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La importancia de la crítica

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Tengo la certeza de que mis libros sobre la república y la guerra civil han causado en círculos progresistas, universitarios y otros, una impresión considerable, aunque mala. No obstante, la respuesta no ha sido en ningún caso el debate abierto, como la honradez intelectual impone, sino el silencio, acompañado del rumor descalificatorio. Así, cada tendencia escribe lo que quiere, como si diera igual decir una cosa que otra, y como los progres creen –acertadamente, hoy por hoy– dominar casi todos los medios de comunicación, encuentran en la censura del silencio contra los discrepantes un arma eficaz. Eficaz, también, para agostar y sectarizar nuestro ambiente cultural. Conociendo esos círculos, a nadie le extrañará: el progresismo en España, casi nunca ha traído progreso, sino empobrecimiento, cuando no convulsión.

Por eso debo saludar un caso excepcional. La revista Vida Nueva, órgano del catolicismo "avanzado", ha publicado una reseña de El derrumbe de la República y la guerra civil, a cargo de Hilari Raguer, historiador benedictino, muy nacionalista catalán y muy antifranquista. ¡Un brindis por la honradez del señor Raguer, y a ver si cunde el ejemplo! Naturalmente su reseña, ya lo indica su título, "Un halago para nostálgicos", sólo puede ser desfavorable, lo cual no tiene nada de malo. Todos los escritores tenemos muchos más fallos de lo que nos gustaría, y de ahí precisamente la conveniencia de la crítica y el debate. Y también de ahí la importancia del rigor en la crítica, exigencia que no es estoy seguro cumpla el honrado crítico benedictino.

Empieza éste por plantearse, un tanto ilógicamente, si el libro ayuda a conocer la verdad histórica "o más bien halaga a los nostálgicos del franquismo". ¿Qué tiene que ver la verdad con la nostalgia o la aversión al franquismo? Al hablar así, desplaza la cuestión de la veracidad del escrito, embrollándola con la de las intenciones supuestas al escritor, y sugiriendo que éste busca complacer a los franquistas (¿por qué habría de hacerlo?), hoy tan en baja. E implica que la verdad no puede en modo alguno asistir a quienes él llama nostálgicos, término de propaganda falto de la mínima solvencia académica. Cargado el libro con ese sambenito, –el lector ya puede imaginarse la visión que encontrará– (y por tanto para qué molestarse en leerlo), observa Raguer con guiño cómplice a los de su cuerda. Si a esto se une la renuncia explícita a resumir la obra (lo primero que un crítico debe intentar, si persigue algo más que enredar al lector), tenemos un modelo de crítica propagandística y nada seria.

Sostengo, y lo recoge algo torcidamente Raguer, que los hermanos Salas, Ricardo de la Cierva, Martínez Bande y otros a quienes él llama neofranquistas, han producido una historiografía mucho más ceñida a los hechos que la de los progresistas, en quienes pesa mucho más la interpretación y el prejuicio ideológico. Aquí no puedo demostrarlo, pues se haría muy largo, pero el progresista benedictino permite confirmar mi juicio cuando, aun sin resumir el libro, aborda dos cuestiones de él: las causas de la guerra, y la represión.

Según el crítico, yo echo a las izquierdas "toda la culpa" de la agitación prebélica. Vaya por delante que no pierdo el tiempo en culpar a nadie, sino que me esfuerzo por exponer los hechos y su lógica, y las actitudes de los políticos, a partir de sus propias palabras y actos. La historiografía "culpista" me parece un sinsentido a estas alturas, aunque sigue gozando de excelente salud, sobre todo en la izquierda. Por supuesto, Raguer reconoce mi razón al señalar "el sectarismo y el extremismo de algunos sectores de izquierdas", pero me acusa de "no hacer otro tanto con la violencia de las derechas", pues "también las derechas perturbaban el orden público. Yo he tenido en mis manos, en el Archivio Centrale dello Stato Italiano, los comprobantes bancarios de la asignación mensual que Mussolini enviaba a José Antonio Primo de Rivera para que organizara atentados". ¿Es esto un análisis de la situación, o una desvirtuación ideológica de los hechos?

El extremismo y la violencia no caracterizaron a "algunos sectores" de izquierdas, sino a los principales de ellos, con raras excepciones como la de los socialistas de Besteiro. Los anarquistas se mantuvieron en sublevación permanente, causando cientos de muertos. Los partidos izquierdistas más fuertes y asentados, es decir, el PSOE y la Esquerra nacionalista catalana, organizaron milicias muy violentas, y prepararon y realizaron en octubre del 34 una insurrección contra la legalidad republicana, el putsch revolucionario más sangriento y peligroso en Europa occidental desde la Comuna de París. En cuanto a los "moderados" jacobinos, como Azaña, Casares, Gordón Ordás, etcétera, propugnaron el golpe de Estado en cuanto perdieron las elecciones, apoyaron moralmente la insurrección de octubre y, después siguieron una política justificatoria de dicha rebelión, y revanchista, que sólo podía dar fuelle a las brasas de la guerra civil, como lo hizo en el 36.

En cambio no hubo tal "violencia de las derechas", sino, ahora sí, sólo de "algunos sectores" de ellas. La muy ampliamente mayoritaria CEDA permaneció pacífica y legalista casi todo el tiempo, hasta verse en peligro cierto y extremo de aniquilación por el Frente Popular. Raguer lo confirma indirectamente al justificar su tesis con el ejemplo de Falange, grupo mínimo dentro de la derecha, y abandonado por ésta en las elecciones de febrero del 36, cuando no logró un solo escaño parlamentario.

Y aun en este caso, el benedictino muestra un espíritu no sé si muy cristiano, pero desde luego poco escrupuloso con los hechos. Es sabido que Mussolini facilitó algún dinero, no mucho, a la Falange, pero ¿lo hacía directamente para organizar atentados, como indica nuestro historiador? Lo dudo, y si así fue, no tuvo mucho éxito, pues la Falange cometió atentados sólo durante unos meses del año 34, cuando el grueso de las izquierdas preparaba su insurrección, y entre marzo y julio del 36. En ninguna de las dos ocasiones actuó la Falange por iniciativa propia, contra lo sugerido por Raguer, sino como réplica a una serie previa de asesinatos de falangistas a manos de las milicias de izquierda. No creo que el crítico ignore este dato crucial, y sin embargo lo calla. ¿Revela con ello respeto a los hechos, o más bien la "ideologización y falta de rigor" típicas de la historiografía progresista?

La cuestión clave abordada en El derrumbe..., es ésta: ¿provino la guerra de un peligro revolucionario, o de un peligro fascista? He llegado a la conclusión de que no existió peligro fascista hasta después de julio del 36, y como reacción a una amenaza revolucionaria muy intensa, que no hizo sino agravarse desde noviembre de 1933, cuando la izquierda perdió las elecciones. Raguer, ni nadie hasta ahora, ha probado lo contrario. En cuanto al asunto de la represión, al cual dedica el crítico un tercio de su reseña, exige un artículo aparte.


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