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La ofensiva contra España y la democracia

el PSOE busca por todos los medios aliarse a Ibarreche, lo cual en la práctica significa supeditarse a él y con un programa muy parecido al suyo, aislando de paso a la única fuerza política que defiende allí la unidad de España y las libertades

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Llevamos tantos años soportando los golpes del terrorismo y las provocaciones de los separatistas que apenas hemos percibido cómo su ofensiva ha entrado en una fase superior y mucho más amenazante. Esto ha ocurrido a raíz, precisamente, del atentado del 11-M, el cual no sólo ha sido el atentado más sangriento ocurrido en Europa, sino también el más exitoso: de un solo golpe sus autores han logrado cambiar de raíz la política de una democracia como la española, que considerábamos sólida y afianzada. Probablemente jamás ha conseguido tal y tan fácil victoria ningún grupo terrorista en el mundo, y eso demuestra por sí solo hasta qué punto nuestro sistema es mucho más frágil de lo supuesto.
 
Este cambio inducido por el atentado islamista merece especial atención. Ha afectado en primer lugar, y más visiblemente, a la política exterior. Antes, España se venía alineando con las democracias más activas en la lucha contra el terrorismo y en la defensa de los derechos humanos, y mantenía en Europa una voz independiente y asertiva en la defensa de sus intereses nacionales. También se había comprometido en la estabilización de un Irak democratizado, tarea clave para estabilizar a su vez el Oriente Próximo, una de las zonas más susceptibles de tornarse peligrosas para la seguridad y la prosperidad occidentales, y ante todo las europeas. Desde el 14-M, en cambio, el nuevo gobierno español ha invertido esa línea de acción exterior. En vez de apoyar la democratización de Irak ha retirado las tropas españolas que ayudaban a los iraquíes a defenderse contra genocidas como los autores de la matanza de Madrid ; en vez de ayudar a los esfuerzos de Usa y Gran Bretaña por estabilizar Oriente Próximo ha boicoteado esa política e incitado a otros países a hacer lo mismo, y ha apoyado las opciones extremistas en Palestina; en su sistema de alianzas entran sin problemas tiranías como las de Castro y Mohamed VI, o populismos demagógicos como el de Chávez; en vez de mantener en Europa una postura propia se ha supeditado a Francia, que, no debe olvidarse, mantiene en África un verdadero imperio neocolonial. Los dirigentes useños han argumentado, con verdad, que no necesitan hablar con el gobierno español para conocer sus posturas: les basta hablar con Chirac. Y así sucesivamente.
 
¿De dónde vienen estos cambios? La razón profunda de ellos ya la he señalado en otras ocasiones. El gobierno actual comparte con terroristas y dictadores de izquierda la tesis básica de que la violencia en el mundo nace de las “injusticias y desigualdades” causadas por las prósperas democracias occidentales. Aunque el gobierno español lamente las dictaduras y los atentados, no deja de proporcionarles una justificación, ya que, en definitiva, sus actos responden a las supuestas fechorías previas de los países libres y ricos. De esa tesis básica nacen ambigüedades que permiten cambios políticos como los descritos.
 
Pero es en el plano interno donde los cambios vienen tomando un carácter peligrosamente desestabilizador. Desde el 14-M, los separatismos se han lanzado en tromba a descuartizar España, a convertir nuestra patria en un batiburrillo de pequeños estados resentidos entre ellos, insignificantes en Europa y el mundo, y sometidos a las maniobras de otras potencias. Esos grupos de iluminados ya han logrado hacer retroceder las libertades en Cataluña y casi destruirlas en Vascongadas, y las amenazan en el conjunto del país, a la par con el Terrorismo Islámico. No hay en ello casualidad: todos coinciden en la aversión a la democracia y a la unidad de España.
 
Aun así no constituirían un peligro realmente serio si no fuera porque el gobierno posterior a la matanza del 11-M apoya a separatistas y es apoyado por ellos. El gobierno depende en medida muy considerable de un partido, ERC, que no esconde lo más mínimo sus planes de secesión; y de otro partido, el de Maragall, independiente de hecho del PSOE aunque muy influyente en él, y cuyas aspiraciones equivalen a una práctica separación. En cuanto a Vascongadas, el PSOE busca por todos los medios aliarse a Ibarreche, lo cual en la práctica significa supeditarse a él y con un programa muy parecido al suyo, aislando de paso a la única fuerza política que defiende allí la unidad de España y las libertades.
 
Tampoco entenderíamos la causa de estas derivas, que de por sí abocan a la catástrofe, sin atender a la ideología. Como ha dicho Julián Marías, el PSOE padece la grave tara de una visión fundamentalmente negativa de la historia y la cultura españolas, y por ello consideran la unidad de España una cuestión menor. Su jefe ha declarado que para él lo importante es “el bienestar de los ciudadanos”, sin especificar de qué país, un bienestar que él, precisamente está amenazando. Debe recordarse, también, la muy escasa tradición democrática del PSOE. Marxista hasta hace pocos años, ha evolucionado hacia el jacobinismo, es decir, hacia una política sectaria y populista. No puede extrañar que con ese gobierno simpaticen diversos dictadores, separatistas y que hasta “El Egipcio” lo haya felicitado. Quienes no podemos felicitarlo somos quienes amamos la unidad y la democracia españolas. El proceso se desarrolla ante nuestros ojos. ¿Sabremos ver su peligro, y frenarlo?

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