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Los hechos y su orden

Desde hace algunos decenios se ha impuesto en España, como una seudorreligión, esa propensión utópica o racionalista, reducida a unos cuantos prejuicios contradictorios.

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Muchas veces me he preguntado por qué es tan difícil ponerse de acuerdo, incluso con personas que comparten una amplia base de coincidencia. Pueden influir, claro, mil motivos personales, pero creo que hay una razón más profunda y general. La vida se nos presenta como un conjunto de fenómenos en principio caótica y siempre de difícil comprensión, pero nuestra psique necesita ante todo "comprender" y no puede tolerar la falta de sentido en el mundo. Enloquece o se derrumba si no encuentra un sentido, y de ahí que siempre encuadre los sucesos y los hechos en un orden, a menudo no del todo consciente y no pocas veces disparatado, pero calmante de la angustia. Importa considerar los hechos tanto como el orden implícito o explícito con que se los pretende encuadrar y explicar.

En general, es más relevante para nosotros el orden que los hechos, porque aquel es el que satisface nuestra necesidad de comprensión y calma psíquica. De tal forma que los hechos que no concuerdan con el orden o teoría previos solemos excluirlos e incluso condenarlos. El espíritu religioso es, en ese sentido, doble: intuye que la mente humana no puede llegar a una explicación última del mundo, que el orden depende en última instancia de la fe y en ella encuentra su calma. Pero los sucesos corrientes deben tener una explicación, una causa y un sentido, que en gran medida nos son accesibles. De ahí la elaboración de teorías racionalistas, cuyas pretensiones y capacidades explicativas no suelen ir acordes. Ortega entiende esas teorías como la "propensión utópica dominante en la mente europea durante toda la época moderna", la cual no ha concluido en un gigantesco fracaso gracias "al contrapeso del enorme afán de dominar lo real", es decir, de prestar atención a los hechos, adaptando la teoría a ellos, en lugar de someterlos a la teoría. Pretensión esta última de "suplantar la realidad por nuestros estériles deseos".

Desde hace algunos decenios se ha impuesto en España, como una seudorreligión, esa propensión utópica o racionalista, reducida a unos cuantos prejuicios contradictorios. De ahí la incapacidad aparente para hacer balance de la experiencia histórica, de analizar y comparar los hechos con los deseos y enfoques generales. Lo he señalado en relación con el estado de las autonomías, con el franquismo, con la integración en la UE, con el significado de Gibraltar o el desplazamiento de nuestro idioma y cultura y otros aspectos en que un racionalismo degradado al nivel de cuatro frases banales impide examinar los hechos y valorar los datos de la realidad. Peor aún, permite erigir el embuste o desvirtuación en regla, porque parecen satisfacer mejor una necesidad de "orden y sentido" que ya ha abandonado toda aspiración de veracidad.

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