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Entendiendo el habla de Carod

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El doble discurso ha sido siempre un rasgo típico de los nacionalistas vascos y catalanes. Y un error muy común al respecto ha sido no tomar en serio los disparates, que diría Azaña, de los líderes nacionalistas, creyéndolos bazofia para consumo de sus seguidores, pero sin repercusión política. Creen muchos, por decirlo de otro modo, que dichos líderes embaucan a su clientela, cuando en realidad es a “Madrid” a quien embaucan cuando le hablan en un tono más civilizado en apariencia. Pero incluso en este último caso, un observador cuidadoso percibe la verdad.
 
Así, Carod, de cuyo balcanismo sólo pueden dudar los ingenuos irreversibles, habló el verano pasado en el Círculo de Bellas Artes para exponer algunas de sus ideas. Le escuchaban, entre otros, Carrillo y Anasagasti, que salió encantado y cuyo resumen del acto sigo aquí. Según Carod, la actual Constitución viene de un pacto entre los demócratas antifranquistas y los franquistas moderados, para fundar un sistema de libertades, a cambio de lo cual el franquismo y sus atrocidades no fueran considerados delitos. El dudoso arreglo vendría impuesto en buena medida por “los poderes fácticos”. Cataluña habría aceptado la Constitución sólo porque los partidos hegemónicos en aquel momento, con ingenuo pragmatismo, la creyeron útil para “avanzar y salir del atolladero del franquismo, emplazando a la sociedad a una mejora posterior del texto”.
 
Sin embargo se habría impuesto una lectura centralista del marco legal, crecientemente regresiva y contraria a la “España plural”, y que habla de cosas como la “lengua común”, expresión inexistente en la Constitución o en el estatuto. Puso como ejemplo de abuso, el caso del vascuence en una etapa del Tour. “Si realmente España considera al idioma vasco como una lengua que debe ser objeto de especial respeto y protección, como asegura la Constitución, si considera al euskera como algo propio, debería haber sido el gobierno español, por ejemplo a través del Instituto Cervantes, que pagamos entre todos, catalanes y vascos incluidos, quien debería haber salido en defensa de esa lengua, también patrimonio cultural de España. ¿O no? En caso contrario, si no se percibe lo vasco como algo propio, ¿qué hace el estado español en Euskadi?, ¿de qué les sirve España a los contribuyentes y ciudadanos vascos, si ni dentro ni fuera de las fronteras del Estado defiende sus intereses, en este caso lingüísticos?”
Lo anterior basta para entender la imposibilidad de entenderse, si una de las partes rompe el marco que hace posible la comprensión, desvirtuando brutalmente la realidad histórica.
 
La Constitución española no resultó de un pacto de demócratas antifranquistas que habrían hecho a los franquistas el favor de perdonarles a cambio de la democracia, aunque aceptando al mismo tiempo imposiciones de los “poderes fácticos”. Fue un acuerdo entre fuerzas que nunca habían sido democráticas (una derecha autoritaria y una izquierda totalitaria, fundamentalmente), para superar los enfrentamientos del pasado y abrir una convivencia en libertad. Si hubo favor, vino de la derecha, que hizo a las izquierdas y a los nacionalistas muchas más concesiones de las que éstos hubieran podido arrancar por la fuerza. Y buena parte de la izquierda aceptó las “libertades formales” o “burguesas”, sólo como un paso hacia los sistemas totalitarios que siempre habían defendido y con los que simpatizaban aún entonces.
 
Considerar la historia al modo como lo hace Carod, el PNV y buena parte de la izquierda, es someter el pacto que ha permitido la convivencia democrática a una permanente erosión, hacerlo inestable y provisional, propiciar los ataques contra él. El mismo terrorismo no dejaría de tener su justificación, considerando las intolerables presiones de los “poderes fácticos”. De esas distorsiones nacen los males y tensiones que nublan nuestro futuro. Estas gentes sólo han aceptado la Constitución como un instrumento a explotar, mientras no pudieran sustituir el pacto por su propia y completa hegemonía. Éste ha sido el gran pecado de las izquierdas españolas durante el siglo XX, y la raíz más gruesa de la guerra civil. Hay que repetir constantemente, pese a ser la evidencia misma, que la moderación política y la prosperidad económica, elementos que han dado estabilidad a la democracia, provienen básicamente del franquismo; y que los factores de amenaza a las libertades tienen casi todos el sello antifranquista, desde el terrorismo, en especial el nacionalista vasco, hasta la oleada de corrupción famosa, la corrosión de la independencia judicial o las demagogias balcanizantes.
 
Pocas cosas podían exponer mejor la mala fe, la ruindad y la provocación que nacen de tales concepciones, que el ejemplo del euskera en el Tour. Fingiendo lamentar la “incomprensión” de España, Carod, como Anasagasti y toda esa gente, manifiestan su complicidad con el terrorismo. El uso del vascuence en algunas etapas del Tour de Francia era una imposición de la ETA, doblada provocadoramente por el hecho de que la Vuelta ciclista a España hace muchos años que no pasa por las provincias vascas, debido, precisamente, al chantaje etarra. Si Carod y el PNV tuvieran un mínimo de respeto a la democracia y a la convivencia en paz, denunciarían la imposición de ETA y rechazarían de plano la identificación entre vascuence y terrorismo implícita en aquella reivindicación. Pero prefieren, como siempre, sacar rentas políticas del terror y ampliar el eco de éste. Con ello, revelan no tener ese mínimo de respeto a la libertad y la verdad exigible para hacer real el dicho de que “hablando se entiende la gente”.
No por eso debemos renunciar al diálogo. Pero este sólo puede fructificar con dos condiciones: que se desarrolle según la agenda de los demócratas, y para fortalecer la libertad, y no según las exigencias de los enemigos de la convivencia; y que, abandonando ingenuidades suicidas, nunca se olvide el carácter de los interlocutores, tan reiteradamente demostrado.

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