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La importancia de la verdad

Asistimos a la osadía monipodiesca de unos políticos que pretenden imponer por ley la mentira evidente de que el Frente Popular defendió la libertad y la democracia en España

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Un país no puede vivir en el falseamiento sistemático de su pasado sin envenenar su presente. Y ese es el mal que justamente está corroyendo la convivencia democrática en España. La mentira impulsa el fanatismo y la demagogia, y sobre todo impide aprovechar la experiencia histórica y construir sobre ella. Empuja en cambio a los mismos círculos viciosos, una y otra vez, un fenómeno que parece afectar con especial persistencia a los países latinoamericanos y a España. Esto es mucho más grave que tal o cual epidemia de corrupción o tal o cual episodio de terrorismo gubernamental.

Asistimos a la osadía monipodiesca de unos políticos que pretenden imponer por ley la mentira evidente de que el Frente Popular defendió la libertad y la democracia en España, acompañada de, entre otras, la pretensión de que el pueblo recuerde y venere a chequistas, asesinos y ladrones como héroes o mártires de las libertades, ensalzándolos y denigrando en igual medida a las víctimas inocentes, al igualar como "víctimas" a Besteiro y a García Atadell. No cabe imaginar un insulto mayor a la memoria de los inocentes, una vileza más enconada, que sólo puede nacer de mentes a las que el odio y el sectarismo han hecho perder el sentido ético más elemental. Durante la Transición, con todos sus errores y defectos, España pareció aprender y construir sobre el pasado, sobre lo mejor de él, y ahora vemos cómo los falsificadores sistemáticos de la historia están echando por tierra cuanto se avanzó desde entonces.

No sólo es la vida política; también la cultura enferma con esta alergia a la verdad que padece un país encharcado en la telebasura o en el botellón, por poner dos síntomas sobresalientes entre tantos citables. Al presentar Años de hierro, y en el mismo libro, he señalado el hecho asombroso de que en estos años se venga mencionando con desprecio el "páramo cultural de los años 40", cuando el nivel cultural de hoy, en cuanto a creatividad y originalidad, está ciertamente muy por debajo del de entonces. No, claro está, en cantidad, pues hoy se produce mucha más literatura, más cine, más música, más pintura, más pensamiento o más ciencia que entonces; hay más "oferta cultural", como dicen los trivializadores, pero una "oferta", con pocas excepciones, de una hiriente mediocridad, por no decir chabacanería. Me parece obvia, aunque podría desarrollarse el tema, la relación entre este penoso panorama y el clima de embuste tan extendido durante largos años, tantas veces denunciado por Julián Marías, y que ahora pretenden oficializar los falsarios.

¿Qué decir de un pueblo que se dejara llevar sin resistencia, como un rebaño de bueyes, a tal envilecimiento? ¿Qué podría esperarse de él? Reaccionar es absolutamente necesario, un deber de responsabilidad ciudadana.

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