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Laicismo antidemocrático

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La no renovación del contrato a una profesora de religión en Almería, por conducta incompatible con su trabajo, ha desatado el apasionamiento anticlerical. Según el marido de la señora, un divorciado, el acto es inconstitucional, pues “estamos en un estado laico”. Otros afirman que se ha violado el estatuto de los Trabajadores, al producirse una discriminación por razones ajenas al cumplimiento de las obligaciones laborales.

La base de esos argumentos es inconveniente. Desde el punto de vista laico, la Iglesia, en cuanto enseñante, es una empresa como cualquier otra, y tiene pleno derecho a exigir lealtad a sus empleados. Hace bastantes años unos sindicalistas sostuvieron que esa lealtad era un criterio “feudal”, no exigible. Por suerte les pararon los pies. Ninguna empresa puede funcionar sin un grado suficiente de lealtad por parte de sus empleados, y eso lo sabían bien aquellos sindicalistas. Pero, justamente, a ellos no les importaba hundir las empresas, creyéndose en vías de “superar el capitalismo” y de vivir todos del erario público.

Algo parecido ocurre ahora. La enseñanza de la religión tiene exigencias particulares. En principio, por ejemplo, un travesti que ejerciera la prostitución en sus horas libres, podría impartir clases de literatura o de inglés —seguramente se dan casos—, mientras lo hiciera con pasable profesionalidad. Pero pocas cosas hundirían más la religión que su enseñanza por personas que en su vida extraescolar y conocida vulnerasen las normas religiosas, y nada han aprovechado más los anticlericales que el mal ejemplo dado en todos los tiempos por algunos clérigos. Claro está que, como los aludidos sindicalistas, quienes niegan a la Iglesia el derecho a exigir lealtad a sus empleados, tratan deliberadamente de perjudicarla. El argumento supuestamente laboralista es así usado de modo fraudulento, y precisamente por quienes han dejado sin trabajo a plantillas enteras, como en el famoso antenicidio, por motivos ideológicos y políticos.

Otros arguyen que la decisión obispal “choca contra el sentimiento mayoritario de la sociedad”. Estamos ante un uso falso del argumento democrático. ¿Cómo saben que es el sentimiento mayoritario? Y aunque lo fuera, ¿no tienen las minorías derecho a defender sus sentimientos? ¿Y es legítimo un “sentimiento” por ser mayoritario? Por poner un ejemplo extremo, pero ilustrativo, durante años el sentimiento mayoritario en la Alemania hitleriana fue el nazi. ¿Habría que someterse a él, como ahora se pretende, “democráticamente”?

La confusión nace de que nuestros presuntos laicos no piensan ni actúan como tales, sino que hacen del laicismo una contrarreligión, con sus integrismos y sus dogmas.

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