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La corrupción

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Un amigo mío que trabaja en el ministerio de Medio Ambiente achacaba hace años al PP no “saber vender” la honradez ejemplar de su administración, cosa bien visible para él por haber servido también bajo los socialistas. Eso lo decía en tiempos de Isabel Tocino, cuya escrupulosidad le valió las más sucias calumnias por parte de empresarios habituados a los viejos chanchullos. El año pasado, ese amigo afirmaba que habían vuelto las tradicionales maneras de compraventa de favores, contratos a dedo, etc. Realmente, la corrupción en política, apenas alejada, trata de volver con redoblado empeño.

El caso Gescartera —y otros que seguramente saldrán—, está teniendo un alcance mucho mayor del sospechado inicialmente, al demostrar graves irregularidades precisamente en un organismo de control contra posibles corruptelas como es la CNMV, con repercusiones en niveles más altos. Aznar deberá cumplir su promesa de llegar hasta el fondo, o pagar un precio político muy alto en caso contrario. El Gobierno se había creído su propia honradez, o acaso creía haberla hecho creer al público, y va a despertar del ensueño producido por la arrogancia.

Desde luego, el PP sigue siendo honrado en comparación con el PSOE, pero eso no es demasiado importante. La diferencia clave está en la actitud. Los socialistas pensaban, al modo latinoamericano, que la “democracia”, los votos, amparaban, justificaban y en definitiva alentaban la corrupción masiva y el entierro de Montesquieu. El PP ha dado pasos en la misma dirección, y algunos de sus políticos se confortan con las encuestas del CIS, que parecen reflejar poca repercusión del caso Gescartera en la opinión pública. Sería un enorme error de dicho partido seguir también en eso la huella del PSOE. Con todo, es verdad asimismo que el escándalo Gescartera proviene de una investigación iniciada por las autoridades y continuada en las Cortes, donde el PP pudo obstruirla gracias a su mayoría absoluta, pero no lo ha hecho. Es decir, justo lo contrario de la actitud socialista en su momento.

En fin, lo consolador del destape de corruptelas es que demuestra que la democracia funciona. Eso apenas ocurre en comunidades como Cataluña, Andalucía o Vasconia, donde apesta el tufo a podrido, y sin embargo casi nada acaba de salir a la luz, merced a una densa red de complicidades y beneficiarios que se protegen mutuamente, considerándolo en algunos casos un alto deber de conciencia…nacionalista.

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