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Más que papeles

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La polémica sobre los papeles de la Generalidad en el Archivo de la Guerra Civil, en Salamanca, descansa en un equívoco que hace imposible el entendimiento. En pro de la permanencia de los papeles donde están, militan las razones académicas y técnicas: el archivo reúne ingente cantidad de documentación relacionada con la guerra, cuya unidad debe salvaguardarse. Además, no está cerrado, sino en ampliación, con adquisición de archivos republicanos en Méjico, la colección Armero, etc. Si los nacionalistas catalanes exigen la parte referente a Cataluña, ¿por qué no habrían de querer lo mismo los asturianos, los andaluces, los gallegos, los madrileños o los vascos? Y los archivos catalanes, ¿deberían ceder a Aragón, Valencia, Madrid, etc., sus materiales originados en esas regiones? ¿Deberían los archivos de Barcelona deshacerse para situar en las provincias catalanas los documentos relativos a ellas? ¿O podrían los nacionalistas catalanes vetar la adquisición por el Archivo de Salamanca de nuevos materiales de origen catalán?

Desde este punto de vista, la pretensión no puede ser más absurda. En cambio adquiere sentido con un enfoque político, el que los nacionalistas esgrimen, y que resumía J. Tusell en un reciente artículo: “no se trata de materia que afecte a la organización de los fondos documentales, sino que tiene un profundo sentido simbólico y sentimental. Imagínese que una España democrática viera en posesión de terceros aquellos documentos relativos a la gestación de sus instituciones y a los que las defendieron. Pues bien, eso es lo que acontece en el caso presente”. ¡Ahí está! Para Tusell y los nacionalistas, España es un “tercero” –la expresión adecuada sería “país extranjero”, pero se les entiende de sobra–. De esa concepción fraudulenta nace la reclamación, y por eso, aceptar ésta significaría legitimar aquella.

Según la propaganda nacionalista y de buena parte de la izquierda, en Cataluña no hubo guerra civil, sino una agresión e invasión externa. Por tanto, los documentos llevados a Salamanca serían un botín de guerra, que debe ser restituido. Incluso se apela a la “reconciliación” para sostener la idea. Pero esta versión es tan fraudulenta como la anterior, y si ha hecho carrera, no sólo en Cataluña, se debe a la pasividad de muchos historiadores y políticos conscientes de la verdad, pero desfallecientes a la hora de defenderla. Y así, la falsedad sobre el ayer amamanta la demagogia del hoy.

Y puesto que éste es el verdadero terreno de la disputa, viene a cuento recordar algunos puntos clave sobre la historia en cuestión.
1. Los nacionalistas catalanes tuvieron una responsabilidad crucial en el desencadenamiento de la guerra civil, al usar el estatuto como tapadera para organizar, en connivencia con el PSOE, una rebelión armada contra un gobierno democrático. Con esa rebelión, en octubre del 34, comenzó de hecho la guerra.
2. La mitad de los catalanes, por lo menos, terminaron pronto hartos del Frente Popular. Muchos que pudieron salir de allí combatieron –y muy destacadamente– en las filas franquistas, y la decisión de otros de no luchar al lado de las izquierdas llegó al extremo, no ocurrido en ninguna otra región, de formar verdaderas guerrillas contra quienes intentaban reclutarlos. En cuanto a los intelectuales, los más destacados de Cataluña, como Pla, D´Ors, Valls, Dalí, Sert y muchos otros, apoyaron a Franco.
3. La realidad quedó clara al final de la contienda, cuando 400.000 personas, entre soldados y civiles, escaparon por la frontera francesa, mientras otros tantos, “olvidados” por los nacionalistas, recibieron entusiásticamente en Barcelona a los vencedores. Tampoco suele recordar la “historia” nacionalista que tres cuartas partes de los huidos a Francia retornaron a España en el curso de 1939.
4. La guerra civil tuvo tal intensidad en Cataluña, que se desdobló en una segunda guerra entre las mismas izquierdas, en mayo del 37. El enfrentamiento continuó de modo encubierto, con asesinatos, secuestros en cárceles secretas, y torturas. Y los nacionalistas, tras vulnerar sin tasa el estatuto de autonomía, como lamenta Azaña, traicionaron a sus aliados del Frente Popular cuando vieron la guerra perdida, buscando una paz por separado que colocase a Cataluña bajo protectorado francés.
5. Se aduce que los vencedores abolieron la autonomía y proscribieron el catalán de la vida oficial. Cierto, pero esta reacción excesiva no se entiende sin una primera acción excesiva de los nacionalistas, al usar el catalán y las instituciones autonómicas como elemento de separación y de odio, y como instrumento de insurrección contra el sistema democrático.
6. La oposición de los nacionalistas al franquismo fue irrisoria. La resistencia principal, con gran diferencia, procedió de sectores obreros, en parte inmigrantes de otras regiones que, sin embargo, defendían también las reivindicaciones catalanistas, para verse luego discriminados por los nacionalistas en el poder.

Cada uno de estos apartados podría extenderse en un libro, y muestra la enorme distancia entre la historia y la cultura catalanas, y la patética y tartarinesca historia de los nacionalistas, que, con inmodestia asombrosa, creen representar la “auténtica” Cataluña, y lanzan anatemas cuanto quienes discrepan de sus mezquindades.

Sólo situando la cuestión en el terreno de la historia real será posible hacer frente a pretensiones como la de los papeles de Salamanca. Mientras tanto, cualesquiera razones de tipo técnico y cultural, por bien fundadas que estén, chocarán con una política nacionalista volcada en inventar agravios, abrir heridas y enredar a sus paisanos con sentimentalismos pueriles. Pero, como no hay mal que por bien no venga, podría ser ésta una buena ocasión para clarificar un poco la historia reciente, tan tremendamente tergiversada en los últimos veinte años.

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