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Garrulería volteriana

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Con motivo de la guerra de Irak, me envían por Internet una cita de Voltaire: “¿En qué se convierte y qué importancia tiene la humanidad, el buen hacer, la modestia, la templanza, la dulzura, la sabiduría, la piedad, cuando media libra de plomo lanzada desde 600 pasos me destroza el cuerpo, si muero a los veinte años entre tormentos inenarrables, en medio de cinco o seis mil moribundos, cuando mis ojos, al abrirse por última vez, ven la ciudad donde nací destruida por el hierro y el fuego, y el último sonido que escuchan mis oídos son los gritos de las mujeres y los niños que expiran bajo las ruinas, y todo por el pretendido interés de un hombre al que no conocemos?”

La cita impresiona, pero su sofisma sale a la luz si cambiamos la guerra por la enfermedad o los accidentes: “¿Qué importancia tiene la humanidad, el buen hacer, etc., si un cáncer, unas bacterias contagiadas por un irresponsable, un coche conducido por un borracho, me hacen morir a los veinte años entre horribles dolores, contemplando la pena y la angustia de mi gente más querida, etc.?” No sólo la guerra causa esos desastres, y alguien podría oponer a la melodramática tirada de Voltaire la exhortación de Sarpedón a Glauco: “Amigo, si huyendo del combate pudiéramos vivir para siempre, ni yo me batiría en primera fila ni te animaría a luchar. Pero los espíritus de la muerte menudean a nuestro alrededor, y ningún hombre puede desviarse ni escapar de ellos, así que vayamos a la batalla y ganemos gloria o démosla a otros”.

El sofisma se acentúa con el sinsentido de atribuir el argumento a un muerto. Y empeora al trasladar al soldado las ideas de Voltaire. Pues muchos soldados pensarían, con al menos la misma razón que el escritor, que luchaban por Francia y sus gentes, y no por “los intereses de un desconocido”.

La argucia volteriana no descansa en la diferencia entre la muerte causada por la fatalidad y la causada por la voluntad, sino en la antimonárquica frase última, donde atribuye las guerras a caprichos de los reyes. La implicación es que los pueblos de por sí son pacíficos, y que si ellos decidiesen en política, no habría guerras. Igual idea han proclamado sin descanso los comunistas, sustituyendo al rey por el burgués: “los pueblos aman la paz, es el capital quien los lleva al matadero”. Pero en la realidad las “naciones”, “pueblos soberanos” y “partidos proletarios” han promovido, tras la caída del antiguo régimen, las guerras probablemente más devastadoras de la historia. No es un argumento en pro del antiguo régimen, pero sí un hecho a considerar.

Por supuesto, no puede criticarse a Voltaire por sucesos posteriores que él no podía prever, pero sí por plantear de tal modo la cuestión. Pues en épocas remotas, cuando los reyes propiamente no existían o eran jefes de tribu que combatían a la cabeza de sus hombres, las guerras eran continuas. Baste la descripción de Tácito sobre los germanos. Pero Voltaire, bien sabedor de ello, creó con otros el mito, algo irrisorio, del “buen salvaje”, empleándolo como base falsa para una crítica social no menos falsa.

El pasado muestra que la guerra está muy asociada al comportamiento humano. Voltaire, como los ideólogos en general, han pretendido eliminarla mediante la supresión de determinadas personas, instituciones o capas sociales, sobre las cuales hacían recaer la culpa del mal. La experiencia ha demostrado que por esa vía el daño cobra mayor intensidad. Contra la guerra no se ha descubierto ningún remedio radical, y su superación sólo cabe esperarla de una evolución moral e institucional inevitablemente lenta y penosa.

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