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¿Es pública la enseñanza pública?

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En una conversación durante una especie de cena literaria, uno de los presentes aseguraba que el actual gobierno intenta echar por tierra la enseñanza pública. “Lo hace con disimulo, privándola de medios. Así, por ejemplo, quedan sin pintar las aulas, los laboratorios se desatienden, el material escolar escasea, etc, con lo cual se crea una mala imagen y la gente prefiere mandar a sus hijos a la escuela privada”. Aquello sonaba a la típica propaganda embustera, practicada con maestría por algunos partidos, y así se lo indiqué, no tan crudamente.

La enseñanza privada, en general con menos medios, obtiene mejores resultados... aunque no tan mejores como debiera, esa es la lamentable verdad, dado el muy bajo rendimiento de la pública. En consecuencia, los medios no influyen tanto como se dice. En Japón, con una media de alumnos por profesor mucho más alta que en Inglaterra, los resultados son también mucho mejores; en USA, las escuelas católicas, acusadas de emplear métodos anticuados, enseñan bastante mejor, y en ellas salen adelante los negros, que fracasan en enorme proporción en las públicas. Pero la capacidad de estas últimas para derrochar dinero, resulta tan inagotable como su habilidad para justificar sus fracasos en la falta de medios y exigir siempre más. Las deplorables estadísticas del fracaso escolar nunca sugieren a sus responsables la menor autocrítica.

No obstante, insistía mi interlocutor, no importa demasiado que los niños aprendan tales o cuales cosas, pues ya tiempo tendrán de hacerlo cuando crezcan; lo esencial es que se “eduquen en valores”, aprendiendo la tolerancia, la solidaridad, a convivir lo mismo con inmigrantes que con retrasados mentales y ese tipo de alumnos rechazado a menudo por los centros privados. Eso me pareció demasiado, y sin mucha cortesía le expuse mi opinión de que la enseñanza pública producía en gran escala macarrillas no sólo ignorantes, sino despreocupados de serlo, debido a los “valores” difundidos por numerosos maestros, esos que van de “coleguis”, contribuyen al embrutecimiento del lenguaje, y no sólo del lenguaje, de los críos, mientras inventan una jerga bárbara burocrática ( “segmentos de ocio” y esas cosas), de por sí indicativa de la enseñanza que pueden dar. En estos años se ha impuesto como valor máximo “ lo lúdico”, lo “diver” –aunque maldita la gracia que tienen–, con rechazo de la disciplina y la responsabilidad. Los efectos están a la vista.

El problema radica en que la enseñanza pública no es tal, sino el coto de un sector progre, convencido de tener derechos de propiedad sobre ella y el privilegio de usarla para difundir sus ideologías. Sin cambiar tal situación no habrá mejora posible.

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