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Hedonismo y suicidio

Puesto que el sentido de la vida consiste en obtener placer viviendo para el día, como predicaba John Lennon con peculiar ingenuidad,al ser la frustración tanto o más frecuente que el placer, entonces la vida deja de valer la pena.

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Hace días comenté un aspecto del estudio demográfico del profesor Francisco J. Contreras en el que mencionaba la propuesta del pensador David Benatar de llegar a un acuerdo general y generacional para no tener más descendencia y que el género humano se extinguiese de una vez por todas, de forma suave, pacífica y sin vulnerar derechos. Algo así como el diluvio mítico, sin diluvio y sin Noé ni Deucalión y Pirra. Aparte del calificativo moral que nos merezca tal idea, la misma es irrealizable por varias razones, pero también muy ilustrativa de una tendencia manifiesta asimismo en el aborto masivo, la caída del índice de natalidad por debajo de la tasa de reposición, la promoción homosexualista, etc. La argumentación de Benatar parte de una filosofía hedonista, la obtención del placer como fin o sentido de la vida. Pues la realidad es que la vida nos ofrece bastantes más frustraciones a nuestros deseos que cumplimiento de ellos. Además, como observaron los griegos, muchos placeres suponen peligros o malas consecuencias y no es fácil la previsión al respecto; y el trabajo de alcanzarlos puede resultar más ingrato que grata su obtención. El logro, después de mucho esfuerzo, decepciona a menudo; y sin esfuerzo parece perder su valor. Sin contar que nuestros deseos son a menudo incumplibles no ya por la resistencia del mundo exterior, sino por ser ellos mismos contradictorios; o que su cumplimiento en unas personas acarrea la desgracia para otras...

Nuestra sociedad es probablemente la más hedonista de la historia, aquella que más medios dedica a proporcionar placer a muy amplias masas. También esto termina por decepcionar, porque los placeres tienden a instrumentarse y dirigirse en un sentido cada vez más degradante por no se sabe quién (por los "sabios de Sion", dicen algunos), en realidad por nadie, pues esa filosofía crea su propia dinámica, sostenible solo por una creciente infantilización y aturdimiento de las masas. Lo cual genera nuevas frustraciones, insatisfacción vital y deterioro de las relaciones interhumanas (por ejemplo, se vuelve imposible una vida matrimonial y familiar algo responsable o estable: el creciente fracaso en esos terrenos dice algo del problema).

Y puesto que el sentido de la vida consiste en obtener placer viviendo para el día, como predicaba John Lennon con peculiar ingenuidad (hay ingenuidades peores que crímenes, se ha dicho), al ser la frustración tanto o más frecuente que el placer, entonces la vida deja de valer la pena. Si uno tiene valor, puede muy bien quitársela, y en todo caso adquiere un tinte de extravagante altruismo la propuesta de Benatar: seamos la última generación que trae otras nuevas a sufrir.

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