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Gonzalo Fernández de la Mora

Durante los años en que he chocado con una especie de veto para publicar en la prensa, me dediqué a pinchar artículos en los tablones de la Universidad Complutense, aprovechando que tenía que poner publicidad en ellos, y a enviarlos, un poco al voleo, a personajes de diversa orientación política, a quienes sólo conocía de nombre. Fernández de la Mora dio cabida a algunos de ellos en su revista Razón española, y por eso le guardo agradecimiento. Sólo hablé con él dos veces, por lo que casi nada personal podría aportar a su memoria, ahora que ha muerto. Sé más de su persona por su autobiografía, Río arriba.

A pesar de que su orientación general no es la mía, Razón española me parece una de las mejores y más estimulantes revistas de pensamiento de España, lo que quizá no sea mucho elogio, dada la escasez de ellas. Pero, en fin, se apartaba de ese mero redundar en ideas puestas de moda en el extranjero, sin aportar a ellas nada sustancial, como ocurre casi siempre. La revista tenía, tiene todavía, otras virtudes: una independencia rigurosa, sin ceder a los vientos dominantes, y un contacto permanente con el pensamiento conservador-reaccionario alemán, francés o useño. Todas estas virtudes –solidez intelectual, independencia, apertura al exterior–, reflejan las de su promotor, un hombre de vasta cultura, experiencia vital y penetración crítica. La revista y su director mantenían la tradición del pensamiento reaccionario español, desde Donoso Cortés, Gil-Robles padre, Menéndez Pelayo, Maeztu, etc. Tradición bastante más enjundiosa y reflexiva, al menos en España, que la progresista. Es muy de temer que ahora la revista se venga abajo, dejando así un amplio hueco en nuestro no muy florido panorama intelectual.

Son bien conocidas las posiciones políticas y la labor ministerial de Fernández de la Mora, por lo que no insistiré en lo ya sabido. Sí me interesa señalar algo que por lo general ha sido menos atendido: su papel como teórico del franquismo. En este régimen hubo, de manera confusa y poco dibujada, pero muy efectiva hacia su final, dos "sensibilidades" fundamentales: la que podríamos llamar provisionalista o excepcionalista, y la institucionalista (perdón por los largos palabros). La primera consideraba la época de Franco como un recurso excepcional, una dictadura en sentido romano, impuesta por la necesidad de hacer frente a un peligro revolucionario muy cierto e inminente en 1936. Por eso, desaparecido Franco o en vida de él, según opiniones, el régimen debía ceder paso a una situación democrática acorde con el entorno europeo. Como sabemos, ésta es la tendencia que terminó imponiéndose, de manera muy clara ya cuando el asesinato de Carrero Blanco.

La otra corriente consideraba la guerra civil no sólo como un episodio de lucha contra la revolución, sino también como la ocasión para poner en pie a una nueva ordenación política de la convivencia española. La guerra no sólo significaría la derrota de la revolución, sino también de la del sistema de partidos que había abocado a ella. Para esta corriente, la democracia liberal, incluso en el modo muy restringido como se había puesto en práctica bajo la Restauración y la II República, había abocado a una partitocracia disgregadora, por supeditar los intereses nacionales a los de los partidos, y finalmente había abierto el camino al comunismo. Por lo tanto había que "superar" la democracia liberal de manera definitiva. El franquismo se presentó así como un sistema alternativo, de "democracia orgánica", donde el voto se ejercía a través del sindicato y el municipio, y no iba a partidos, sino al llamado "Movimiento Nacional", que teóricamente aunaba las fuerzas políticas "sanas". Fernández de la Mora defendía la institucionalización del régimen, y por ello entendía que no podía hablarse de dictadura, sino de un estado de derecho, con rasgos peculiares..

Las críticas de Fernández de la Mora a la partitocracia y a las ideologías que la sustentan son, desde luego, sagaces y dignas de meditación. Y en defensa del franquismo exponía su balance de obras, ciertamente impresionante. Pero, en definitiva, su alternativa no parece viable, y fue desmontada con sorprendente facilidad por la corriente “excepcionalista” del régimen. Como dijo Churchill, la democracia liberal es "la peor forma de gobierno, exceptuando todas los demás". Fernández de la Mora señalaba el interesado escamoteo del final de la frase, pues terminaba "exceptuando todas las demás puestos a prueba de vez en cuando". Quizá exista una forma superior, pero todavía no se ha experimentado, y no parece que Fernández de la Mora, pese a su destacado talento como pensador, haya dado con ella.

De este intelectual y político cabe decir lo que de Menéndez Pelayo: sus críticos y enemigos le son muy inferiores, y sin embargo han conseguido sepultar a uno y otro en el silencio. Muy para mal de la cultura española.


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