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La historia, según Casanova

Con su peculiar sentido de la democracia, sólo ellos y sus intelectuales pagados tienen derecho a aparecer en los medios de masas. Si pudieran ahogarían en el más absoluto silencio a sus contradictores. Lo intentan constantemente.

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Escribe el catedrático de izquierda Julián Casanova: "José María Aznar (...) cuando en España arreciaba el debate sobre nuestro pasado traumático de guerra civil y de dictadura, recurrió a Pío Moa, que no es un historiador, para contrarrestar los mitos de los historiadores, a quienes Aznar nunca tuvo necesidad de leer".

Espero –sin mucha ilusión– que estas frases no retraten la historia que este señor cuenta en la universidad a sus sufridos alumnos. Aznar nunca recurrió a mi modesta persona para contrarrestar nada. Simplemente dijo en una ocasión que pensaba leer en el verano, entre otros, mi libro Los mitos de la guerra civil. Ello bastó para que la izquierda, con típico recurso de la propaganda stalinista, le acusara –como si fuese una acusación– de tener mi estudio por "libro de cabecera", y ahora para atribuirle el patrocinio de la obra. La verdad, que Casanova sabe por fuerza, es que Aznar no tuvo nada que ver en el asunto. El libro se vendió espléndidamente desde el primer momento, y a ello contribuyó de modo importante la entrevista que me hizo poco después Carlos Dávila en televisión. La entrevista costó a Dávila las iras totalitarias de las mafias sindicales y partidos de izquierda, y las críticas de directivos puestos por el PP en la televisión, asustados de tanta "audacia": la audacia de entrevistar a un historiador que exponía los mitos cultivados por la izquierda sobre la guerra civil, y lo hacía con datos y argumentos que jamás, al menos hasta ahora, han podido refutar los mitómanos. Un historiador que proponía un debate racional y en cambio cosechó insultos, amenazas y peticiones expresas de censura y hasta de cárcel.

Aquel episodio puso a cada cual en su sitio: a los sindicatos y partidos de izquierda, a los intelectuales e historiadores de la misma línea, no ya incapaces de tolerar ciertas verdades sobre el tan actual pasado de España, sino demandadores desvergonzados de censura. Quedaron retratadas gentes de una derecha turbia como Javier Tusell, y muchos otros derechistas que no dijeron esta boca es mía ante aquella oleada inquisitorial y antiintelectual. Con su peculiar sentido de la democracia, sólo ellos y sus intelectuales pagados tienen derecho a aparecer en los medios de masas. Si pudieran ahogarían en el más absoluto silencio a sus contradictores. Lo intentan constantemente.

Los mitos no debió nada a Aznar y se vendió masivamente al margen del PP, cosa que ha preocupado en extremo a la izquierda. Pero se vendió por dos razones: porque mucha gente estaba harta de las incoherencias y falsedades de una historiografía que he llamado lisenkiana, de origen marxista; y porque esos historiógrafos han sido incapaces de refutar nada esencial de lo que yo escribí.

Casanova da por hecho, con temeridad impropia de un historiador y muy en la escuela de un propagandista lisenkiano, que Aznar no ha leído sus libros ni los de su cuerda. En realidad, ni él ni yo sabemos si los ha leído o no. Pero él supone que el presidente queda descalificado por esa pretendida laguna en sus lecturas, idea con la que no puedo estar de acuerdo: yo sí he leído grandes cantidades de esas literaturas, he dedicado mucho tiempo a someterlas a crítica, y el resultado, a mi juicio, es que su calidad es ínfima. No se trata de una simple opinión, pues he avalado ese juicio con multitud de datos y razones, en bastantes libros, el último Franco para antifranquistas, y también acaba de reeditarse Los orígenes de la guerra civil, cuya lectura cuidadosa recomiendo al señor Casanova. A ver si, por fin, es él capaz de rebatirlos.

Afirma nuestro bravo catedrático que yo no soy historiador, y en parte tiene razón: no soy un historiador como él y los suyos. Desde luego.

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