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Lo malo del PP

Estos logros contra el paro, la corrupción y el terrorismo, evidentes por encima de cualquier propaganda, dieron a Aznar la mayoría absoluta en 2000. Sin embargo, en su partido cundió la idea de que la victoria la habían debido a su política "centrista".

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El PP ganó sus primeras elecciones con muy poco mérito de su parte. Fue el PSOE quien, con sus escándalos y fracasos, le dio la victoria. Ni siquiera supo la derecha explotar debidamente los desafueros de su contrario: fueron un puñado de periodistas, defendiendo la democracia contra el verdadero "sindicato del crimen" prisaico, quienes realmente cambiaron las cosas. No la prensa, como se ha dicho, sino un mínimo sector de ella; la mayor parte permaneció corrupta o borreguilmente pasiva. La espléndida e ineludible labor de aquellos pocos periodistas la aprovechó un PP siempre inepto para la propaganda... y que luego pagó muy mal a quienes le habían hecho aquel impagable servicio, dañó la libertad de prensa y ayudó, en cambio, al "sindicato" a incumplir la ley, entre otras cosas.

Con todo, el gobierno de Aznar hizo muy bien tres o cuatro cosas fundamentales. Había heredado una economía estancada, tres millones de parados, una deslegitimación del estado por la práctica del terrorismo del gobierno y por una corrupción galopante, y la sensación de que España volvía a ser un país de pandereta, de picaresca y constante vulneración de la ley. El gobierno de Aznar, entre la incredulidad general, prometió cumplir, y cumplió, los requisitos para la moneda única europea, animando con ello a otros países; saneó la economía; y, por primera vez desde la Transición, afrontó a los asesinos etarras conforme exige el estado de derecho, marginando las mafiosas soluciones políticas patrocinadas por el "sindicato". Los resultados fueron espectaculares: el paro descendió rápidamente, mientras el empleo aumentaba y el país lograba un notable ritmo de crecimiento sostenido; la corrupción bajó drásticamente a niveles soportables, y la ETA entró en crisis.

Estos logros contra el paro, la corrupción y el terrorismo, evidentes por encima de cualquier propaganda, dieron a Aznar la mayoría absoluta en 2000. España dejaba la política "panderetista" y parecía convertirse en un país serio, capaz de encarar sus desafíos. Sin embargo, en su partido cundió la idea de que la victoria la habían debido a su política "centrista".

Nadie puede definir claramente qué es el centrismo, salvo en el sentido general de una política moderada, sin estridencias y respetuosa con la ley y las libertades, más una gestión eficaz, como desea seguramente la mayoría de la población. Esa política puede y debe practicarla tanto la derecha como la izquierda, para asegurar la democracia. En tal sentido, las actuaciones positivas del PP habían superado a las negativas, no digamos a la política mejicano-priísta y antiparlamentaria del PSOE. Pero el nebuloso "centrismo" defendido por muchos políticos del PP significa otra cosa: la ausencia de principios. Es la misma línea de pensamiento que llevó a varios líderes de UCD a la obtusa idea de que en Cataluña y las Vascongadas la derecha ya quedaba bien representada por los respectivos partidos nacionalistas; es la línea que promueve los chanchullos entre partidos e incluso con los asesinos profesionales de la ETA, a espaldas de los ciudadanos y por encima de la ley y el respeto a la historia; la que busca congraciarse con el "sindicato" y hacerle concesiones contrarias a la libertad de expresión; la que se limita a la gestión económica, dejando las ideas y la cultura en manos de los separatistas y la izquierda; la que flaquea ante campañas desestabilizadoras, o renuncia a la defensa de una posición ya tomada, como el apoyo al derrocamiento de Sadam Husein…

Este "centrismo" llevó al PP a la derrota. Empezó con una campaña electoral que marginaba solapadamente los logros de Aznar, presentando a Rajoy como si viniera de la oposición, en competencia de promesas vacuas con Zapatero. Ello le costó, de entrada, la mayoría absoluta. Y luego su cobardía centrista para defender su postura cuando la guerra contra Sadam, le pasó factura después del atentado del 11-M, haciéndole perder también la mayoría simple.

El centrismo así concebido es básicamente un fraude a los ciudadanos. Ruiz Gallardón, el hombre de Prisa en el PP, lo expresó con claridad, quizá involuntaria, cuando, para rebatir las "injustas" críticas de Jiménez Losantos, dijo estar en el PP porque recogía "las banderas de la izquierda". No dijo cuáles, pero la expresión lo revelaba todo. Mal número de políticos del PP carece de otras ideas o banderas que su carrera política y afición al poder. Para ellos, como para la izquierda, ni la unidad de España ni la democracia son principios irrenunciables, ni siquiera demasiado importantes. No se proponen defender y extender unas convicciones, pues carecen de ellas, sino, simplemente, explotar un "caladero de votos", y maniobrar a partir de él.

Tales "centristas" creen saber que una masa de población les votará en cualquier caso, aunque sólo sea por no votar al PSOE. Dando por segura esa base, tratan de extenderse a otros caladeros, no defendiendo en ellos unas ideas precisas, sino adaptándose a sus prejuicios, levantando "las banderas de la izquierda" y estafando así a quienes dicen representar. Con ello despojan fraudulentamente de voz y representación a una parte de la sociedad. Por ese camino se ha ganado Ruiz Gallardón la benevolencia de Prisa, lo cual le facilita bastantes votos sobre los que ya tiene en principio más o menos seguros. Puede hacerlo gracias, sobre todo, a la ínfima calidad política de la izquierda madrileña. En cambio, otro centrista equivalente, Piqué, fracasa en una región donde el adversario tiene más experiencia, mejores líderes y dientes mucho más afilados.

Centrismo, en este sentido, equivale a chanchullo. Por supuesto, en condiciones normales, cuando los principales partidos son moderados y respetan las reglas del juego democrático, es decir, practican un centrismo en sentido positivo, los acuerdos y hasta chanchullos menores, forman parte de la política corriente. Pero cuando las mismas bases de la democracia y la integridad nacional se hallan amenazadas, cualquier debilidad centrista se transforma en colaboración con los demoledores de la paz en libertad. Y esta orientación parece estar imponiéndose en el PP. Es la hora de los ciudadanos, no de los partidos.

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