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Errores frente al nacionalismo

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Savater, que tan lúcida, combativa y valerosamente ha criticado al nacionalismo vasco, junto con el grupo, que tiene mucho de heroico, “Basta ya”, ha cometido un pequeño error –también lo ha cometido el PP– en relación con la manifestación de Ibarreche del día 22. Ante aquella provocadora marrullería podía ser tan razonable, en principio, asistir como rechazarla. Pero el rechazo corría el riesgo de quedar como una posición pasiva y sin iniciativa, como en buena medida ha ocurrido, si no iba vertebrada por una intensa campaña de desenmascaramiento de la actitud real del PNV ante el terrorismo. Y la participación podía derivar en un espectáculo de “cornudos y apaleados”, como ha señalado Jiménez Losantos… a no ser que fuera lo bastante masiva y acompañada de la bandera española.

Pero el PP no llevó a cabo esa campaña, facilitando la versión peneuvista de que “no se opone al terrorismo, sino al nacionalismo”, en lugar de “nos oponemos al nacionalismo porque el terrorismo también es nacionalista, y porque el PNV lo apoya de muchas maneras”. Y “Basta ya” asistió con timidez, sin osar levantar una bandera que, más que nunca, es la de la libertad, la democracia y la paz en las Vascongadas. Por asombroso que resulte, el PNV, con toda su enorme responsabilidad en la semiquiebra de la democracia en el País Vasco, sigue manteniendo la iniciativa, erigiéndose en acusador de las víctimas y pregonando, dentro y fuera, que la democracia española, única esperanza de libertad en Vasconia, es “de poca calidad”.

El error de Savater aumenta con sus explicaciones. Dijo primero que iría con cualquiera que gritase “ETA no”. Pero, claro, no es verdad. No iría con Inestrillas, por ejemplo, como le han señalado otros comentaristas. Y he aquí la respuesta de Savater: “Lo que representa Inestrillas no merece ningún aprecio político, mientras que el lehendakari, del cual no soy excesivamente devoto, representa más mal que bien unas instituciones constitucionales que acato, sin renunciar a criticarle porque quizá él cree menos en ellas que yo”. Una mentira suele llevar a otras. ¿Qué es eso de que Ibarreche representa “más mal que bien” las instituciones democráticas, o que “cree poco” en ellas, cuando las está saboteando y es para ellas el mayor peligro? Por mucho que Savater desprecie a Inestrillas, ha de reconocer que éste y su grupo no significan, hoy por hoy, el menor peligro para la Constitución y las libertades, mientras que el gobernante nacionalista representa un torpedo apuntado directamente a la línea de flotación de ambas.

No acaba uno de asombrarse de las increíbles consideraciones que se siguen teniendo con un partido como el PNV, guiado por una de las ideologías más viles y envilecedoras que existan hoy en toda Europa, y con un historial de golfería (véase la aprobación de los presupuestos) y traiciones a diestra y siniestra insuperado por cualquier otro partido en España, y ya es decir. Al oponerse a la ilegalización de Batasuna, Arzallus ha indicado que sobre esas bases podría llegar a ilegalizarse al PNV. Es falso, claro, pero indica mucho ese hermanamiento implícito entre los dos nacionalismos por parte del jefe de uno de ellos. Batasuna es parte orgánica del terrorismo, y por eso su acción legal no es admisible, mientras que la complicidad del PNV con la ETA es más bien de tipo político y moral, y de socavamiento de las medidas contra los asesinos. Esta política, miserable e hipócrita, no exige la ilegalización, pero sí una actitud constante de acusación, de desenmascaramiento sin paños calientes, que le impida tomar la iniciativa en ningún terreno.

Sin embargo, estamos todavía lejos de ello. Para empezar, todos los embrollos de lenguaje y concepto alzados por los nacionalistas para camuflar su política resultan inmediata y acríticamente acogidos por el resto de los partidos. Siendo el PNV una plaga para los vascos, se acepta que hable constantemente en nombre de ellos, dándole una representación abusiva y falsa. Sus planes de secesión se llaman “soberanistas”. Se le sigue la corriente con la “autodeterminación”, aunque sea para negarla, como si los vascos no estuviesen autodeterminados y sufriesen un poder extranjero y opresor; se consiente la erradicación de la bandera y símbolos españoles, escandalizándose muchos por el llamamiento de Juaristi en pro de lo que, además de constituir un derecho elementalísimo, supone la aplicación de la Constitución ; y así sucesivamente. Los políticos deberían tomar conciencia de que ese camino sólo puede desembocar en situaciones realmente catastróficas.

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