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Franco ante la república

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Una cuestión que quedó sin tratar, o casi, en el 25 aniversario de la muerte de Franco, fue el de la actitud de éste hacia la república, cuestión clave, a mi juicio, para entender una historia que todavía nos afecta. Según opinión extendida, Franco habría pasado los años republicanos deseando reberlarse –en esto coinciden gentes de derecha y de izquierda, si bien unos lo ven justificado y otros no—, no haciéndolo antes de 1936 por no haber encontrado el momento favorable, o bien por una egoísta dedicación a su carrera; o por ambas cosas, como se deduce, por ejemplo, de su biografía escrita por Preston.

La explicación del propio Franco, muy distinta, aunque no necesariamente veraz, queda bien reflejada en una carta suya en 1937. Por entonces corría entre los franquistas el bulo de que su jefe había elaborado en 1935 un plan para liquidar la república mediante un golpe fácil, evitando la guerra civil, pero que Gil-Robles, ministro de la Guerra, lo había frustrado con su excesivo legalismo. Gil-Robles protestó ante Franco, quien aclaró que en 1935 él había encontrado la situación del país “difícil, pero aún no en peligro inminente”, y que el ejercito “no puede aparecer como árbitro en las contiendas políticas ni volverse definidor de la conducta de los partidos”. Por tanto, él no había preparado tal plan, y si se había sublevado en 1936 se debía a la inminencia del peligro revolucionario. Esta crucial carta, reproducida por Gil-Robles en No fue posible la paz, ha desaparecido de la última edición que Planeta ha hecho del libro. Quisiera creer que se trata de un olvido, pero la manera como se está falseando la historia, sobre todo en Cataluña, hace sospechar otra cosa.

La carta ofrece una imagen legalista de Franco, poco acorde con la que ha circulado estos años desde la izquierda y desde la derecha, y plantea tres problemas: ¿era sincero el militar al expresarse así? ¿cómo conciliar esa actitud, legalista y democrática, con la supresión de los partidos por su régimen? ¿tenía base su apreciación de que en julio de 1936 la rebelión estaba plenamente justificada? Cada una de estas cuestiones bien merecería un amplio debate.

Desde hace tiempo vengo incitando a él a los historiadores, sobre todo a los de izquierda, que presumen de menos dogmáticos –por lo visto sin mucho fundamento—, pero he encontrado una resistencia férrea, casi heroica, a tratar estos asuntos como cuestiones abiertas. La mayoría prefiere la seguridad de los simposios entre afines, donde pueden perorar a gusto sin exponerse a molestas discrepancias. Postura cómoda, sin duda, pero quizá no tan científica. En fín, ya trataremos algunos de los problemas señalados. De momento, y aprovechando la libertad y la facilidad de internet, me permito invitar a los estudiosos a exponer sus opiniones en Libertad Digital.

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