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Gibraltar, a la espera

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Una noche fría y húmeda, hace muchísimos años, debía de ser por 1966, hacía yo dedo desde el puerto de Harwich (¿o sería otro? Tampoco importa mucho), y me recogió en su coche un inglés que me llevó a Londres. Debía de haber entonces tiranteces en torno a Gibraltar, y el amable conductor me preguntó mi opinión sobre el asunto. Le dije que antes o después el peñón tenía que volver a España, aunque yo prefería que no volviese mientras existiese el régimen de Franco. Como puede verse, era yo un progre de mucho cuidado, valga mi juventud como excusa. El hombre entonces se enfadó, y me dijo que Gibraltar, “the rock”, o “the Rock”, no sé si lo pronunció con mayúscula, significaba mucho para Gran Bretaña. Era un símbolo de su pasado y de su imperio. Aunque el imperio había pasado a mejor vida, o estaba en trance de ello, la roca permanecía, justamente como un índice duradero de la grandeza británica, que llevaba siglos así, y así esperaban los ingleses que siguiese. Más o menos vino a decir eso, no recuerdo las palabras, claro, aparte de que siempre me fue difícil entender el inglés hablado.

Aquello me sorprendió mucho, pues yo creía que los ingleses mantenían el peñón por razones puramente prácticas, de orden estratégico y quizá secundariamente económico, sin darle valor sentimental alguno. Decía el célebre espía escocés Bruce Lockhart que los ingleses se meten fácilmente su orgullo en el bolsillo si está en juego algún beneficio tangible, pero por lo visto son más sentimentales y orgullosos de lo que suele creerse. Supuse que si no todos, muchos pensarían sobre Gibraltar como el dueño del coche, y en cualquier caso tuve la impresión de que España no lograría fácilmente la devolución de lo robado. Luego seguimos hablando del comunismo, por el que yo sentía cierta atracción y que a él le parecía, juiciosamente, “el reparto de la miseria”.

Pasada la transición, algunos políticos, en quienes el servilismo rivalizaba con la necedad, decían que no había ya razón para que Gran Bretaña no devolviera Gibraltar. También pensaban que Francia había dejado de tener motivo para proteger a la ETA. En realidad ambas potencias seguían teniendo las mismas razones, y el terrorismo, con buena parte de sus bases en Francia, golpeó mucho más que antes, mientras la población colonial de Gibraltar se enriquecía como nunca con todo tipo de negocios ilícitos –facilitados por aquellos cretinos que nos gobernaban–, y la potencia colonial disfrutaba de aquella corrupta exhibición de ineptitud hispana, disfrazada de modernidad y otras biensonancias.

Hace unos meses todo pareció cambiar. Ojalá fuera así, pero no debemos ser muy optimistas. Londres buscará mil excusas, desde la voluntad de los gibraltareños hasta la tradición de siglos, para tener a Madrid sentado y esperando. ¿Hay medidas serias de presión que pueda ejercer España? Pues no debe haber vacilación en emplearlas, sin perjuicio de una actitud educada y diplomática.

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