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"España no es una cáscara"

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Javier Ruiz Portella, emprendedor como buen catalán, ha puesto en marcha una “pequeña editorial –Altera– de unos locos que publican a veces cosas imposibles, pero siempre de esmerada calidad”. Una de esas cosas en apariencia imposibles es su inteligente ensayo España no es una cáscara, donde aclara algo tan obvio como el ser catalán, o gallego, o vasco, y español al mismo tiempo. Obvio porque esa dualidad es el fruto de una historia común a la que los gallegos, vascos y catalanes hemos aportado con libertad, de la que nos hemos beneficiado y que hemos sufrido como el resto de los españoles.

Sin embargo, estas obviedades hay que defenderlas hoy día, porque los nacionalismos balcanizantes se empeñan en crear una identidad enajenada a base de mutilar una parte esencial de nuestra realidad cultural exaltando de palabra y degradando de hecho la otra parte. No hace ningún bien a los idiomas vasco, gallego o catalán el convertirlos en vehículo de la tergiversación histórica, del invento o exageración de agravios, en medio para promover entre la gente un estado de ánimo entre llorón y agresivo, una enfermiza combinación de manías de grandeza y culpa por no haber logrado, siendo tan superiores, sacudirnos la “vergonzosa opresión” española. Tuve yo también mis devaneos nacionalistas, de los que me curé al ver a unos paisanos que en Madrid afectaban sentirse “extranjeros”. Algo tan simple me hizo ver de pronto la estupidez de todo aquello.

Una observación aguda de Ruiz Portella: “El malestar de los nacionalistas no afecta tanto a la cantidad de la autonomía disfrutada como a su forma y a sus símbolos. Lo que les duele, tanto en Cataluña como en el País Vasco, es que la autonomía ha sido concedida: proclamada por las Cortes de Madrid y refrendada en ulterior referéndum celebrado a escala de toda España”. En efecto, los nacionalistas no han conquistado la autonomía –ni la democracia, ni tantas otras cosas–, sino que la han recibido del estado español. España ha acordado organizarse de esta manera, y como los catalanes, vascos y gallegos siguen siendo parte de España, eso quiere decir que ellos mismos se han concedido la autonomía, sin romper con los demás españoles. La población en las tres comunidades así lo ha querido, y los nacionalistas no han tenido fuerza para impedirlo: nuevo hecho histórico que quisieran borrar. Por eso, explotando con descaro esa autonomía y esas libertades que tan poco les deben, los nacionalistas han creado un clima enrarecido, que en el País Vasco se ha vuelto casi irrespirable, perturbando la convivencia y la unidad de España, la democracia, y la identidad histórica y cultural de sus comunidades. Un balance como para sentirse orgulloso.

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