia, en cuya defensa no debe haber un solo retroceso más.

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