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La izquierda más brutal de Europa

Este es el discurso del odio, de larga tradición en una izquierda que nunca fue democrática y sigue sin serlo. Ahora, esta misma gente que crispa a la sociedad con sus demagogias y fechorías, habla de imponer la censura para impedir "la crispación".

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El diario Público, pro etarra a fuer de pro socialista, ha tenido un titular correcto: El discurso del odio envenena la democracia. Plagia lo que vengo diciendo desde hace tiempo, pero está bien el plagio. En España, los odios –desatados muy principalmente por la izquierda– llevaron a la destrucción de la república y amenazan la democracia actual. Lo incorrecto –o calumnioso– de Público es la atribución del discurso del odio a la derecha en general y en particular a una serie de analistas políticos entre quienes me cita. Tradicionalmente la prédica del odio procede justamente de la izquierda, y hoy de la demagogia pro etarra a fuer de pro socialista.

Como es sabido, los odios de la república desaparecieron bajo el franquismo, salvo en núcleos reducidos. Lo cual permitió una transición sin más traumas que los causados por el terrorismo de la ETA (un grupo socialista, no se olvide), del GRAPO (también socialista) y otros de izquierda. El de extrema derecha fue muy secundario. Se menciona también el 23-F, pero Jesús Palacios ha explicado muy bien que no se trató de un golpe involucionista de extrema derecha, pues en él estaban implicados los socialistas y muchos más. He analizado este conjunto de datos históricos en La Transiciónde cristal, y dudo mucho que mis conclusiones puedan ser rebatidas, aunque, ¡quién sabe!, animo a los intelectuales y periodistas de izquierda a intentarlo.

 

El hecho real es que España padece la izquierda más brutal de Europa, en el doble sentido de violenta y de poco caletre. Su violencia constituye una asentada tradición desde principios del siglo XX. Durante el régimen liberal de la Restauración asesinó a Cánovas, a Canalejas, a Dato, y casi consiguió matar a Maura y Alfonso XIII, magnicidios rodeados de cientos de asesinatos más, cometidos por los anarquistas y los socialistas (estos, durante la intentona revolucionaria de 1917). En la república mataron a Calvo Sotelo y a centenares más. En el franquismo, el maquis segó la vida de miles de personas, y más tarde la ETA hizo lo mismo con varias decenas, incluyendo a Carrero. En la democracia, la ETA y otros izquierdistas asesinaron a un millar más de personas, entre ellas dirigentes políticos, magistrados, etc. Y el socialismo en el poder practicó a su vez el terrorismo de gobierno, mezclado con la "solución política" para la ETA, que legitimaba el asesinato como medio de hacer política. La segunda etapa socialista, la actual, ha visto la mayor colaboración gubernamental con el terrorismo que haya tenido lugar en la historia de España. No olvidemos tampoco la violencia callejera por parte del PSOE y de la izquierda en general contra Aznar, con destrucción de mobiliario urbano, acoso a las sedes del PP y saqueo de propiedades. O el matonismo sindical. O el agresivo boicot a la libertad de expresión, que se ha vuelto "normal" en muchas universidades. Ahora tenemos el caso de Murcia, dentro de la misma dinámica. Hechos constatables todos ellos, y muy resumidos aquí; no opiniones.

La brutalidad de nuestra izquierda se revela también en la ausencia de pensamiento: no ha dado un pensador ni un libro de pensamiento dignos de recuerdo. En cambio ha producido y produce una retórica venenosa, plagada de calumnias y amenazas, sistematizada en la totalitaria "ley de falsificación (memoria, la llaman) histórica". No podemos extrañarnos de oír a diversos fanáticos intelectuales de izquierda hablar de quemar libros (otra larga tradición izquierdista), de fusilar a los discrepantes, hacer bromas con las violaciones de monjas por "milicianos sudorosos", etc. etc. Por algo se sienten identificados con el Frente Popular.

Este, precisamente, es el discurso del odio, de larga tradición en una izquierda que nunca fue democrática y sigue sin serlo. Ahora, esta misma gente que crispa a la sociedad con sus demagogias y fechorías, habla de imponer la censura para impedir "la crispación" que ella misma crea, al modo como Felipe González intentó amordazar con una "ley antidifamación" las denuncias de la oleada de corrupción de sus gobiernos. 

En suma, sufrimos una profunda y rápida involución política que está echando abajo los logros de la transición, y solo un movimiento cívico independiente puede contrarrestarla.

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