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La derecha antidemocrática

Sólo una democracia liberal que marque y haga respetar las reglas para que todas las tendencias puedan concurrir sin lanzarse al cuello entre ellas resulta posible en una sociedad compleja como la nuestra.

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¿Por qué se hundió el inicial proyecto democrático de la república? Una respuesta sencilla es: porque había muy pocos demócratas. Las izquierdas, en su mayoría, eran grupos mesiánicos en cuya boca la palabra democracia, que no apeaban, significaba justamente tiranía, la tiranía totalitaria que aspiraba a implantar cada uno de sus grupos. En cuanto a la derecha, mayoritariamente de tradición liberal, legalista y pacífica, aceptaba la democracia, como indicaba Franco a su hermano en 1930, si bien con una profunda desconfianza, pues temía que degenerase en demagogia y desorden. Hubo una derecha abiertamente antidemocrática, pero muy reducida hasta 1936.

En apariencia, la república dio la razón a quienes temían o rechazaban la democracia, y la derecha, en general, evolucionó a posiciones dictatoriales. El régimen franquista trató de crear al principio un pensamiento justificador de su propio poder (en torno al Instituto de Estudios Políticos) como superador del comunismo y el liberalismo, pero, observó Serrano Súñer, ni siquiera lo intentó en serio. No hubo un pensamiento franquista articulado, solo críticas parciales a otros sistemas e invocación retórica de pasadas grandezas; o bien derivó al tecnocratismo, la limitación de la política a las técnicas de gestión. Fue más bien la adaptabilidad e intuición práctica del dictador lo que permitió la duración de un régimen que ya durante la guerra mundial estuvo en riesgo permanente de hundirse y verse arrastrado por la marea de la contienda.

Hoy parece claro que la democracia actual nace fundamentalmente del franquismo, de su sector reformista o evolucionista, pero no a través de un pensamiento preciso, sino, nuevamente, de un practicismo intuitivo. En cuanto a la izquierda y los separatismos, los hechos indican que aceptaron de mala gana esa evolución, cuando la aceptaron, pero nunca hicieron examen de la república y la guerra, lo que los ha llevado, tras un largo rodeo, a demagogias peligrosas, sintiéndose herederos del Frente Popular que asaltó y destruyó la república, incluyendo el aliarse con el terrorismo y socavar la herencia de de la transición.

La deriva de la izquierda parece justificar a las derechas antidemocráticas: la transición fue un mal, hay que volver a alguna forma de dictadura que imponga el orden. Coinciden con la izquierda en oponer la unidad de España a la democracia. Esta mala idea no suelen expresarla de forma precisa, pero está tan implícita en su discurso como lo está el totalitarismo en el discurso de los separatistas y de gran parte de la izquierda. Esas derechas señalan las taras del PP, muy evidentes, se obsesionan con la masonería y propugnan confusamente una especie de estado católico y autoritario bajo el supuesto de que Dios les inspira a ellos con especial predilección o que la unidad de España solo es concebible bajo su autoridad indiscutible. Un estado que no solo es perfectamente inviable, sino nefasto, porque dejaría fuera del juego político a una gran masa de población.

No son una alternativa al PP. Sólo una democracia liberal que marque y haga respetar las reglas para que todas las tendencias puedan concurrir sin lanzarse al cuello entre ellas resulta posible en una sociedad compleja como la nuestra. Precisamente la involución impuesta por el actual Gobierno se debe a su socavamiento sistemático de dichas reglas, empezando por la Constitución. Y una reacción como la de la derecha antidemocrática contribuiría al proceso.

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